Buenos aires, la del tango por las calles, malevos resentidos, aires de bandoneón y madrugadas salvadas por algún último organito o la inmensurable voz de Carlos Gardel, no existe. Esa Buenos Aires acaso no haya existido jamás. Se trata de un tríptico tanguero que remite a la leyenda de la ciudad y va mejor en los escaparates de las agencias de turismo que encajado en la verdadera historia de Buenos Aires. La cartulina del tanguero de sombrero —funyi— y pañuelo al cuello —lengue—, es hoy un universo simbólico de claves ajenas a los habitantes reales de Buenos Aires, salvo en la memoria colectiva; en efecto, memoria que no reclama veracidad alguna sino ser sostenida de todas maneras pues nos constituye, vertebra nuestra identidad.
Cada sociedad posee su leyenda, sus mitos, Buenos Aires, claro, no es la excepción. Nuestro destino de sur se enhebra a una mitología y su bestiario, la del tango.
Y —arriesgo— la leyenda tanguera se erige sobre los pilotes de una honda orfandad. El tango es la manufactura musical, literaria, artística, alusiva de una carencia en la identidad que los porteños acarreamos desde el original entramado de lo que somos y nos constituye: nietos y biznietos de despatriados, de gentes no mucho menos que escapadas de hambres y guerras, quienes se avinieron a los subsuelos de los barcos sin más que un par de baúles y prendidos de las uñas a una quimera: la del trabajo, la paz, y el pan de cada día. Ellos concluyeron de armar este país, o desarmarlo del todo y para siempre, como se prefiera. Ellos pusieron los ladrillos decisivos que derivaron en esta mole deforme de cemento vidriada, sucia y ruidosa, afable y gritona, entrañable, afectuosa, impredecible, Buenos Aires.
Bien, ya mismo me apuro a corroborar que aunque por ahora no lo parezca, este escrito trata acerca de ciertas sensaciones, reflexiones y guiños disparados por una película argentina, mejor dicho, porteña: Sur, una película de Pino Solanas estrenado en el ya lejano año 1988. La sinopsis remite a la Argentina de fines del proceso, año 1983, y Floreal, un preso político, habitante de uno de los barrios de la periferia que alguna vez fue industrial y ahora yace en ruinas, es liberado de la cárcel tras cinco años de humillaciones y torturas, y vuelve, a ese barrio, a sus calles, a su historia, a lo que quedó tras la masacre y la demolición perpetrada por la dictadura. Todo lo acosa: la historia, la traición, los sueños incumplidos, los muertos, los vivos, un país a reconstruir, su propia existencia, el horror, el deseo, el amor.
Una tierra de orfandad
Dicho esto, retomo. Buenos Aires empieza a dejar de ser una aldea ante el arribo de la primera gran camada de inmigrantes acaecida hacia el último tercio del siglo XIX. La población nacional que hacia 1860 era de poco más de un millón de habitantes, creció en muy pocos años a casi cuatro millones, la mitad de ellos, extranjeros. Fue un arribo abrumador, definitivo, transformador; tanto que aun hoy, decir inmigrantes es decir nosotros, descendientes de aquellos polacos, españoles, judíos, franceses, árabes, italianos, turcos, alemanes y etcéteras. Muchos de ellos hombres solos.
Inmigrantes. Solos. Esto es, sin sus familias, lo cual implica una de las matrices superlativas de la identidad nacional: la orfandad, el desabrigo afectivo, la ausencia, la pesadumbre del terruño perdido, el ensueño del regreso, la melancolía de nunca volver. Gentes venidas pese a sí mismos y mixturadas en tierra foránea en negocios, proles, padecimientos y ambiciones, y en esa añoranza de la tierra lejana y en el incierto galimatías del retorno; y mixturados también, por supuesto, en la pobreza del recién llegado, en la lucha por la sobrevivencia en un escenario desconocido y hostil, en la soledad y el cocoliche del lenguaje, en las fiestas profanas de los suburbios, en la música como alegría y lamento, en las alianzas fraternales, en los nimios conflictos dirimidos en sangre, o sea, los materiales del tango.
El tango, nacido en los bordes de la ciudad —en el territorio de los gringos— primero música luego canción, en su cadencia y sus letras va retratando la suma de aflicciones y deseos de quienes se sabían incluso, excluidos y despreciados por la aristocracia criolla exenta de sangre azul pero pletórica de altanería y petulancia. La prole patricia, herederos del linaje colonial y no tanto, pues muchos de los apellidos que le dan nombre a las coquetas calles de Recoleta, hallaron su prosapia y sus tierras a resultas de algún tatarabuelo cuyo mérito fue haber sido parte de la soldadesca de Roca y sus incursiones en la salvaje conquista del desierto. Como sea, para las familias tradicionales y acomodadas de entonces, los tanos, los gallegos, los franchutes, los turquitos, eran la chusma, los gringos, gentuza.

Y esa chusma creó el tango. Y el tango en su poética creó la mitología porteña: un producido resultante de la exacerbación de personajes orilleros, de valores y códigos antes discurseados que ejercidos (amistad, dignidad, fidelidad, guapeza, valor, lealtad, entereza). Y sobre esta mitología, esta leyenda, se posa Pino Solanas para diseñar Sur, uno de los filmes más bellos, sentidos y deslumbrantes del cine argentino.
En la película no luce nítida la frontera entre lo mítico y lo real; en la realidad de Buenos Aires tampoco, o quizás a nadie le importe ni le convenga trazarla: nos quedaríamos sin identidad simbólica, o con una reseña insoportable de eventos desdichados y desaciertos sociales. Pero ese es otro asunto.
Se apagan las luces
De movida nomás, en la primera toma, Solanas nos avisa de qué va la cosa. La escena es de epopeya, casi celestial. Digamos, claro, epopeya de barrio, cielo prosaico, humano, tanguero, porteño. Se oye un bandoneón, la lente, morosa, atraviesa por debajo de un puente, es un puente de ferrocarril, de un barrio del sur, no hay dudas —siendo más certeros, un barrio al sur del sur—, la atmósfera es azul de niebla, el piso empedrado, y brota la silueta inconfundible de un almacén, un bar, un boliche de esquina, y en su vereda, dos hombres. Uno, sentado, encorvado contra su bandoneón arroja los compases de un tango. El otro, de pie pero como atravesado por el dolido y absurdo sentido de todo, es nadie menos que el inmenso Polaco Goyeneche, quien más que cantar, dice, solloza, desde su voz inefable y ardida. El tango es Sur, obvio.

De allí en más la trama es el barrio —el país—, su gente, el trabajo, el amor y el desamor, las diminutas pasiones que componen la vida, la memoria, la dignidad. Y sobre todo eso, es decir, sobre la vida misma, cae con su delirio asesino la furia del mal absoluto encarnado en las patotas sanguinarias del proceso de liberación nacional.
Es momento de sintetizarlo: Sur es la historia sociopolítica y económica argentina reciente (desde la caída de Perón al retorno a la democracia), puesta en clave de tango y contada desde la sangre mediante una historia de amor, o sea, de desamor, con la siniestra dictadura abarcándolo todo.
La exacerbación metafórica de los estereotipos porteños (y nacionales) que Solanas despliega en Sur —y tan criticado por ello, eso de los papelitos que vuelan entre los protagonistas, los escenarios de esquinas y humaredas tenues y agrisadas, los contraluces, y la pesada cadencia tanguera—, otorga, creo, una exquisita paradoja: la de críticos soslayando y oponiéndose a una dramatización exacerbada sin asumir que la misma bien puede, y acaso debería entenderse (ignoro si fue la intención del director) como una alusión a la propia exacerbación de nuestro argentino modo de ser.
No hay mucho de qué quejarse. No hay legitimidad que valga. Las exuberancias nos pertenecen, son parte nuestra, somos un país de desmesuras, de grandilocuencias verbales, de extremos. Los toques inmoderados del filme de Solanas, signan la cuasi caricaturesca imagen que los argentinos llevamos puesta y tanto se nos critica y tanto desestimamos: eso de gritar, de hablar de nosotros mismos, de ventajear cada situación posible, de situarnos primeros en la fila, creernos los más bellos, inteligentes y talentosos.
Sur es
Sur, es la mesa del bar puesta en medio de la calle, una calle empedrada, claro, donde se sientan los viejos locos a pergeñar el sueño de los sueños, la gran utopía, La Utopía de los Hombres Libres del Sur. Y Sur es también lo otro que somos. Sur es el saqueo, la injusticia, la violencia, la hipocresía, el cinismo, el empobrecimiento, el país violado, torturado, desaparecido. Es el terror que siempre estuvo y se desata, la mentira encubierta que se suelta y se revela y se apropia de todo incluso al extremo de negar vidas, existencias, personas. Sur es nuestra miseria y también nuestra grandeza. Nuestra huida y derrota, y nuestra resistencia y heroísmo. Y es nuestro arte, nuestro cine —nuestro mejor cine—, ese modo profundo, descarnado, no anestésico, de decir y contar nuestro dolor. Sur no es Cortázar ni Borges, es Arlt, es Soriano, es el mejor Piazzolla y el mejor Solá. Es el grandioso Goyeneche, un cantor estremecido que estremece, una esfinge porteña, dueño de una voz decidora singular y capaz de empardar en belleza y hondura al prodigioso fuelle de Piazzolla. La voz del Polaco, el único que podrá en la historia venidera —aunque jamás lo haya querido ni pretendido— discutirle el trono a Gardel, deja a la intemperie los huesos mismos de nuestra sociedad, nuestra realidad, mejor dicho, nuestras llagas, heridas.

Sur nos lega escenas memorables, muchas. La del personaje del muerto, compuesto por Lito Cruz, diciéndole a Floreal: ay, no sabés qué clara se ve la vida desde la muerte, entendés todo, todo, pero eso sí, estás muerto; la del personaje encarnado por Ulises Dumont inquiriendo a Rosi (Su Pecoraro): el amor, ah, el amor, ¿hasta cuándo, Rosi, pediremos para permiso para poder gozar?; la del tanque de guerra que los golpistas derrotados se olvidan en una esquina del barrio y que panfleteaba anunciando que los argentinos somos derechos y humanos.
Decíamos, los críticos no la trataron del todo bien a Sur, los espectadores sí, al menos en la taquilla. Ocurre que con el tango, pese a lo que pueda pensarse, entre nosotros es un asunto controvertido. Todo lo que tenga aroma a tango en Buenos Aires es mirado con recelo, desdén, y lograr que un argentino consuma tango es como venderle arena a un beduino. Hay un rechazo manifiesto hacia el tango y su cargada mitología, un presto reproche a su demasiada impostura, su llanto fácil, su infructuosa melancolía, sus muchos cantores mediocres y acartonados. La verdad es que los porteños en su mayoría no escuchan o escuchan muy poco tango, las radios no lo emiten en sus audiciones —salvo emisoras temáticas—, en la televisión no hay un solo programa dedicado al género ni siquiera en la estatal. Muy pocos argentinos saben bailarlo, ya pocos lo tararean o silban por las calles, y los intérpretes, compositores, letristas y cantores significativos, están todos muertos.
Y Sur es tango, es una película sobre política, historia, economía y muchas otras cosas, pero es una película de tango. Acaso es una obra de arte —subjetividades aparte—, pero obra de arte tanguera.

El tango es hoy un artículo de la industria del turismo. Desde luego que advertir el entusiasmo de algún alemán o japonés y su empeño en aprender a bailarlo, conmueve, agita el ego, hace que muchos porteños llegada la ocasión, posen de tangueros y narren la leyenda, pero eso es todo, allí se agota el asunto.
Cuidado, hay innumerables sitios de aprendizaje —clubes, salones, milongas, escuelas— donde se entreveran novatos y avezados, turistas y vecinos, y hay mucha movida tanguera, pero, que sea movida justamente implica lo elíptico, categoría de reducto, de puertas adentro, cuasi de grupúsculo. Y asimismo es cierto que si uno camina por San Telmo o quizás La Boca, el tango es una presencia irrefutable, más se trata de lugares armados para turistas, decorados preservados para holandeses, brasileros, norteamericanos.
Lo que importa
Esa película es una postal para turistas, me espetó una vez un amigo hace mucho cuando hablamos de Sur, y sí, le contesté, pero una postal que incluye las razones cruciales de nuestra decadencia sociocultural.
En toda la revuelta de horror y espanto, de injusticias y atropellos que el filme revela, Sur deja constancia que no sólo la vida prevalece contra la muerte y la libertad contra la represión, sino incluso el amor sobre el rencor, el deseo sobre el temor. Y es un monumento a quienes cómo pudieron, se atrevieron a decir que no.

En definitiva, lo que me importa es que Sur produjo en mí las dos cosas que espero de una obra de arte. Una es que me emocionó. Y mucho. Todo en la película me emociona. Y me emocionó tanto que cuando el personaje del papá de Floreal, ante su hijo que le reprocha la improductividad e inconveniencia de todo compromiso social y dignidad ante el poder autoritario e injusto, le contesta que puede ser, puede ser, hijo, pero a mí no pudieron quebrarme, lloré sin tapujos ni disimulos derrumbado en la butaca del cine. Lloré de alegría. De bronca. De saber que es posible resistir. Que la dignidad es posible.
Lo otro es, me convocó a reflexionar y modificó de un modo enriquecedor mi mirada de la vida, la historia, de mí mismo. Me despertó a nuevas lecturas, a otras búsquedas.
Eso es el arte para mí: algo que emociona y nos modifica. Y Sur, más allá de sus excesos y subrayados, para mí, es una obra de arte.