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El Impostor

NetherlandJoseph O'Neill

 

Traducción de Susana Rodríguez-Vida

ISBN: 978-84-7669-856-3; 304 páginas

PVP: 21,50 €; El Aleph Editores, Barcelona, 2009

 

 


 

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me intimidan los libros de críticas excelentes, rankings avasalladores y opiniones unánimes. Así que con esa inquietud me «enfrenté» a Netherland, el club de críquet de Nueva York: una de las 10 mejores novelas de 2008 según el New York Times, excelentes críticas por doquier y recomendaciones de Fresán o Siri Hustvedt (la esposa de Paul Auster, el narrador de la Gran Manzana por excelencia); y todo eso por no mencionar que Obama, el mesías de comienzos del siglo XXI, declaró que era su libro favorito. ¿No están de acuerdo conmigo que la cosa da un poquito de vértigo?

Luego uno lee la solapa del libro con la información del autor y todavía se inquieta más: un irlandés criado en Holanda y afincado en Nueva York, casado con la editora que rechazó su segunda novela con la que vive, junto con sus tres hijos, en el mítico hotel Chelsea de Nueva York.

Muchos de los datos biográficos del autor se reflejan en el libro: el protagonista, Hans, es holandés y vive con su mujer, Rachel, y su hijo en el hotel Chelsea.

Los protagonistas son una joven pareja de triunfadores al más puro american way of life pero con un glamouroso toque europeo (beben vino, odian a Bush y están en contra de la guerra de Iraq…) que les hace estar, sobre todo a ella, moralmente por encima de sus vecinos.

El 11S es la excusa que utiliza Rachel para volver a Londres y dejar que Hans se las apañe en una ciudad sumida en el caos y la tristeza. Y Hans encuentra en el críquet, un deporte que practicaba de pequeño, su tabla de salvación. En el críquet y en Chuck Ramkissoon, un personaje peculiar, a caballo entre un mafioso y un predicador iluminado. A partir de ahí la amistad entre los dos hombres se desarrollará con una absoluta lealtad, pero también con una gran desconfianza.

Toda la novela es un estupendo monólogo interior en el que Hans tiene un discurso a veces coherente, a veces delirante, como lo son los diálogos de cualquiera consigo mismo. Hay acelerones, incisos de páginas sobre la infancia, la madre, el padre ausente, saltos en el tiempo, recuerdos entremezclados. Un auténtico alarde narrativo en el que O’Neill consigue mantener la atención del lector y, lo más importante en una novela tan aparentemente caótica, el hilo conductor.

Sin embargo, lo mejor de Netherland es esa desesperada y certera descripción de la soledad y de la incomunicación. Para ello, Nueva York es el escenario perfecto. Son fantásticos los personajes que deambulan por el hotel (inolvidable el ángel de alas raídas, como un ángel caído esperando la redención) y por el barrio; un barrio de ciegos (Hans descubre que hay cerca una especie de ONCE) que son la metáfora perfecta de la sociedad estadounidense, por lo menos tal como la entendemos en Europa. A una servidora, sin lugar a dudas, le inquieta más la terrible soledad a la que están abocados los personajes que las supuestas armas de destrucción masivas por las que George Bush decidió invadir al pueblo iraquí.

Joseph O’Neill es capaz de ponerse al lado de Paul Auster como narrador oficial de la cotidianidad neoyorquina. Tal vez su visión es más europea, más alejada. Resumiendo: menos trillada.

Por lo demás, excelente elección para las frías tardes de enero. No se la pierdan. A veces los rankings, las críticas y Obama aciertan.

 

Joseph O'Neill

 

© 2009, Judith Pérez

info@elimpostor.com

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