Lhasa de Sela ha sido uno de esas sorpresas preciosas que al cabo se convierten en imprescindibles tesoros que uno disfruta en la intimidad. Cuando en los primeros días del año se hizo pública su muerte, un gran abatimiento recorrió a este impostor. Era de noche, llovía y un paseo sin rumbo escuchando Lhasa de Sela se antojaba necesario.
Nacida en 1972 en la pequeña localidad de Big Indian (Nueva York) de madre norteamericana (fotógrafa) y padre mejicano (profesor de español), creció a bordo de un autobús escuela, siendo educada con sus tres hermanas en una vida nómada, cruzando Estados Unidos y México. A los 13 años comenzó a cantar en los cafés de San Francisco hasta que a principios de la década de los noventa se mudó a Montreal donde actuaba en bares hasta que salió su primer álbum, La Llorona (1997). Lhasa nos regaló su voz apasionada, dramática en unos temas de difícil definición, una suerte de música popular mejicana con aires country y letras románticas y fatales que ejercen la atracción de un imán misterioso y oscuro. «De cara a la pared», tema que abre este disco advierte al oyente que se está adentrando en un universo sonoro distinto, a una poesía desgarradora y viva.
Después de ganar el Juno al mejor disco de música del mundo por La Llorona, Lhasa de Sela se une junto a su familia a un espectáculo circense y se muda a Marsella. Allí compondrá su segundo álbum, The living road (2003), con temas en español, inglés y francés que siguen haciendo adictos en todo el mundo. El tema «Para el fin del mundo o el año nuevo», se convierte en una triste casualidad, una premonición, por la fecha de su fallecimiento, el 1 de enero, en el que nos canta «llegarás mañana para el fin del mundo, o el año nuevo. El puerto se llena de barcos de guerra, y una lluvia final de cenizas cae. Salgo a encontrarte en mi traje de tierra […]».
En un concierto en España explicó, con su voz susurrante y quebradiza, el significado de la canción «Soon this space will be too small». Al parecer su padre tenía la teoría de que cuando nos conciben poco a poco vamos creciendo, sintiendo, oyendo, tocando las paredes, hasta que el espacio en el que estamos se nos hace demasiado pequeño. Entonces creemos que vamos a morir, pero nacemos. Y en la vida el tiempo nos vuelve a parecer infinito y el espacio inabarcable hasta que pasan los años y todo se vuelve a hacer demasiado corto y demasiado pequeño y morimos, aunque en realidad naceremos en un nuevo espacio, y así sucesivamente. Según la teoría Lhasa acaba de nacer, por lo que no debemos estar tristes por su pérdida y solo lamentar que ahora mismo, en un mundo paralelo, son otros los afortunados que escucharán las nuevas canciones de Lhasa de Sela mientras nosotros habremos de conformarnos con sus tres discos y algunos temas de colaboraciones y homenajes como el del concierto Leonard Cohen: Everybody knows, en el festival de Jazz de Montreal, donde interpreta «Who by Fire».
Su último disco Lhasa (2009) está producido por ella misma, grabado en casette, y a la vieja usanza, todos los músicos tocando a la vez. En esta ocasión todos los temas son en inglés, y cierran el legado que Lhasa de Sela ha dejado al mundo. Temas con un sonido más limpio, donde el arpa y el contrabajo abren nuevos caminos acústicos y las letras van un paso más allá que en sus discos anteriores como en «Bells»: «Las campanas suenan, los barcos zarpan, en este que solía ser mi hogar nada se mueve, nada respira».
Buscando en Youtube voy encontrando joyas, un concierto privado para Fnac el pasado mayo, una serie de canciones grabadas en un loft de Montreal en abril, cámara en mano por Vincent Moon, donde vemos a Lhasa divirtiéndose ante varios afortunados que la escuchan en silencio, sentados en el suelo, presenciando uno de los últimos conciertos de Lhasa, en la que se la ve alegre, disfrutando. Así la recordaré.