
de James Gray

Para el que escribe estas líneas, que no debe ser persona demasiado fiable, la hermosa, conmovedora, insólita Two Lovers de James Gray ha sido uno de los acontecimientos cinematográficos más importantes del último año. Lamentablemente, ha habido algún intento frustrado, sigue sin fecha definitiva de estreno en España.
Presentada en la selección oficial del Festival de Cannes de 2008 con buena acogida de crítica y público y excepción hecha de Francia, donde el cineasta cuenta con toda una legión de adeptos, Two Lovers ha pasado, sin embargo, prácticamente desapercibida en Estados Unidos y en la mayoría de los países en los que ha sido estrenada.
El caso es que ni el éxito de su anterior película, la aún reciente y controvertida La noche es nuestra (We Own the Night, 2007), ni el haber sido vendida como la última película de Joaquín Phoenix, que hace unos meses anunció su retirada del cine para dedicarse a la música, una divertida excentricidad del que se ha acabado convirtiendo en el mejor actor norteamericano de su generación, parecen haberla ayudado demasiado. Ésta es, a fin de cuentas, la cruda e inquietante realidad.
A mí, como les decía, me sigue pareciendo una de las películas más interesantes y fascinantes del último año. También me lo parece la trayectoria de su autor que, con solo cuatro películas en los últimos 15 años, es una de las realidades más apasionantes e inspiradoras del nuevo cine norteamericano.
Amado y denostado a partes iguales, la trayectoria del director neoyorquino de origen ruso, que ha situado, hasta la fecha, todas sus películas en Nueva York, nunca ha sido demasiado fácil. Su perseverancia, su honestidad y coherencia, su exigencia y perfeccionismo, su apuesta por un cine personal de clara vocación popular más allá de las modas del momento, siempre a contracorriente, es, o debería ser, un ejemplo para cualquier cineasta.
Perteneciente a la generación de directores norteamericanos que se inició a mediados de los años noventa (en la que también se encuentran nombres como Paul Thomas Anderson, Wes Anderson o Spike Jonze), James Gray debutó en 1994 con tan sólo 25 años con la poderosa y fatalista Little Odessa (Cuestión de sangre), león de plata en el Festival de Venecia, un thriller mafioso inspirado en el cine de los setenta y de ecos shakesperianos, que contaba la historia de dos hermanos (Tim Roth y Edward Furlong) en el barrio ruso de Nueva York. La película le abrió las puertas de los grandes estudios de Hollywood y el «anti-Tarantino», como empezó a ser conocido Gray, acabó devorado por la Miramax y los hermanos Weinstein que desarrollarían, por decir algo, su siguiente proyecto, The Yards (La otra cara del crimen), un nuevo thriller neoyorquino, bastante a contracorriente para la época, con claras reminiscencias a la saga de El Padrino y con un reparto de grandes estrellas de Hollywood. The Yards se acabaría convirtiendo en una terrible pesadilla para su director, que rodó la película en 1998 y que no lograría estrenarla, tuvo que invertir dinero propio para terminarla, hasta el año 2000 y con la todopoderosa Miramax, a la que al parecer no le había gustado la película, haciendo mucho por boicotear su lanzamiento.
Tras el fracaso económico, que no crítico, de la operística The Yards, que sigue siendo una película admirable y que supuso la primera colaboración entre el director y Joaquín Phoenix, a James Gray le costó muchos años levantar su siguiente proyecto.
Todo el mundo parecía haberse olvidado ya de él, cuando surgió la posibilidad de desarrollar una nueva película en la que la única exigencia de la producción era que tenía que haber una persecución automovilística. Así nació la oscura y ambigua We Own the Night (La noche es nuestra, 2007), un thriller realista maravillosamente ambientado en el Nueva York de los años 80, que supuso la vuelta de James Gray a la pasarela internacional y que se estrenaría, con bastante éxito, en la selección oficial del Festival de Cannes de 2007.
Después de tres acercamientos de extraordinaria coherencia personal al film noir, en los que el conflicto interno de los personajes, cristalizado en tormentosas y oscuras relaciones familiares, siempre ocupa el lugar predominante, voluntariamente deudores y herederos de un cine de décadas pasadas, atemporal, fuera de las modas imperantes, norteamericano (Coppola, Scorsese, Friedkin —uno de los mentores del realizador—) pero también europeo (Renoir, Fellini, Visconti) parecía que había llegado el momento de hacer algo nuevo.
Por primera vez, Gray podía rodar con cierta continuidad y en este contexto apareció la sorprendente y fascinante Two Lovers. Adaptación libre de Noches blancas de Dostoyevski, deudora también en parte de la versión que realizó Luchino Visconti en 1957, Two Lovers es un drama sentimental (género mucho menos transitado de lo que en un principio pudiera parecer) de extraordinaria sencillez en su apariencia pero profunda complejidad. Oscura y desmitificadora, frágil y delicada, triste y desencantada, ambigua y aterradora, bellísima, resulta muy difícil reducirla a cuatro frases huecas.
Two Lovers, ambientada en un Nueva York contemporáneo de tonos fríos y enfermizos, en el que Brooklyn y Manhattan funcionan como auténticos personajes dentro la narración, cuenta la historia de Leonard Kraditor (Joaquín Phoenix), un joven atormentado y bipolar, enamorado platónicamente de su vecina Michelle (Gwyneth Paltrow), a la que ve como la última posibilidad para escapar a un destino familiar asfixiante: continuar el negocio familiar e iniciar una relación con Sandra (Vinessa Shaw) la hija de unos amigos de sus padres propietarios de un negocio similar. Pero en el universo de James Gray, como en las tragedias antiguas, la familia es un destino contra el que resulta casi imposible rebelarse.

Un cuento cruel y conmovedor, una película sobre la verdadera naturaleza del amor, con un Joaquín Phoenix en la cumbre de su arte. Una película que tuve la fortuna de ver a finales de 2008 en París, pocos días después de la inolvidable
Master Class que James Gray impartió en el Forum des Images un lugar muy especial que les recomiendo y que le hace a uno reconciliarse con el mundo.
© 2009, Carlos Ceacero
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