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La música basada en la repetición debe ser difícil de concebir. Si te pasas, es un coñazo (y, como muestra, nada más y nada menos que los primeros trabajos de Philp Glass, eternas composiciones que rozaban los cuarenta minutos de duración), pero si encuentras el punto justo, son el paraje sonoro ideal para acampar y quedarse un rato a disfrutar del paisaje (y, como muestra, cualquiera de los trabajos posteriores de Philip Glass). El techno, por otra parte, es la música más odiada por el seguidor de la electrónica a pie de calle. Música cerebral, matemática, fría, sin pasión... quizás no es adecuada ni para bailar ni para pensar. Sin embargo, el minimal techno, uno de cuyos estandartes es, sin duda, Plastikman, tiene legiones de seguidores. Probablemente, porque rellena las carencias antes señaladas.

Plastikman es solo un alias más de Richie Hawtin, DJ canadiense que este 2011 ha decidido recopilar (reivindicar) su obra y venderla en una exquisita caja a través de su página. Adentrarse en el sonido de Plastikman es una auténtica experiencia, sobre todo cuando uno imagina el aburrimiento ante una pieza de techno minimal de cinco minutos y se encuentra con una pieza de techno mnimal de once minutos..., pero de Plastikman.

Sheet one, su primer álbum de estudio, data de 1993. Escuchado hoy por primera vez, dieciocho años después de su lanzamiento, solo consigue hacerte pensar "¿Qué demonios escuchaba yo en 1993? ¿Dónde estaba, para que esto pasara y no me diera ni cuenta?". Tras una introducción brumosa como es “Drp”, comienza “Plasticity”, una pieza de once minutos. Canciones como esta justifican gastarse el dinero en unos buenos altavoces capaces de reproducir hasta el último matiz de una frecuencia aguda o grave. Sobre todo, graves. Ya se sabe el gusto de la electrónica por estos sonidos que, cuando son excesivos, hacen temblar el cuerpo literalmente. En “Plasticity”, como en el resto de su cosecha, Plastikman crea una obra que cualquier otro hubiera sobredimensionado para provocar que la gente desfasase en la pista de baile. Richie Hawtin la mantiene en unas coordenadas medias. Puedes bailarla, pero lento, y oírla en tu habitación sin que la tralla te ponga taquicárdico. Juguetona y profunda a la vez, la monótona melodía (si puede llamarse así) varía mucho antes de que te hartes de ella, de manera que su escucha es agradecida e imaginativa. El título es muy revelador: “Plasticity”, todo lo que se puede hacer con pocos pero volátiles elementos. Sin duda, el otro gran corte del disco es “Plasticine”: otra larga pieza de 11 minutos en la que perderse mientras se baila sin sentirse en una discoteca de un polígono de las afueras. Para mi librería de música privada, “Plasticine” marca la diferencia entre el matraqueo y el estilo aséptico y ambiental de muchas bandas nacidas del trip-hop (Tosca, Thievery Corporation,...) mucho más amables, sí, pero decididamente mucho menos apasionantes. “Plasticine” es enigmática, sexy, agresiva a su manera y, sobre todo, derrocha toneladas de estilo.

Sheet One, además, tiene algo que no todos los discos tienen —ni necesitan, todo hay que decirlo—, pero que se agradece, y mucho, cuando es acertado —y en este caso lo es: un punto de vista—. Escuchándolo, uno puede sentirse sentado en lo alto de un tejado, o en una terraza, observando una rave cercana. Sheet One mira la música desde fuera, filtrada por las paredes del local o, simplemente, por la distancia. Y, al verla desde la distancia, se puede mantener la cabeza fría y descubrir cosas distintas en ella. La clave del disco, si es esta, la revela “Smak”. Al año siguiente, 1994, publica dos discos. El primero de ellos, Musik, se adentra de lleno en la música en sí, como complementando al anterior. Parece un catálogo de todos los distintos estilos que puede adoptar el techno más minimal. Es lo más parecido a un disco de baile que Plastikman ha facturado bajo este nombre. Si bien, quizás, no es tan contundente como Sheet One —ni tiene ese punto de vista mencionado—, hay en él piezas de gran valía. “Outbak” es lo más parecido a una mezcla de trance y chill-out, tirando de recursos sonoros provenientes del trip-hop. “Plastimatik” es otro tiempo medio que también domina este señor, y “Marbles” pudiera ser oída en una discoteca sin remezclar aunque, extrañamente, nunca llega a estallar ni a ofrecer el subidón que parecen necesitar este tipo de temas. De hecho, cada vez que va a elevarse, se topa con un extraño remanso, el mismo que los temas bailables, pero que aquí no sirve para preparar el gran estallido sino para conseguir asentar a lo largo de once minutos un ritmo no acelerado.

Ese mismo año lanza Recycled Plastic. En este disco, podemos decir que Plastikman ha encontrado su voz. Y una propuesta muy clara y radical: si el techno se basaba en los bajos atronadores y vibrantes como los de Maurizio y su “M-Series” o Robert Hood y su “Minimal Nation”, él propone que la voz cantante la lleven los agudos, y que los graves sean el coro. Y así articula un álbum de siete temas en los que se explota y explora su concepción sin apenas concesiones a un público acostumbrado a justo lo contrario. Es difícil seleccionar un tema pero, quizás el más radical sea “Spaz”: tralla seca, sin ningún tipo de reverb o vibración corporal; bailable, quizás, en un desierto, pero no en una pista. Plastikman crea una nueva paleta de sonidos para su estilo musical y, sin que sea peyorativo, los explota y los agota en este disco. En serio, no es exagerado: después de oirlo, sabes que esto era una pasada, pero que todo lo que suene a continuación en esta línea va a parecer pálido y desvaído...

Cuatro años después, vuelve a dar a luz dos discos. En 1998 se publican Artifakts y Consumed.

Artifakts presenta un sonido refinado y sofisticado. La pista de baile queda muy lejos y, por el contrario, lo que escuchamos es una música íntima. En electrónica, parece que algo “íntimo” siempre es algo cercano al chill-out, pero en el caso de Plastikman, nada más lejos de la realidad. Artifakts tiene momentos de puro deleite auditivo, que invitan a la reflexión, y otros que no son para todos los públicos, pues reflejan un paisaje interior torturado y abrupto, como “Hypokondriak” o “Skizofrenik”. El arco sonoro viene marcado por las dos piezas iniciales, “Korridor” y “Psyk”, y se cierra con la épica “Are Friends Electrik – Logical Nonsense”. Artifakts supone un paso adelante porque el DJ parece descubrir un territorio, el interior, que ya no va a volver a abandonar.

Consumed es una joya. Comienza jugando al despiste con una pieza desnuda, que no da tregua (“Contain”); pero enseguida se adentra en el terreno en el que va a desarrollarse con “Consume”, una canción hipnótica y descriptiva, un tiempo medio tirando a lento que dura 11 minutos pero que no importaría que durara un año entero. La tónica del disco es esta emoción soterrada, sonidos graves pero no agresivos que buscan eco en la cabeza que, al resonar, encuentre nuevos recovecos inexplorados, y no obligar al oyente a bailar (de hecho, si hay que elegir una canción que represente al disco, esa es “Ekko”). Consumed se estructura en torno a pequeños cortes de sonido de transición (“Passage (In)”, “Convulse (Sic)”, “Passage (Out)”), enlazando los temas del disco que desfilan por nuestros oídos con la presencia de una modelo seductora a quien no se puede dejar de mirar: “Cor Ten” es una canción extraña y abstracta, sugerente y turbadora, indescriptible en términos figurativos. “Converge” explora un tema presente ya antes en otros discos de Plastikman: la ansiedad. Pero esta vez no quiere que la experimentes sino que la mires, como el que observa un cuadro de Francis Bacon. “Locomotion” parece acercarse, desde el techno, a la música para aeropuertos de Brian Eno. “Consumed”, que da título al disco, es una canción emocional y melancólica, pero nada maniquea o reflexiva. A mí, personalmente, me encanta: se adentra en un sentimiento como ha de hacerse, sin analizarlo. Y, de paso, es un ejemplo de que con un estilo tan frío como es el techno puede hacerse algo emocionante. “Passage (Out)” cierra el disco.

Cinco años más tarde, en 2003, Plastikman publica Closer. Este fue el primer disco suyo que escuché. Y, como me dijo alguien: “Parece la música que oiría un psicópata”. Closer es oscuro, gris, brumoso y torturado. Pero también es una obra maestra en la que los breves apuntes de luz deslumbran en medio de la negrura, construido a base de texturas auditivas frágiles que, sin embargo, se van cimentando una sobre otras para conformar piezas del calibre de “Mind Encode”, “Slow Poke”, “I No” o “I Don’t Know”. Si es difícil intentar describir una canción de Plastikman conforme se avanza en su discografía, con Closer el asunto comienza a rozar el absurdo. Lo más recomendable es darle al play, tumbarte en la cama, y no tener miedo de la negrura del disco. Sencillamente, durante una hora, dejar que este hombre te coja de la mano y te lleve a... bueno, es complicado saber a dónde quiere llegar. Pero es un sitio que vale la pena conocer, de verdad.

Completan la discografía de Plastikman tres pequeñas obras, Nostalgik, editadas en 2004, 2005 y 2007 respectivamente. Son tres EP’s más “bailables” que los discos de larga duración, y que tal vez funcionen mejor a modo de explicación: después de algo tan contundente y demoledor como Closer, Plastikman sigue buscando. La música electrónica salió de los suburbios, alguna se convirtió en objeto de culto y practicamente toda, al final, acabó por instalarse en el consumo masivo. Actualmente, incluso, se ha pasado de moda, y vuelven a imperar las guitarras. Lo atractivo de la discografía de alguien como Plastikman es que, oída hoy, en pleno 2011, sigue siendo vigente. Y recuerda por qué vale la pena y es lícito hacer música con una máquina.

 

© 2011, Manuel Gay Moreno


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