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Shigeru Umebayashi

Habría necesitado tantas toneladas de pan y Nocilla para poder «buscar con ahínco la bola dragón» y ser capaz al mismo tiempo de sobrellevar el rollo Bitpop de mi Supernintendo, el Punk-Jamaica del «Tragic Kingdom» sin duda o las reivindicaciones gruesas y descastadas, «Ready or not», del gueto Fugees durante mis tiempos más remotos; como hectolitros de limonada y bicarbonato para sobrevivir a las náuseas a las que invitan los temas más melosos de aquellos rockeros enguatados que cantaban con o sin mí en las irisaciones del deseo traídas por el primer amor, o a esa continua y desquiciante sintonía de Benny Hill poniendo ritmo a los últimos años de facultad y la del Qué apostamos a sus noches… Cortes, todos estos, que bien podrían haber formado parte del soundtrack de mi vida si es que tal cosa existiese y no fuera resultado de un ejercicio de reconstrucción de la memoria que ingenuamente predispone la ocasión de ficcionarla. «¡Zasca! Pero ¿qué dices? En mi vida la música es una constante que nunca falta, yo, melómano obstinado, no sabría reconstruir mi existencia sin la banda sonora de mis días», piensa alguien a quien respondo: ficción. Reconstruyes tu existencia rememorando y el rememorar incita a sacar provecho de ciertas oportunidades, como la de incluir pequeñas variaciones en el guión, escoger el mejor plano, alargar o acortar secuencias (según guste), o aderezar el relato con música. Y si rememorar es pensar cinematográficamente, toca admitir la posibilidad de que banda sonora y realidad sean elementos indisolubles, como agua y aceite. «Y a qué viene todo esto, si se puede saber…». Pues no te sabría decir, la verdad…

En los últimos días vengo dándole vueltas al porqué de la estrechez en el vínculo que parece darse entre música y cine desde que Méliès embrujase al cinematógrafo con sus trucos de magia. Shigeru Umebayashi, creador de ficciones sonoras en este campo de la música destinada a formar parte de la tríada (texto, imagen y música) que da razón de ser al cine, me ha ayudado a entender la trascendencia, fundacional me atrevería a decir, con que cuenta la banda sonora. Transcendencia que resulta categórica cuando consigue erigirse como elemento definitivo con el que cineastas y nostálgicos logran poner en pie aquella Distancia Estética que les permite cubrir de gasas lo descarnado para transformar en placer lo que en vida sería dolor, y que según los maestros que la definieron constituye condición sine qua non para que se dé ese fenómeno exótico (por extraño) y fingido (por imaginario), al que por costumbre hemos venido nominando con un vocablo tan ambiguo como anacrónico, aunque venerado por su pretendida grandilocuencia, el vocablo: Arte. «Bla, bla, bla… Abrevia, tiucha, ¿y Shigeru?».

Muy bien, vale, de acuerdo, me pillaste, tanta pedantería no contribuye a suplir mis insondables lagunas así que confesaré: a pesar de que al menos una de sus melodías pudiera llevar registrada en el Spotify de mis neuronas algo así como una década, el nombre de Shigeru Umebayashi es relativa, lastimera e inexcusablemente reciente para mí. Ea, ya está dicho.

In the mood for loveSu Yumeji´s theme tiene todo el cargo y la culpita de cuanto estoy escribiendo hoy aquí. Quien siga la filmografía de Wong Kar-wai lo conocerá. Pues además de escogerlo junto a los temas más habaneros de Nat King Cole para acompañar los paseos ralentizados de la vecinita de primorosos vestidos adicta a los tallarines de In the mood for love, volvió a incluirlo siete años después en la banda sonora de otra de sus películas: My blueberry nights. Mientras buscaba qué contar este mes en El Impostor recordé la agradable sorpresa que supuso para mí poder localizar con facilidad de qué me sonaba aquel tema intenso y sugestivo que reaparecía en pantalla, en esta ocasión acompañando el debut cinematográfico de Norah Jones. Fue instantáneo, aun con variaciones: más próximo al ritmo soul que al del vals, más largo y fuera cuerdas, ni violín ni viola en la melodía, ahora canta una harmónica. Se cantaba lo mismo. ¿Musical y figurativamente? Pudiera ser y así lo sospeché. El caso es que hasta hace unas semanas deambulaba confiada por el mundo convencida de que Wong Kar-wai andaría enamorado de alguna sonata para violín centroeuropea y decimonónica de la que habría encargado diversas versiones para incluirlas en sus películas. Cuán magna, apocada y ridícula fue mi sorpresa al descubrir la autoría de esas notas. Un par de horas googleando y a tomar conciencia: para In the mood for love solo un tema en el primer año del milenio, la responsabilidad de la banda sonora de 2046, fin de la trilogía de Kar-wai, cuatro años más tarde. Al mismo tiempo comienza su colaboración con Zhang Yimou para poner música a varias de sus aventuras épicas: La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006). De la mano de estos dos gigantes del cine asiático: Europa y EEUU. Hannibal Rising, dirigida por Peter Weber en 2007 (una protosecuela para echarse a temblar y no precisamente de miedo, pequeña Clarise), o la encantadora cinta del alemán Veit Helmer Absurdistán un año más tarde. Son algunos de los títulos que contaron y se beneficiaron de su colaboración. No le veía demasiado sentido a oír sus temas sin tener frente a mí las imágenes por lo que me puse a revisar las películas. La música se reveló entonces como un actor recóndito que desde el celuloide emerge para hacer de catalizador psicológico, intensificando tal efecto, o potenciando alguna respuesta; pero no solo era apoyo, afectaba a la percepción haciendo de contrapunto en ocasiones e integrándose en la atmósfera que envolvía a los personajes. «Umebayashi lo hace perfecto», me digo. Sus temas son activos, están contextualizados, y a pesar de la notoria entidad musical con que cuentan saben ceñirse a la discreción a la que su papel de incógnito les obliga. Completan la escena. Es un crack.

Y movida por el entusiasmo que últimamente me gasto fui al cine a ver A single man, título con el que Tom Ford presentó al mundo sus credenciales como cineasta, para demostrar que aun sin ser el responsable oficial de la banda sonora de la cinta (solo participa en cuatro cortes) la calidad de los temas de Umebayashi es tal que justifica por sí misma el uso para el tráiler de una de sus pistas, aparentemente casual en la trama. Entré en la sala intentando obviar cuanto había ido leyendo los días precedentes. No me importaba demasiado el texto, ni las aptitudes del director, ni si Colin Firth había cuajado la actuación de su vida. Yo iba por la música. Buscando oír los acordes del tema Carlos firmado por Ume. Con la intención de oír más que de ver. Valiente tontería. Al poco debí rendirme a una obviedad en la que sin embargo nunca antes había caído: la que nos habla del cine como de un artilugio especialmente sofisticado en el que convergen y conviven de tú a tú el guión (texto), la fotografía y el video (imagen), y la banda sonora (música). Elementos todos más que fundamentales, fundacionales me atrevería a decir de nuevo, sin los cuales se nos haría imposible e incluso insufrible ver los días de otros a través del cine o rememorar los nuestros

 

 

 

© 2010, Gloria Torres


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