
de Park Chan-wook
«Aunque no soy mejor que una bestia,
¿no tengo acaso el derecho a vivir?».
Esta frase la encontramos al comienzo y al final de esta excepcional película del surcoreano Park Chan-wook, la segunda de su personal trilogía dedicada a la venganza y, sin lugar a dudas, la mejor y más lograda de las tres. Si en la primera, Sympathy for Mr. Vengeance (2002) la presentación de los personajes consistía en largas y hasta contraproducentes escenas mudas, y en la tercera, Sympathy for lady Vengeance (2005) una cierta pretensión preciosista acababa por desdibujar el resultado final, en cualquier caso, seguía siendo buen cine, en Old Boy la trama, las actuaciones y la dirección consiguen ensamblarse con una prodigiosidad tal que incluso tras un largo periodo después de visionarla se volverá a ella –en conversaciones con otros, o meros recreos mentales– para seguir gozando ese producto que por temporadas suele ser tan y tan escaso: cine de calidad.
Si bien es cierto que el mismo Park Chan-wook ha dicho en algunas entrevistas que en Old Boy, más que de la venganza, se intenta profundizar en la salvación, lo cierto es que a nosotros, sus consumidores, nos llega a resultar casi metafísico mencionar siquiera la redención después de sumergirnos en una película en la cual la paradoja bestial campea a sus anchas. Paradoja bestial, decimos, no tanto por la violencia amarillista existente en la película, sí, y justificada, pero no determinante, sino por la casi desesperante carencia de humana intencionalidad en los actos que, una vez ocurridos, echan a rodar todo el engranaje. Antes de ser medianamente humanos y conscientes, mucho antes de siquiera sentirnos llamados por un supuesto trascendente que nos eleve de nuestra condición de animales superiores, tenemos en la bestialidad nuestro cotidiano ir y venir, el resoplido y la convulsión instintiva antes que la razón que piensa, juzga y pondera los actos a realizar. Queremos ser algo más que animales, pero entre parpadeo y parpadeo nos subyace la bestia: aquel que está en medio del mundo, y vive y actúa y recibe el daño; quien responde al daño causado con la venganza; quien responde a la venganza creando su propia venganza... Humanos, se dirá sin tardar, al fin y al cabo. Sí... Pero es crudo pensar que se llega a la humana facultad de la conciencia sólo a través del daño ejercido y recibido, y que la humana teleología de guiar nuestra vida hacia un fin halle en la venganza su único norte.
La bestia no tiene conciencia de ser bestia, ni medita ni mide sus actos más allá de sus impulsos. Oh Dae-su (el protagonista, extraordinariamente interpretado por Choi Min-sik) se nos presenta en una hilarante escena inicial, ebrio y montando un escándalo de proporciones épicas en una comisaría. En el primer minuto ya nos podemos hacer una idea de la calaña del personaje: un borrachín irresponsable, aún vestido con sus ropas de trabajo, llevando consigo un regalo de cumpleaños para su pequeña hija que ridículamente muestra a los policías... La irresponsabilidad será un elemento de suma importancia en el motivo argumental de la película; irresponsabilidad, digámoslo ya de una vez, no moral, o no necesariamente, sino ontológica: irresponsabilidad de ser, de estar, de actuar y omitir. Irresponsabilidad de haber hecho y deshecho, sin siquiera reparar en lo más mínimo en las consecuencias de nada.
Después de salir de la comisaría, Oh-Dae-su es secuestrado y encerrado en una celda-habitación por la friolera de 15 años. Durante todo ese tiempo, nadie le da una
explicación, ni un cómo ni un por qué está recluido allí. Por una estrecha ranura de la puerta le dan la comida, y por agujeros de la pared lo gasean para dormirlo y curarle las heridas que se auto inflinge. Sólo un televisor lo comunica con el mundo: programas musicales; documentales; noticieros. A falta de alguien que se lo explique, y aún en esa doblemente enajenante realidad de encierro y televisión, logra en una delgada línea de conciencia hallar una explicación, una respuesta al porqué de su pena: evidentemente, lo que le sucede no puede ser gratuito ni circunstancial. Algo debe haber hecho, a alguien debe haber dañado, pues su mediocre vida anterior no admite explicaciones más profundas ni rebuscadas. En su pasado, ahora ya asumido como chato e insustancial, ha de estar la respuesta a su claustrofóbico presente, y la única explicación para que alguien se tome tantas molestias para con él, que no es ni de lejos un líder ni un gran hombre, es la venganza por algún error, por algún dolor o grave perjuicio causado.
En su encierro comienza a escribir, y recurre a su memoria para hacer una lista de todas aquellas personas a las cuales con cierta seguridad, o incluso simple sospecha, ha causado algún daño. Y es aquí donde surge uno de los muchos elementos interesantes de la trama: por mucho que se aplica en su tarea, Oh Dae-su no logra dar con el responsable de su castigo. Y una vez libre, echado fuera de su celda dentro de una maleta que se abre en la azotea de un rascacielos, la lista de sus posibles carceleros se convierte prontamente en papel mojado.
El desarrollo de la película reservará todavía muchas sorpresas. La historia es, dicho sin mayores añadidos, una buena historia. Pero lo que en verdad hace de Old Boy una película maestra no es tanto su historia, sino la narración que el director hace de la misma, y vaya aquí, de pasada, un sablazo para los insufribles apostolillos de «la originalidad». De viejo es sabido que en el cine, y también en la literatura, han existido muy buenas historias o ideas que se han arruinado, simplemente, porque no se han sabido contar bien. Y es aquí donde Park Chan-Wook demuestra su excelencia como director, valiéndose con pericia de los registros que más le sirven para relatar su historia. Y claro, para narrar, cogerá las herramientas que considere más adecuadas, y beberá de distintas fuentes, y usará registros que obviamente ya han sido utilizados por otros. Beberá de la tragedia griega, sí, pero nos relatará su visión transmutada de un Edipo gañán e irresponsable. Se valdrá del registro del cómic, sí, pero conseguirá quizá como en ninguna adaptación del manga realizada en EE. UU, que los personajes rebosen de su condición de seres de carne y huesos, casi palpables, en secuencias híper-realistas que se suceden mientras a la vez casi creeremos ver unos dedos que pasan página en la esquina superior de la pantalla (la escena con el suicida en la azotea; el combate que Oh-Dae-su mantiene con sus antiguos captores, escena que de seguro estará en futuras antologías maestras de planos y secuencias). Quizá por todo esto, además de la cercanía temporal, se suele asociar en algún punto al director y su película con otro mucho más conocido que también ha trabajado el tema de la venganza: Tarantino. Y aquí tendréis que perdonar mi nimiedad y perogrullada, pero sólo me limitaré a decir que Old Boy y Kill Bill son, en la periferia, pero también en el contenido, dos películas distintas…, y poca cosa más. Ni la estética ni la fotografía, ni la historia ni la manera de narrarla son siquiera similares, aún cuando la venganza sea el evidente leitmotiv de las dos. Para empezar, el planteamiento del daño inicial es diametralmente opuesto. Bill va con su pandilla a matar premeditadamente a Beatrix Kiddo, y a partir de allí… Kill Bill! Además, los movimientos de los cuerpos que persiguen la venganza no se valen de los mismos recovecos. Pero, por sobre todo, en la película de Tarantino, cosa que, por lo demás, ocurre menos en Reservoir dogs, y menos aún en Pulp fiction hay buenos y hay malos, cosa que en toda la trilogía de Chan-wook es casi imposible, sino ridículo, de precisar.
© 2010, Daniel Matus
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