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PleasantvilleHay una frase que todos hemos dicho en algún momento y que reza: “Lo único que no tiene solución es la muerte”. Pero se nos escapa un pequeño detalle cada vez que la pronunciamos, y es que no es lo único. Hay otra cosa que no tiene solución y que, en realidad, no deja de ser la causa de la primera: la experiencia.

Crecer, descubrir e, incluso, crear son conceptos que no pueden evitarse. Tratar que no germine en nosotros el afán por conocer es ir en contra de la naturaleza humana y siglos de historia lo demuestran. Nunca nadie ha sido tan poderoso como para mantener en la inopia a sus semejantes durante mucho tiempo. Pero existe un pequeño oasis donde eso lleva ocurriendo desde hace décadas. Un lugar donde nadie sabe nada. Un lugar donde nadie hace nada que no haya estado marcado antes por un guionista de los 50.

Imagínense que en su vida solo existiera una sensación que se debate entre lo agradable y lo satisfactorio. Imagínense, por un momento, que no hubiera ninguno de esos sentimientos que desestabilizan el corazón humano: no hay amor, no hay dolor, ni tristeza o pasión. No hay preocupaciones, culpabilidad ni sentimiento de infidelidad o traición. Tampoco existen los sueños, los retos, la curiosidad… solo la perfección de una vida dentro de una ciudad donde las calles siempre llevan al mismo lugar, los libros están en blanco y las sonrisas se regalan con la misma facilidad con la que sale el sol todos los días, sin excepción.

¿Sería su vida en blanco y negro?

Pleasantville

David (Tobey Mcguire) y Jennifer (Reese Witherspoon) son gemelos y completamente antagónicos. Él es un chico solitario dedicado a los estudios y a la pasión que siente por su serie preferida, Pleasantville, cuyos detalles los conoce mejor que los de su propia vida. Ella, salvaje y popular, encara a los chicos más guapos del instituto entre cigarrillo y cigarrillo mientras visita el centro comercial en busca de modelos descarados. Un desencuentro de opiniones entre ambos y un extraño reparador de televisores serán los encargados de convertir a David y Jennifer en Bud y Mary Sue, hijos de la perfecta familia Parker, que residen, como no podría ser de otra manera, en la maravillosa Pleasantville, un lugar donde a parte de servir grandes desayunos a base de panqueques y llevar rebecas de lana, viven en blanco y negro.

El huracán que desata la llegada de los gemelos a la ciudad no dejará indiferente a ninguno de los miembros de la apacible comunidad. Su convivencia con ellos repartirá realidades, pasiones y algún que otro cambio en la decoración que dejará a Pleasantville irreconocible.

La magia de ver, y sobretodo de vivir, en Pleasantville la encontraremos en el descubrimiento casi infantil del mundo a través de unos ojos que, gracias a las renovadas ganas de aprender a vivir, esta vez están en Technicolor. La llegada de la lectura, del arte que se manifiesta entre cajas registradoras y hamburguesas. La llegada del amor, de la pasión, que se viven como si fuera la primera vez nos recuerda a años pasados, cuando todo era una novedad. Esa ilusión se ve reflejada en los rostros de adultos y jóvenes que, poco a poco, mutan su piel hacia un rosado delicioso y cuyos vestidos quedan salpicados, no solo de intensos colores si no también de una lluvia que los roza por primera vez en su vida.

Esta película refleja a la perfección la sociedad norteamericana de los años 50, aunque está producida a finales de los noventa. Su director, Gary Ross, acierta por completo al mostrarnos esa realidad como siempre la hemos conocido en el cine clásico, antes de la llegada del color.

La familia Parker, modelos basados en los anuncios, cuya vida se rige por las tenacillas del pelo, una conducta recatada y un marido educado y encantador pero que llega a casa esperando la cena en la mesa, nos permite adentrarnos en la cotidianidad de la época, que además gana realismo gracias a una banda sonora creada por Randy Newman cuyo tema central sin duda nos paseará por las sendas de la nostalgia.

Cabe destacar la fotografía, obra de John Lindley. Una original puesta en escena y una brillante manera en la que los colores van apareciendo en escena son un espectáculo digno de ver que llega a su máximo esplendor conforme avanza el minutaje. Los pinceles invisibles de Lindley colorean cada rincón de Pleasantville de manera casi artesanal, poniendo especial cuidado en los detalles que hacen de esta película una de las más atractivas de los últimos tiempos en lo que a fotografía se refiere. De las mismas fuentes han bebido directores como Tim Burton, tan reconocido por su dedicación al tratamiento del color. No olviden fijarse en la escena del maquillaje, que aparte de ser especialmente bella, es una de las más hermosas muestras de amor que podrán visionar entre una madre y un hijo.

Por último, las actuaciones de Jeff Daniels, William H. Macy y Joan Allen representan el dorado de este suculento pastel de manzana.

Cuando uno está viendo la película se pregunta: ¿Cuál es el secreto? ¿Qué provoca que los colores vayan apareciendo poco a poco, dejando a algunos fuera y a otros dentro del marco? Lo que antes era homogéneo y rígido ahora es plural y caótico, similar a un collage de guardería. Todo es diferente, ha evolucionado, ha crecido. Ese es el secreto de Pleasantville. Nos habla de la pluralidad, de la variedad y el orgullo a ser diferentes, de las reglas y normas que rigen una comunidad y que, algunas veces, necesitan romperse. Una vez rotas, construir nuevas reglas será una odisea, pero como dice la cita, todo tiene solución excepto la muerte… y la experiencia.

Déjense inundar por el color y descubran Pleasantville como lo que es, una experiencia para los sentidos.

© 2010, Beatriz Peñas

info@elimpostor.com

 

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