Aunque a veces se cae en el error de mirarlas con ojos de desdén, las road movies siempre me han parecido películas de las que es necesario aprender. Lo que más me fascina es que son capaces de integrarse perfectamente en cualquier género sin perder su esencia. Films tan necesarios para la historia del cine como Thelma y Louise, Bonnie and Clyde o Easy Rider son Road Movies.
"Road movie" significa, literalmente, película de carretera, película de viaje y, ya en los tiempos de Homero, todo viaje implica un aprendizaje. Los personajes de las road movies se ven violentamente arrastrados por la carretera y, a medida que los kilómetros les apartan de su hogar, descubren que están desnudos ante el mundo nuevo que se les presenta. Entonces descubrimos la magia. Los dudas, las emociones que ellos creían tan secretamente escondidas, se nos presentan al espectador escandalosamente claras, se vuelven volubles y vulnerables, frágiles y bellas, con el riesgo de que sean arrastradas por el viento que, a su vez, define aquello que les conduce a su destino, ya sea una nave griega, un Ford Thunderbird descapotable o una furgoneta Volskwagen amarillo chillón a la que le falla el embrague.
Little Miss Sunshine me parece la película perfecta para el especial de verano de El Impostor. Ni los personajes van de vacaciones ni tienen intención de divertirse, pero aun así, sin darse cuenta, realizan el viaje de su vida. Si fuera posible garantizar eso en las agencias, seguramente los “viajes de tu vida” serían los más cotizados.
Los Hoover son una de esas familias ensambladas en las que se come pollo a l’ast de bolsa en platos de plástico. Un obsesivo del trabajo, una madre al borde del ataque de nervios, un heroinómano, un suicida y un fan de Nietszche que se niega a hablar, son los encargados de cuidar de la pequeña Olive, aunque para ella son papá, mamá, el abuelo, el tío Frank y mi hermano Dwayne. Cuando Olive anuncia a su familia entre gritos que es candidata a participar en el concurso de belleza infantil “Little Miss Sunshine” en California, todos se preparan para dos días de convivencia que les llevará entre tumbos de las situaciones más cómicas a las más melodramáticas.
Little Miss Sunshine es humanidad en estado puro, es imperfección, es diferencia y naturalidad a partes iguales. Es también cinismo, un canto a la vida y al fracaso, una crítica a la competición enfermiza y al juicio desmesurado. Ya en su fotografía, suave y de colores pastel –realizada por Tim Suhrstedt – nos damos cuenta de que no se trata de una película que quiera hundirnos en la desgracia de ser como somos, si no aplaudirnos por pasear con orgullo aquello que no podemos (ni debemos) dejar de ser.
Jonathan Dayton y Valerie Faris son los encargados de dar vida a este film con rasgos indies que costó 8 millones de dólares, un presupuesto insignificante si se compara con otras producciones americanas. Entre el elenco de aactores se encuentran Tony Colette, Steve Carel, Alan Arkin –que ganó el Oscar a Mejor Actor de Reparto por su personaje de abuelo-, y Abigail Breslin, la niña regordeta con gafas que ha conquistado los corazones de todos aquellos que entraron en el cine creyendo ver otra road movie más, y salieron de él descubriendo lo bonito que puede ser fracasar en la vida.
La maravillosa música del film fue escogida minuciosamente para no romper el equilibrio, y es que, aunque los personajes o las situaciones rocen el freakismo, la armonía es la base de la película, la manera en como el movimiento de cámara no rompe la acción, sino que consigue que esta fluya, aún más si cabe, dentro del espacio escénico. El amarillo, estridente en su esencia, resulta ser el conductor de todo, el que los lleva a su destino en forma de furgoneta, el que insufla la vida, como los rayos del sol.
Un guión excelente, sencillo y realista, unas interpretaciones que se ajustan a lo que se les pide, sin excesos, sin florituras ni brillantina. ¿Quién diría que hablamos de un concurso de belleza? Así es Olive, así es su familia, naturales, imperfectos y con la peculiaridad de que sus encantadores intentos por cambiar no los hacen si no más entrañables.
Olive quiere ser Miss América. Ese es su sueño. Se esfuerza cada día y ensaya con su abuelo para poder ganar, para no ser una perdedora. Pero ser de los Hoover lleva implícito el fracaso, y, con él, la felicidad. Quizá ese sea el mejor destino para las vacaciones de nuestra vida, un viaje que nos lleve a la felicidad. Resulta perfecto en tiempos de crisis ya que ni siquiera hace falta salir de casa.