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En Grand Central Station me senté y lloré
Traducción de Laura Freixas
ISBN: 978-84-92865-00-0; 160 páginas; PVP: 17,50 €
Periférica, Cáceres, 2009
Hay ocasiones en que El Impostor se queda sin palabras. No se trata sólo de las excelentes y merecidas críticas que ya ha recibido la novela En Grand Central Station me senté y lloré (¿qué podría añadir a lo que ya han dicho sobre ella Cyril Conolly, Michael Ondaatje, Enrique Vila-Matas o Ricardo Menéndez Salmón, entre otros?): este impostor, al que, como a cualquiera, se le pueden presuponer varias grietas en el alma y un par de no-amores que duelen como miembros fantasma, no puede dejar de admirar la precisión y el desgarro con que la autora canadiense Elizabeth Smart ha sido capaz de articular lo inefable. «El amor es cuando es imposible expresar.../ cuando con la mera respiración/se expande en nosotros un desierto./ Cuando se desea no respirar.», resonaron en mi cabeza los versos de Oldřich Mikulášek. Viejo amigo, siento anunciar que te has equivocado, empezando por tu propio poema y acabando con Miss Smart: es posible; con todas sus contradicciones, es posible.
Dejaremos a un lado la indudable carga autobiográfica del libro y el morbo que pueda despertar la relación de la autora con el poeta George Barker (atención, avezados editores, permanece inédita su versión acerca de este affaire: The Dead Seagull), porque nos encontramos ante algo más que literatura confesional, algo más que un triángulo amoroso, algo más que páginas emborronadas de lamentos y lágrimas de una amante despechada. «El amor es cuando caminas hacia la desgracia/con tanta certeza como con certeza crujen tus zapatos.», dice Mikulášek, y así lo escribe Elizabeth Smart, creando una atmósfera obsesiva que nos sume en una espiral paradójica en la que el amor es, simultáneamente, una fuerza creadora y destructiva, felicidad y dolor, esperanza y desesperación, éxtasis espiritual y pasión carnal, entrega y egoísmo desmesurados. A través de una prosa poética en la que alma y sangre están estrechamente relacionadas (no hemos podido evitar recordar a Anne Sexton), nos sumergimos en la lógica interna de la narradora, en la que carecen de importancia cuestiones para ella secundarias, como los nombres de los protagonistas, los grandes acontecimientos de la época o las convenciones sociales. Se trata de un amor (sí, amor: semejante desfachatez) que planea insolente sobre las casas unifamiliares, las familias modélicas, los clubes de campo, el sueño americano, las sonrisas de los anuncios e incluso la guerra; un amor abismado, de dimensiones arquetípicas, que sin embargo se arrastra por hoteles baratos y cafés en los que no nos extrañaría encontrar a los personajes solitarios de Edward Hopper o a los perdedores retratados por Lisette Model.
Excesivo. Puede ser; pero es innegable la maestría de Smart para crear un paisaje emocional compuesto de imágenes tan contundentes como sugestivas y para describir una orografía escarpada de cimas y abismos del alma mediante una sintaxis convulsa y fragmentaria. Pronóstico meteorológico de la zona: cumbres borrascosas. No en vano la novela es también un mapa del genoma literario de la autora, con referencias que van desde las imágenes bíblicas (véase el título) y mitológicas hasta el propio George Barker, pasando por las tragedias (claro está) de Shakespeare o Marlowe, la poesía de Milton (no podía faltar un autor que sabe de paraísos perdidos), la obra de Blake (quién mejor para hablar del matrimonio entre el cielo y el infierno), Brönte, Rilke, Auden y otros muchos. Excepcional en este sentido el trabajo de traducción e investigación de Laura Freixas, como excepcional es esta apuesta de Periférica por su riesgo e intensidad. Ojalá siga explorando parajes literarios tan insólitos como el de Elizabeth Smart en sus viajes de largo recorrido.

© 2009, Patricia Gonzalo de Jesús
© Fotografía de la autora, John Deakin
info@elimpostor.com
 
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