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El Impostor

Robert Walser

La invisibilidad como una de las bellas artes

 

«Tenía ante mí toda la rica Tierra, y sin embargo sólo miraba hacia lo más pequeño y lo más humilde» R. W.

 

Robert Walser is deadJrrsh, jrrsh, jrrsh, suenan unos pasos amortiguados sobre la nieve. De pronto, cae un cuerpo fulminado para ya no levantarse. Y sin embargo —jrrsh, jrrsh, jrrsh— los pasos siguen sonando, y una figura invisible va dejando huellas sobre el manto blanco, que se alejan hasta dejar sólo un rastro.

Frecuentar los márgenes —por no decir los arrabales— es lo que tiene: uno acaba encontrándose con sujetos vaporosos que eluden cualquier intento de clasificación, y luego se encuentra con la difícil tarea de tener que presentarlos al gran mundo, que funciona con ese dichoso chisme de cartón que cuelga de las cosas antes de comprarlas y que solemos llamar, no sin cierta elegancia, «etiqueta». Aunque de sobra y progresivamente conocido en según qué círculos, Walser es aún -afortunadamente para su difunta voluntad de invisibilidad- un perfecto desconocido. Los intentos de rescatarle para la posteridad han tropezado siempre con su obstinado empeño en pasar inadvertido, en camuflarse en el paisaje de lo pequeño. Tan sólo Vila-Matas, el más walseriano de nuestros escritores, parece empeñado en nuestro país en hacer de él un imprescindible o, lo que es lo mismo, un lo-que-debe-leer-todo-lector-que-se-precie. El viejo truco de la adscripción a grupúsculos anarco-atrabiliarios tales como «la escritura negacionista» o «literatura del no», no ha conseguido sino acrecentar el aura de misterio que le rodea. Vilamatadas aparte, lo cierto es que nos encontramos ante una rara avis de singularidad cinegética evidente. Un frontera, una especie extinguida aquella misma mañana de Navidad en que encontraron su cuerpo caído en la nieve, a escasos metros de su casa, en lo que sería el último viaje de un paseante vocacional.

No deja de ser paradójico escribir sobre quien hizo de la invisibilidad una capa mágica que hoy encantaría a nuestros harrypotterianos infantes. Hablar de quien voluntariamente se definió como un cero a la izquierda (¿Y si yo me estrellase y perdiese, qué se perdería?. Nada. Un cero). Rastrear la pista de un borrador de huellas. Seguir los movimientos de quien decidió no moverse (preferiría no hacerlo...). Existiendo recursos de sobra para satisfacer apetitos malsanos, dejo para otros la tarea de fagocitar títulos y críticas sesudas sobre el suizo: cuidado con el colesterol. Me reservo aquí el inmoderado placer de hablar de lo que me gusta, que no es sino el encuentro con un hombre singular donde los haya, alguien que se hundió en la literatura como forma de escapar de los caminos trillados, del rumor de los vanos aplausos, para vivir la vida por dentro, paseando, escribiendo, disolviéndose lentamente en vida en la nada que el tiempo nos tiene reservada. «Quizá nadie haya pensado en el lector, de modo tan constante, tan tierna y gentilmente como yo», dejó escrito. Desde luego, qué poca seriedad: pensar tanto en el lector y a continuación evaporarse...

Conocer a Walser es amarle, siquiera tímidamente, porque tiene el encanto de lo sencillo y de lo humilde, y el perfume de las flores raras. Rendirse devotamente a su extrañeza, a su afán por disolverse en la nada cotidiana. Aunque, eso sí, sin pasarse, como él mismo se encarga de recordarnos con su humor oscuro y omnipresente:«La predilección por las flores puede degenerar en necia florimanía».No resulta posible disociar aquí vida y obra, por más que uno quiera. Alguien que se retiraba a veces a su enigmática Cámara de retiro para desocupados, o que acabó internándose voluntariamente en un manicomio, no puede dejar indiferente: un Bartleby en estado puro. Su Jacob Von Gunten es acaso el libro más raro que haya leído, y su mítico Instituto Benjamenta, de un gótico sombrío que alimenta. En palabras de Calasso «La obediencia de Walter, como la desobediencia de Bartleby, presupone una ruptura total (...) No enuncian nada especial, no tratan de modificar. No me desarrollo, dice Jacob Von Gunten. No quiero cambios, dice Bartleby. En su afinidad se revela la equivalencia entre el silencio y cierto uso decorativo de la palabra». E inevitable resulta la referencia a Kafka: como dos ornitorrincos en traje de domingo, ambos sujetos peripatéticos se saludan a la salida del paseo, tocando el ala de su sombrero mejor, sonríen levemente, para luego perderse cada uno por caminos divergentes. Ya luego en la meta ambos sombreros se reconocen, habiendo dejado a sus dueños por el camino, e intercambian frases hechas sobre el tiempo y la volubilidad del viento en los objetos que cubren las cabezas de escritores sombríos que salen de paseo una soleada tarde de domingo.


«Y si alguna mano, una circunstancia, una ola me levantasen y llevasen hasta las alturas donde imperan el poder y la influencia, yo mismo destrozaría las circunstancias que me hubieran favorecido y me arrojaría a las tinieblas de lo bajo y lo insignificante». Como si de esa mano, esa circunstancia, esa ola se tratase, el leit-motif de la genuflexión y la servidumbre voluntariamente aceptada recorre toda la obra del oscuro, del invisible grafómano, hasta el punto de convertirla un monumento a la extravagancia literaria. Pero Walser no es sólo el artista de la fuga, del desvanecimiento, es también el Gran Miniaturista, un paseante solitario cuyo errático vagabundear coincide con los meandros de su prosa, infantil por momentos, caprichosa, lúdica, pasmada ante el milagro del mundo, mas siempre infiltrada por una voluntad de impermanencia que le confiere un especial atractivo. «Amarás sus microgramas» me advirtió una librera con ojos de gata... Y los pronósticos felinos no suelen fallar... Aquellos escritos a lápiz de caligrafía ilegible que acaso nunca pensaron en otros ojos que los del olvido forman ya parte del mapa de carreteras secundarias de la literatura con minúsculas. En ellos se acaba comprendiendo que Walser es acaso también el Gran Digresor, un seguidor involuntario de Sterne, en la línea de esa obra maestra del humor absurdo que es el Tristram Shandy, pero pasado aquí por el tamiz de la ingenuidad de quien observa y sonríe y constata la maravilla de estar vivo.

«A decir verdad, actualmente vivo en un cuarto de baño»; «Una muchacha perdió la mesura, y yo no se la recogí»; «Oh gran cabaretera, cuánto te amo». Por mucho que busco y rebusco en mi memoria ya maltrecha no encuentro comienzos tan disparatados y geniales como los que pergeñaba este hombre. Y los finales... ¿No os he dicho nada de los finales?. «Morir por la que amaba no parecía suficiente; seguir, por si acaso, con una vida que tanto le había sonreído, excesivo. Reflexionó cómo emplearse a fondo, y decidió iniciarse en nuevas formas de compromiso»; o aquél «Sigue siendo como eres, que yo también haré lo mismo»; y qué decir de ese «y ambos fueron muy felices, y se amaron, tuvieron hijos, y no hicieron nada que no fuera sensato»... Lo más regocijante de leer a Walser es pensar en los intelectuales actuales con gafas de pasta y pose de acabar de leer a Wittgenstein en el cuarto de baño y sorprenderse a uno mismo mascullando: joder (con perdón) éste tío sí que era absolutamente moderno...

El paseo se acaba. Se oye una voz a lo lejos. O acaso muy cerca: «¿Para qué entonces las flores? ¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?, me pregunté, y el ramo cayó de mis manos. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.»

Jrrsh, jrrsh, jrrsh, la mañana es clara y fría y la nieve recién caída apenas deja hueco a la nostalgia. Unas huellas desprovistas de dueño se van disolviendo, lentamente, en la fiel inconsistencia del recuerdo.

 

 

 

© 2010, Alfonso Brezmes

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