
Nos encontramos ante una rara joya: la unión de Chet Baker y Bruce Weber en un documental histórico, Let´s get lost (1988), que se estrenó el pasado septiembre en España, en La Casa Encendida (Madrid) con la presencia del director de barba canosa y gorro de colores.
Chet Baker, nacido Chesney Henry Baker, en Yale, Oklahoma (EE UU), en 1929, heredó la pasión por la música de su padre. Éste, explica Baker en Let´s get lost, tuvo que abandonar la música tras el crack del 29, ya nadie tenía dinero para ir a los bailes. Un trombón, que le regaló, fue el primer instrumento que cayó en las manos del joven Chet. Su embocadura no era la más adecuada, era demasiado grande para él, y además, por aquel entonces, no tenía tan desarrolladas sus marcadas mandíbulas, por lo que rápidamente lo cambió por la trompeta. A su madre se le congela el rostro cuando Bruce Weber, fotógrafo y director del documental, le pregunta si su famoso hijo le ha defraudado como tal, para acabar admitiendo que sí.
Chet Baker era una persona perdida, tal y como nos lo enseña Bruce Weber, quien nos invita a ser testigos de conversaciones, paseos, en donde Chet no cesa de preguntar(se): “¿Dónde estoy?”; no deja de ser irónico que el título del documental y de uno de los temas más míticos de Baker sea "Let´s get lost", perdámonos.
Siendo muy joven se alista en el Ejército, y allí comienza a tocar en la banda de la Armada. Escuchar a Dizzy Gillespie en la radio del Ejército cambiaría su forma de entender la música. El Ejército, recuerda Chet, le licenciaría con la frase “No compatible con la vida militar”. En 1950, acude en incontables ocasiones a las jam sessions del Bop City y del Blackhawk en San Francisco, y es entonces cuando toca junto a los dos saxos altos Paul Desmond y Charlie Parker, quien lo contrata tras escucharlo en una audición entre más de 50 músicos. En cuanto escuchó a Chet suspendió inmediatamente la selección. Había encontrado a un genio, a un igual.
Se traslada a Los Ángeles y allí participa en las grabaciones en vivo de Pacific Jazz junto a Gerry Mulligan. Su popularidad crece en el circuito, así como en las influyentes revistas de jazz Downbeat y la desaparecida Metronome. El fotógrafo William Claxton le descubre, “fotográficamente hablando”, en esta época en la que la imagen de Chet, con su gesto duro y atractivo, aún conserva un aire juvenil y ya posee ese halo de misterio fatal que tendrá siempre.

En 1953, su cuarteto hace la gira europea más larga de un grupo de jazz americano hasta el momento, pero pronto llegarían los problemas. En aquella gira su pianista muere a causa de las drogas y, en 1959, Baker es detenido por posesión de heroína. A final de este año comienza otra gira por Europa y probablemente empieza también su etapa personal más sombría, con una espiral de hospitalizaciones y detenciones. Hasta que en 1964, lo deportan de Alemania a Estados Unidos y se cambia al fliscornio, ya que le habían robado su trompeta. Su carrera también se resiente y se llena de altibajos; sus grabaciones de final de los sesenta para Pacific Jazz y Verve son poco afortunadas y tienen poca repercusión en el público.
En esos años Chet vive entre Nueva York y Los Ángeles, aunque es en San Francisco donde unos matones le dan una brutal paliza y le dejan sin dientes. A partir de ahí deja de tocar y empieza a desengancharse con metadona. Baker admite que le costó 6 meses volver a tocar. Definitivamente, en 1974, vuelve a tocar y a grabar, demostrando mayor rotundidad y autoridad; poco después regresa a Europa en formaciones de cuarteto, trío y dúo y tanto con la trompeta como con su voz, no deja a nadie indiferente derrochando belleza, pasión, emoción e intimismo. Pero todo acabaría demasiado pronto, cuando en el mes de mayo de 1988, Chet se arroja por la ventana de la habitación de su hotel en Amsterdam. El mundo del jazz y la música en general se quedan huérfanos.
Cercano a Miles Davis en delicadeza, melancolía, originalidad, Chet Baker es pura sensibilidad. Se le asocia con el jazz de la Costa Oeste, pero su swing recuerda más al bebop de finales de los 40 que se hacía en Nueva York. Cuando vuelve de Europa se percibe un cambio de concepto y de estilo, tanto en su técnica como en sus ideas, y su música adquiere mayor emotividad. Su tempo se vuelve más relajado, suave y profundo.
La grabación del tema Almost Blue (Let´s get lost, RCA, 1987) entre París y Hollywood recoge toda la esencia de Baker, la del cantante exquisito, tímido, osado y muy sensible, la del instrumentista colosal, con sus tresillos recogidos y delicados, su tiempo de plomo, su sentido melódico, su swing inimitable, la emoción de sus solos… Todo esto hace que su música sea de una belleza absoluta, extraordinaria, llena de humanidad. En definitiva, algo que nadie debería dejar de escuchar. La discografía de Chet Baker es afortunadamente muy extensa, su último disco Straight from the heart, The great last concert (Enja Records,1988) grabado en vivo con la Radio Orchestra de Hannover es una elegante despedida, que se cierra con My funny Valentine, quizá su tema más emblemático. En este concierto, editado en dos volúmenes, Chet se despedía, dos semanas antes de su muerte. Straight form the heart es Chet Baker, siempre directo desde el corazón.
Gracias a William Claxton y sus primeras fotografías, que fueron usadas para incontables portadas de los discos de Baker, recordamos a Baker como un chico misterioso y melancólico, pero es gracias al documental de Bruce Weber, y su perfecta fotografía en blanco y negro con textura granulada, obra de Jeff Preiss, donde descubrimos al auténtico Chet Baker, el que está siempre buscando su mechero, dando caladas al cigarro como si fuera el último, el que recita emocionado canciones en voz baja, como si revelara un secreto pequeño y hermoso. Probablemente era eso lo que hacía. En Let´s get lost vemos a Chet Baker reverenciado en el estudio de grabación, respetado con sabiduría y silencio (entre otros por un jovencito Chris Isaak), como se asiste a la presencia de algo histórico, único. El mundo exterior era otra cosa, él era el Jazz.
Puede que defraudara, como persona, a su madre, a los que le quisieron, pero también dejó para la historia de la música algunas de las obras de arte por la que merece la pena estar vivo.
Gracias Bruce Weber, gracias Chet Baker.
Más información sobre Chet Baker en www.chetbaker.net
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© 2009, Javier del Rosal y Aitor Aguirre
© Fotografía de Chet Baker de William Claxton
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