
de Lucrecia Martel
«El cine que a mí me gusta transitar —como espectadora y directora— es el de la ambigüedad, que no genera nada radical, que no va a cambiar el mundo, pero que al menos propone un territorio menos seguro. Política y vitalmente no hay nada tan peligroso como creer que hay un lugar hecho, dado, y que es inamovible».
Son palabras de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) aparecidas en el diario El País en mayo de 2007 en un artículo que Raquel Garzón dedicó a la cineasta y que llevaba por título «Elogio del cine ambiguo».
Acercarse al fascinante universo de Lucrecia Martel tiene, pues, sus riesgos. Y si algo caracteriza su misterioso y personalísimo cine es esa admirable ambigüedad que lo inunda todo y que en parte lo hace único, valiente, a veces incómodo, a veces aterrador, siempre sugerente.
Objeto de apasionadas disputas por parte de la crítica, que la ama y la odia a partes iguales, el abucheo de parte de la sala en la presentación de La mujer sin cabeza en la sección oficial del Festival de Cannes de 2008 es una buena muestra de ello, Lucrecia Martel es una de las voces más personales e interesantes del panorama cinematográfico actual. Con tan solo tres películas filmadas en su Salta natal, La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), que en España se estrenó incomprensiblemente bajo el título de La mujer rubia, la cineasta argentina ha sido capaz de crear y consolidar un estilo y un universo propios. Sencillamente, la obra de Lucrecia Martel es única y auténtica, y eso, en los tiempos que corren, es cuando menos digno de alabanza y una muy buena noticia para el cine como manifestación artística.
Sus tres películas realizadas hasta la fecha, filmadas con una técnica sobresaliente y una capacidad verdaderamente extraordinaria para sugerir sin mostrar, como dijo el propio Pedro Almodóvar, que desde su productora El Deseo ha coproducido sus dos últimas películas, funcionan como una especie de trilogía sobre los usos y costumbres, también sobre los anhelos y los deseos reprimidos, de la clase media-alta de provincias argentina, una clase privilegiada acostumbrada a que la sirvan y a la impunidad.
Con esta trilogía de la alta burguesía salteña, en la que sus personajes femeninos juegan siempre un papel preponderante, una especie de fresco hiperrealista, muy personal, en el que retrato y narración, lo subjetivo y lo real, lo sensorial y lo material, lo extraordinario y lo cotidiano, se funden y se confunden, Martel ha sido capaz de crear y consolidar un universo y un estilo únicos e intransferibles.
De atmósfera siempre inquietante, opresiva, viciada, cercana no pocas veces al género fantástico y de terror, el tratamiento del sonido hace mucho en este sentido, aunque sin traspasar nunca la frontera de lo real, la capacidad para recrear ambientes y describir estados mentales de la autora argentina es extraordinaria. Su mirada, de una precisión sorprendente, su sensualidad, la utilización del fuera de campo, esa extraña capacidad para hacer convivir lo interior en lo exterior, lo inconfesable y lo no verbalizable en el fresco casi costumbrista, el particularísimo acercamiento a sus personajes, en especial a las mujeres en torno a las cuales giran sus relatos, hacen de la trayectoria de Lucrecia Martel una de las más apasionantes e inspiradoras no ya de Argentina y de Latinoamérica sino de todo el mundo.
La mujer sin cabeza (La mujer rubia), producida como sus anteriores películas por Lita Stantic y fotografiada espléndidamente por la uruguaya Bárbara Álvarez (25 Watts, Whisky, Acné) cuenta la historia de Vero, una dentista de mediada edad, magistralmente interpretada por María Onetto, que sufre un accidente de circulación en el que cree haber atropellado algo o a alguien y que hará tambalearse durante los días sucesivos los pilares sobre los que se sustenta su propia existencia. Enigmática, turbia y angustiosa, la primera parte de la película contrasta sutil pero violentamente con una segunda parte en la que Vero y su entorno encubren y aceptan con frialdad lo sucedido.
El final, como en las anteriores películas de Martel, es ambiguo, de un acentuado cinismo e ironía, un final que incita a la reflexión del espectador y que esconde una metáfora sobre la actitud cómplice de las clases acomodadas en los tiempos de la dictadura argentina.
Fría y sutil, de una ambigüedad a veces desesperante, retrato casi obsesivo ―física y mentalmente— de su protagonista, La mujer sin cabeza es una película apasionante, fascinante, sugerente y evocadora, inclasificable.
Si no la han visto véanla, a ser posible en una sala de cine, está rodada en un scope maravilloso, no les dejará indiferentes.
© 2010, Carlos Ceacero
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