Sid (Chris Evans) recibe una llamada telefónica en la que le dan una noticia que no le gusta demasiado y, fuera de sí, la emprende a golpes con parte del mobiliario de su apartamento. Viste de un modo informal e, incluso, marginal, pero su piso no es pequeño y, probablemente, esté situado en una buena zona de Manhattan. Sid es, o un niñato, o alguien incapaz de expresar con civismo sus sentimientos. Tras el arrebato, el chico acude a un bar donde trabaja Mallory (Joy Bryant), una atractiva joven que le confirma lo que le han dicho por teléfono: London (Jessica Biel) se va de la ciudad y, esa noche, es su fiesta de despedida. London y Sid fueron novios, así que él se decide a presentarse en la fiesta, a pesar de no estar invitado...
...Pero, antes, ha quedado con Bateman (Jason Statham) para comprarle cocaína. No es su camello habitual. Bateman no quiere llevar a cabo la venta en los baños del bar, le parece que sería «muy sórdido», así que lo hacen en el coche de Sid. Allí, le confiesa que él no es traficante, sino un «banquero, agente de cambio, operador de moneda extranjera..., sólo un comprador». Este detalle parece gustarle a Sid, que le convence para que le acompañe a la fiesta de despedida de London.
Esta búsqueda de un nuevo punto de vista, de un poco de pureza; de, a fin de cuentas, una especie de ventana que proporcione un poco de aire en una situación viciada, se convertirá en una constante en London (2005), primer y único, hasta la fecha, largometraje de ficción de Hunter Richards.
En cuanto llegan al edificio donde vive Becca (Isla Fisher), la amiga de London que le ha preparado la fiesta, las cosas vuelven a su cauce; o sea, al ambiente asfixiante del que ninguno de los personajes parece poder huir. Sid y Bateman se encuentran en el ascensor con Maya (Kelli Garner), una jovencita desequilibrada. Sid y ella no parecen del mismo ambiente, aunque lo han sido todo el tiempo que él ha estado saliendo con London. De hecho, Sid le trata de un modo bastante condescendiente, lo mismo que a Becca, la dueña del loft donde tiene lugar la fiesta: sólo se soportan porque tenían a London en común.
Sid y Bateman son de los primeros en llegar, y no son bienvenidos, así que se agencian una botella y se atrincheran en el cuarto de baño, en la planta superior. Allí, el chico comienza a sincerarse: estuvo saliendo con London dos años y medio, lo dejaron hace seis meses y aún no la ha olvidado. Además, sabe que ella se va a vivir a otra ciudad con su nuevo novio, y esto le saca de quicio. Sid aparece ante nosotros como alguien capaz de expresar con palabras complejos conceptos abstractos y seguir elevadas conversaciones, pero incapaz de verbalizar un sentimiento: en uno de los flashbacks que muestran cómo era su relación con London, ella le pide que le diga «te quiero» y él se niega. London le espeta: «Para eso sirven las palabras. Si no las tuviéramos, aún viviríamos en cuevas». Quizás, toda la película muestra el conflicto dialéctico en el que andan sumidos sus dos personajes masculinos, Sid y Bateman. Si el primero no sabe expresarse sentimentalmente, el segundo no sabe hacerlo sexualmente: en otro momento, Bateman confiesa: «Si contáramos una décima parte de lo que pensamos, nunca echaríamos un polvo».
Así, cada uno de ellos ha buscado una manera de escapar de esa prisión que son las palabras, llenas de prejuicios, cargadas de significados para quien las escucha. Sid se ha decantado por las drogas: con ellas, puede llegar a la comprensión de conceptos cada vez más elevados..., alejándose, sin embargo, de sus sentimientos. Y Bateman lo ha hecho por «un hobbie caro, tanto mental como económicamente»: prostíbulos de lujo donde se pueden llevar a cabo prácticas como la coprofilia, sadomasoquismo, infantilismo o urofilia. La reacción de Sid ante tal revelación es la que se espera de alguien obsesionado por el conocimiento racional: «¿Cuál es la conversación que lleva a una chica a mearte en la boca?» Bateman busca con esto, sin embargo, algo emocional: el subidón, paradójico término que suele describir un vaciarse, una descarga de energía, antes que un incremento de algo. Ambos hombres son dos tipos inteligentes, capaces de comprender lo más elevado de la vida, a la par que se les escapa de las manos lo más inmediato, sensible y esencial.
Una de las peleas entre Sid y London, de la que somos testigos a través de un flashback, gira en torno a la existencia de Dios. Él, por supuesto, no cree, y ella le replica con una afirmación rotunda y difícilmente refutable: «Hubo una época en la que no sabíamos que el mundo era redondo o que existía el átomo... Puede que llegue un momento en que tengamos la tecnología para observar a Dios, o lo que sea que nos haya creado». A lo que Sid responde, con igualdad de contundencia: «Te da pánico cuestionar la autoridad», entendiendo por autoridad la parte de conocimientos que le han inculcado siendo niña y que London nunca ha puesto en tela de juicio. Es uno de esos momentos mágicos, y en esta película hay varios, en los que se retrata, con crueldad y verismo, el enfrentamiento sin salida, cada uno con su razón, que se produce, se quiera o no se quiera, en una pareja. Todo el esfuerzo en la construcción de los personajes y en la escritura de los —en la mayoría de las veces— certeros diálogos, parece estar dirigido en este sentido: el terrible momento del deterioro de una relación.
Una vez perdido el respeto en la intimidad, se entra en un terreno destructivo y salvaje: los miembros de una pareja pueden llegar a echarse en cara cosas terribles; Bateman cuenta cómo a su ex-mujer «sólo era capaz de decirle las cosas más asquerosas». Llegada la conversación, por fin, a este nivel de confesión, de sucia sinceridad entre ambos, sólo quedan dos asuntos por resolver: uno, que Sid se decida a bajar a la fiesta y encontrarse con London. Y dos, que Bateman sea honesto y explique el por qué de su contradictorio carácter, que huye de lo sórdido por un lado, pero lo busca por otro. Ambas expectativas se verán cumplidas.
El tramo final de London, contra todo pronóstico, se mueve en un terreno luminoso, casi «transparente». La música cambia, el ambiente se relaja y las conversaciones pierden tensión y se vuelven directas, concisas y básicas; prácticamente, desprovistas de palabras, suponiendo que eso sea posible en una conversación. Y hay una hermosa e interesante frase a escasos minutos del final: cuando Sid y Bateman se despiden, el primero le dice al segundo: «La mejor conversación es la que se tiene con un extraño». Y, desde la óptica que ha planteado la película, es completamente cierto: tu entorno habitual está contaminado de información, sabe demasiado de ti, y las palabras no son recibidas por sus oídos de un modo neutro. Sólo un oído virgen es capaz de no juzgar lo que dices ni para bien ni para mal.
Demos un salto. La mejor conversación es la que se tiene con un extraño. Estamos en Nueva York, ciudad con más de ocho millones de habitantes. Ocho millones de extraños. Quizás, en un sitio más pequeño es impensable hablar con un desconocido. Recuerdo que, cuando me vine a vivir a Madrid, con más de tres millones de habitantes, mi madre me confesó que, cuando era estudiante, le encantaba ver películas tipo Ópera Prima, de Fernando Trueba, rodada en la capital. ¿El motivo? Veía en ellas reflejadas unas relaciones entre los personajes que nada tenían que ver con las que conocía y sucedían a su alrededor. Supongo que las grandes urbes, y Nueva York siempre será la Gran Ciudad, imponen sus reglas. Así que, aunque a veces se nos diga lo contrario, no hay que tener miedo de hablar con extraños. Para dos personas como Sid y Bateman es una experiencia hasta terapéutica.