Existen momentos vividos para ser escritos. Otros que fueron soñados, sin embargo…
La noche pintaba tremebunda. Con cada rugir del techo la ciudad, asfixiada por cientos de miles de trillones de partículas indefinidas proyectadas a velocidad de años luz, parpadeaba fluorescente. Un tema, «Declare Independence», acompañaba la carrera sin tregua que una muchedumbre habíamos iniciado súbitamente como respuesta a los gritos emitidos por las sirenas de los zeppelines que cubrían el espacio sobre los edificios derruidos. Una carrera frenética, desesperante, huyendo de todo soportal o tejadillo hacia las grandes avenidas. Algunos minutos más tarde: tiempo, espacio y ritmo se quiebran, como «vertebrae by vertebrae» miles enfilamos un corredor esférico de diámetro desproporcionado, derrotados, con el mismo espíritu e idéntico paso que los de la masa de obreros de la Metrópolis de Fritz Lang. Se impone un sentimiento penitente que todos reconocemos en el sabor a ceniza que satura nuestras bocas, una especie de quemazón traída, quizás, por la escasez de oxigeno dada en lo que parecía las entrañas de un ente a poco de expirar.
Y no me preguntes cómo ni por qué un fremen de Arrakis viajaría hasta el año 2012, más de ocho mil años hacía atrás en el tiempo, para salvar de la extinción de la Tierra a una criaturita como yo, pero así fue. ¡Y era guapísimo! Ese azul de mar inhóspito en los ojos… El olor a especia impregnado en sus ropas… I love your eyes, my dear / their splendid sparkling fire… Montamos en una réplica del Halcón Milenario y ascendimos hasta las estrellas. La travesía resultó cortita, pero intensa y en extremo… digamos, agradable. De hecho no fuimos más allá del Sistema Solar. Acabamos aterrizando en un Marte extrañísimo, rollo Pandora, que tenía por hilo musical y como himno planetario una versión de su «Earth intruders». Su de Ella, ¡de Björk! Que allí estaba, encabezando la delegación diplomática que nos recibía bajo una pancarta corregida: Welcome to Mars, earth intruders earthlings. No me lo podía creer. Extática me eché a llorar a chorros de puro nervio mientras oía su versión de «Cry me a river», ¡y lo hice! Digo que le lloré un río porque a los pocos segundos toda la comitiva fue arrastrada por mi torrente lacrimoso, en cuya densidad, similar a la de las aguas representadas en el vídeo del tema «Wanderlust», yo misma parecía hundirme.
Tras un fundido en negro el paisaje pandoriano mutó. Fue «recuperar la conciencia» y desarrollarse ante mis ojos una escenografía solitaria, árida y descastada, en un atardecer que bien podríamos haber creído estar viviendo en Tatooine si sumásemos una más a las dos lunas que asomaban por el horizonte. Un estado de calma y reposo inundó mi ánimo, permaneciendo inmutable aun cuando Ella apareció junto a mí de repente. Tenía el rostro cubierto de pintura facial y una indumentaria similar a la que usó para la gira de su último disco. Parecía salida del libreto del álbum. Pero algo fallaba. Quizás fueran las gafas, el tamaño desproporcionado del lóbulo de su oreja izquierda, o el que sus piernas arrancasen erectas desde sus hombros, no lo sé, el caso es que no era del todo Ella. De alguna manera lo supe. Supe que sencillamente se parecían pero nada más y entonces desperté.
Cinco y media de la madrugada y el peor dolor de oídos que unos cascos hayan podido inducir en la historia de los dolores de oídos ocasionados por un artilugio auricular. No poco me costó desincrustar el audio directo de «Innocence» para dar paz a mis maltratadas orejas. Ligeramente enajenada miré la pantalla del reproductor. Ya podrás imaginar lo que vi. Efectivamente, allí estaba la cubierta de Volta junto a un simpático y parpadeante aviso de replay.
Cuando me comunicaron que dedicaríamos el Impostor de este mes al Futuro lo vi claro. Tenía que escribir algo sobre Björk y su Volta. No solo a modo de homenajillo por haberme inspirado aquella pequeña aventura galáctica. Debía escribir algo sobre ella porque es perfecta en este contexto de «lo por venir», de lo que parece adelantarse y reinventar constantemente lo último, lo nunca oído; por personificar el ansia de renovación y el valor ante lo experimental. Además, hacía años, décadas que tenía una cuenta pendiente con esta mujer y sentía que iba siendo hora de saldarla.
Todos conocemos algo de Björk. Algunos quizás solo una imagen extravagante. Confío en que tú no seas de estos y que te hayas parado a oír su música. En mi caso te diré que, de entrada, no encajo con ese perfil de seguidor constante y apasionado que anda próximo al fenómeno fan. Ni siquiera los más habituales en mis listas de reproducción se libran de quedar en barbecho de vez en cuando. Solo conozco dos dietas: picoteo o atracón. Picoteo para lo que concibo como «música de fondo» y atracón para los que no son grandes, sino enormes. Esos músicos a los que admiro y redescubro cada x en función a… como sople. Partiendo de esto, obviamente Björk es para atracón. Fueron dos los que tuve con ella, pecaminosamente gulosos he de decir. El primero en el 98, a los pocos meses de que lanzara su Homogenic. Por aquel entonces ya era bastante conocida. «Venus as a boy» o «Human Behaviour»de su disco Debut (1993), así como «I miss you» e «It´s oh so quiet», piezas de Post (1995), habían sido radiadas en medio mundo, haciendo presa de crítica y público gracias al aire fresco, descarado e insólito que provenía de esta islandesa exportada desde la esfera indie londinense, en la que ya había desembarcado con cierto éxito a finales de los ochenta siendo alma e insignia de los Sugarcubes. Sin embargo hasta Homogenic yo no me paré a escucharla. Pero de ahí no podía pasar. «All is full of love», «Hunter», o «Barchelorette», principal responsable de mi asterosclerótico enamoramiento con este disco y por extensión con su autora, eran temas demasiado fascinantes y sus videos en exceso extraordinarios como para obviarlos. Fue con Homogenic cuando empecé a valorar su capacidad para construir climas acústicos únicos, absolutos y singulares; así como esa habilidad, quizás innata, con que condensa o licua a placer las atmósferas, llegando incluso a hacerlas cristalizar para generar una sensación de asfixia. Cuestión de talento, imagino. Tan admirable como esa creatividad desbordada que la obliga a construir ficciones y a expresarse a través de otros recursos que van más allá de lo estrictamente musical. No tiene ella la culpa de haber crecido en una casa junto a seis hermanos con los que compartía unos padres hippies y chopecientos discos punkarras, o que para sus citoesqueletos le viniera adjudicada en suerte un poco de excentricidad, ¿no te parece?
El segundo atracón, del que aún estoy por recuperarme, llegó en 2007 con Volta. Prácticamente una década. No me preguntes en qué recóndito zulo me metí durante todo ese tiempo, porque no sabría qué decirte. El caso es un día de madrugada, casualmente y porque así de oportuno lo consideraron los astros, me tope con un avance en televisión del video de «Wanderlust» y me dije: ¡¡Hostias, Björk!! Acto seguido sentí un vacio insondable en el estómago que pronto se trasformó en una anemia agudísima. Hemoglobinas, oxihemoglobina, carbaminohemoglobina, la corpuscular media, todas se fueron al carajo cuando pocas semanas después, tras una ingesta descontrolada y ansiosa de Björk, Björk, Björk… caí en la cuenta de que había ignorado por completo los que probablemente habían sido los ítems de mayor excelencia, ¿qué digo excelencia?, de mayor ¡cojonudez!, de la artífice de «Bachelorette». No cabía en mí tanto desasosiego y acabé engordando quince kilos en mes y medio. ¡¡Verpertine!! Visceral como ninguno e trémulo hasta la contractura. En mi opinión, el más memorable de todos. ¿O acaso no recuerdas su «Pagan poetry», o el «Hidden Place»? Poco antes ¡¡La película y sus Selmasongs!! ¡¡¡Dancer in the dark!!!¡¡Medúlla!!…
Fueron meses intensos aquellos, en los que disfruté demasiado, siempre en exceso, con una Björk que seguía siendo la misma en esencia aunque representase una secuencia bien distinta con cada corte. El último bocado: Volta. Una nueva muestra de eclecticismo, de reinvención. Nuevas atmósferas imposibles de sonidos inauditos, atmósferas marcianas. Otro aire. Más sanguíneo quizás, más cardiaco, palpitante. La percusión, siempre coprotagonista en su música, junto al viento metal generaban en Volta ambientes que muchos se apresuraron en distinguir como los de mayor comercialidad de sus últimos discos. No entraré en esa discusión. Para mí Volta oscila entre lo festivo y lo marcial. Le veo cierto tono belicoso, no en un sentido violento, más bien rollo reivindicativo, disconforme. Puede que algo bravucón. De mayor extroversión, eso sí, y más gozoso, más alegre en según qué temas. Nuevas actitudes y nuevos experimentos. El más llamativo en este caso: indagar en las posibilidades del ReacTable. Un aparatejo asombroso y exclusivo que, pese a lo que pueda parecer, es producto de la ciencia y no precisamente de la ciencia ficción, sino de la de varios alumnos de la Pompeu Fabra de Barcelona. En cuanto tuvo noticias del invento Björk se dio toda la prisa que pudo en adquirir uno para su gira Voltaïc. Y lo cierto es que no sorprende que se haya convertido en el primer músico en emplear este instrumento de aspecto y timbres futuristas. Ya sabíamos de su gusto por ir a la última, aunque por lo general tienda a ir más allá, más allá de la última. Siempre más allá. Más allá en el tiempo; más allá de lo fácil, de lo cómodo; más allá de lo ya hecho y de las previsiones. Es lo que tiene mezclar en poco más de metro y medio hectáreas de creatividad, un coto extravagante de talento y toneladas de compromiso para con la música…