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Sunshine

Sunshine

Sobre una nave avanzando en el espacio, dirección al Sol:

“El Sol se muere. La Humanidad se enfrenta a la extinción. Hace siete años, el proyecto Icarus mandó una misión para reactivar el Sol, pero fracasó antes de llegar. Hace dieciséis meses, yo, Robert Capa, junto a una tripulación de siete personas, dejamos la tierra congelada en un invierno solar. Llevábamos a bordo una bomba con una masa equivalente a la isla de Manhattan. Nuestro objetivo: crear una estrella dentro de una estrella. Ocho astronautas atados a una bomba. Mi bomba. Bienvenidos al Icarus II.

Y aparece en la pantalla el título: Sunshine. Es la película que Danny Boyle dirigió en 2007, justo antes de la oscarizada Slumdog Millionaire. Y también es, junto con la divertida e irreverente Millones, de 2004, la gran olvidada de su filmografía. Ahora, se encuentra a la venta en grandes superficies por 8,95 €, dentro de una colección de cine independiente. Una pena, porque valía la pena verla en pantalla grande y con un buen sistema de sonido. Una película de ciencia-ficción ambientada en el espacio sólo debería hacerse de una manera, y es esta: con admiración y fascinación primitiva ante el entorno natural en el que tiene lugar. Es lógico, sólo hay que pensar en la cantidad de horas que pierde una persona a lo largo de su vida mirando al cielo.

Hay un momento de la película en que los ocho tripulantes del Icarus II miran desde la sala de observación de la nave, protegidos por potentes filtros, cómo Mercurio, un minúsculo punto negro, se cruza entre ellos y el ingente Sol. Algo tan enorme, les hace considerarse pequeños. Curiosamente, son astronautas y científicos, profesiones importantes, proclives al complejo de dios. Sin embargo, si para algo sirve la ciencia-ficción, es para desvelarnos aspectos no ya del futuro, sino del presente y el pasado. Sunshine se centra en la –vieja, y suficientemente tratada como tema en el arte– relación del hombre con la Naturaleza. Estos científicos, mientras más conocen la naturaleza, más admiración sienten ante ella y por formar parte de la misma: el doctor Searle (Cliff Curtis), psiquiatra de la nave, pasa horas muertas en el mirador de la sala de observación; Cory (Michelle Yeoh), médico, estaría dispuesta a defender con su vida el jardín, la fábrica de oxígeno de la nave, no tanto por ser la base de su supervivencia como por lo anacrónico en sí de unas plantas entre tanta tecnología; incluso Capa (Cillian Murphy) habla de su bomba con cariño y devoción. No están locos, son humanos que, gracias a toda esta técnica, van a poder llegar al mismo corazón de los elementos naturales, del Sol.

Hay una diferencia entre el ser humano y la Naturaleza que la película lleva a primer término. La Naturaleza es devastadora: sólo hay que ver los informativos para oír hablar de tsunamis, terremotos, huracanes... En Sunshine, el Sol se apaga y puede acabar con la vida en la Tierra. Pero no tiene intención, no tiene moral. Está ahí, ante nosotros, magnánimo e impasible. No juzga. El ser humano, sí. Tiene conciencia, miedos, curiosidades... “Dime qué se ve desde ahí”, pide el doctor Searle al capitán Kaneda (Hiroyuki Sanada) cuando éste está fuera, sobre el escudo solar de la nave, arriesgándose a morir abrasado por la luz solar. Algo menos complaciente y poético: Capa y Mace (Chris Evans) no se llevan bien y, cuando las cosas se complican, el segundo le echa en cara al primero: “Toda esta sangre es tuya”. La Naturaleza no se equivoca –quizás, el término error sea exclusivamente “humano”–; Trey (Benedict Wong), ingeniero, sí, y difícilmente será capaz de superarlo. Pero en una situación extrema y límite como la que plantea la película, si el hombre quiere sobrevivir a la Naturaleza, tiene que comportarse como ella. Ser un engranaje más del mecanismo de la vida, y cumplir su papel –misión- sin consideraciones morales. Ellos lo intentan. Hay un momento revelador en el que, ante una difícil decisión, la tripulación del Icarus II plantea la situación en los siguientes términos: si el Sol se apaga, muere toda la humanidad, incluidos ellos. Sus vidas no tienen valor si se comparan con la importancia de la misión. No van a votar qué hacer porque no son una democracia, sino un grupo de científicos y astronautas, así que se decidirán por la opción más lógica y racional.

Icarus II se aproxima al Sol. Ha habido contratiempos, bajas, y decisiones equivocadas –decisiones humanas–. Conforme nos adentramos en el tramo final de la película, emerge el siguiente e importante tema de Sunshine: para relacionarse con la Naturaleza, aparece la religión. Parece una lección de filosofía, pero sólo es una película de hora y media ambientada en un futuro próximo. La religión surge espontáneamente, sin premeditación, como probablemente afloró en el pasado. Ya se ha dicho: la ciencia-ficción revela mucho más del presente –y el pasado– que del futuro. El ser humano es incapaz de encajar en su torpe raciocinio la primigenia fascinación ante los fenómenos naturales; le desbordan tanto que se los acaba atribuyendo, por fuerza, a un ser superior. Capa, Cassie (Rose Byrne) y Mace, ingeniero el primero, y astronautas los segundos, son testigos de esta irrupción violenta. Ellos están fuera de todo dogmatismo. Mace es puro nervio y emoción, no le preocupa no entender el origen de las cosas; Cassie no tiene reparo en admitir que es humana y tiene miedo a morir; y Capa... es la inteligencia. Asume su ignorancia conforme aumenta su conocimiento. Acepta su lugar. Cuando Cassie, puesto que el Icarus I fracasó, le confiesa que tiene miedo a la muerte, Capa le responde: “Cuando detonemos la bomba, al principio no ocurrirá casi nada. Después, una chispa surgirá de repente. Durante un instante, quedará suspendida en el espacio. Y, luego, se dividirá en dos. Y esas dos se volverán a dividir otra vez... y otra. Una detonación más allá de lo imaginable, un big bang a pequeña escala. Una nueva estrella nacerá de otra moribunda. Creo que será precioso. No, no tengo miedo”. Es lo más cerca que un hombre va a estar de ser Naturaleza pura, y sin necesidad de dios.

Sunshine fue lanzada como una película de acción para el gran público, y no lo es. Quizás, este salió de las salas de cine escandalizado o, más probablemente, aburrido, y es comprensible, pues les vendieron otra película; a los que íbamos buscando una de Danny Boyle nos fascinó, como casi siempre. Sin embargo, el director inglés no suele caer bien. Los Oscars recibidos por Slumdog Millionaire fueron muy criticados. La película que le lanzó a la fama, Trainspotting”, fue su maldición: sigue siendo la horma con la que se mide el resto de su filmografía, aunque él no esté intentando repetirla. Así que, cuando Boyle se propone dirigir una de ciencia-ficción sobre astronautas que tienen que salvar la tierra, los modernos se rasgan las vestiduras porque –otra vez– ha sucumbido al cine main stream; los clásicos se horrorizan ante sus moderneces y todos, en general, murmuran: “ya lo sabíamos, Danny Boyle era un fiasco”. Poco importan los buenos momentos que nos ha hecho pasar con, por ejemplo, 28 Días Después –incluso, hay quienes la adoran pero le dan más valor a la secuela de Juan Carlos Fresnadillo–. Un crítico puso a Sunshine como ejemplo de película cuyo director se empeña en borrar las huellas autoriales. No sé, a lo mejor lo que tiene que hacer es no firmar con su nombre. Ya en La Playa, hace casi diez años, (¡horror!, el director indie de Trainspotting dirigirá la primera peli en la que va a salir Leonardo DiCaprio después de Titanic: está claro que se ha vendido) plantea lo que quiere que sea –y empezaba a ser– su filmografía: por un lado, la vitalidad y la energía (Trainspotting, La Playa, Una Historia Diferente, Slumdog Millionaire) y, por otro, la reflexión new age y ese extraño y escéptico humanismo (28 Días Después, Sunshine, también Trainspotting). La Playa fue un intento fallido, vale, pero Sunshine es todo un acierto.

© 2009, Manuel Gay Moreno

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El Impostor, 2009
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