
Wisława Szymborska

Traducción de Manel Bellmunt Serrano
ISBN: 978-84-937348-4-8; 256 páginas; PVP: 22 €
Alfabia, Barcelona, 2009
Confieso mi volubilidad. Después de ver y escuchar a Esther Tusquets en conversación con Ana María Moix en el Festival Eñe, y hasta hace poco, quería convertirme con los años en una vieja dama indigna con unas memorias que, si bien no llegarían a la suela del zapato a las de la antes mencionada, resultaran medianamente interesantes. Hasta hace poco... Concretamente hasta que llegó a mis manos el libro Lecturas no obligatorias, de la que ya conocerán como una de las debilidades de El Impostor: la poeta polaca y Premio Nobel (1996) Wisława Szymborska. A partir de ese momento (digamos, a ojo de buen cubero y por poner un nuevo hito en mi creciente desequilibrio mental, al pasar la página 36), caí presa de la tentación fáustica, y estoy dispuesta a vender mi alma al Señor de las Tinieblas a cambio de escribir sobre libros como lo hace Szymborska. Si alguien tiene el número de la extensión del tercer círculo del Infierno, que es el negociado que corresponde a los envidiosos recalcitrantes como yo, por favor, que nos lo comunique cuanto antes.
Aunque suene difuso, hemos dicho bien: escribir sobre libros. La palabra reseña destila un academicismo que resulta en esencia anti-szymborskiano. La propia autora, en el breve prólogo que acompaña a estas también breves columnas de Lecturas no obligatorias, aparecidas originariamente en publicaciones como Życie Literackie o Gazeta Wyborcza, nos avisa: «(...) en realidad soy y quiero continuar siendo una lectora amateur sobre la cual no recaiga el apremiante peso de la constante evaluación. (...) Quien se empecine en que son reseñas se llevará un desengaño». Szymborska se aproxima a la lectura con la misma independencia de criterio, curiosidad y escepticismo con los que observa el mundo: para ella no hay autor menor ni libro intrascendente, del mismo modo que no hay obra «indispensable» ni autor de renombre que no sean susceptibles de ser desmitificados con ironía (la imagen de Czesław Miłosz comiendo chuletas de cerdo con chucrut es impagable). Por el título de su columna deducimos que sabe, como Daniel Pennac, que «el verbo "leer" no soporta el imperativo; aversión que comparte con otros verbos: el verbo "amar"..., el verbo "soñar"...». Que igual que uno no siempre puede explicar sus afinidades electivas mediante un razonamiento lógico, nuestro yo lector no siempre se enamora de aquello que se supone que debe ser leído, y mucho menos lo interpreta como se supone que debe ser interpretado, pese a quien pese: a la crítica, a los teóricos literarios o a los hacedores de cánones. Y, qué demonios, la verdad es que en muchas ocasiones esta impostora también prefiere el abigarrado y liberador caos de perversiones y desviaciones lectoras que conforman nuestra mente y nuestra alma al organizado negro sobre blanco (doble espacio y márgenes estándar) de las listas de lecturas obligatorias.
Con el estilo incisivo y sin pretensiones que caracteriza a la poeta polaca, desfilan ante nuestros ojos obras millones de veces estudiadas y desmenuzadas, esta vez analizadas desde el original punto de vista de Szymborska, pero también aquéllas no valoradas, no discutidas y no recomendadas: un collage de gustos e intereses eclécticos en el que tienen cabida tratados de horticultura, diarios como los de Samuel Pepys o Thomas Mann, biografías como la de Julio Verne, manuales de bricolaje, empapelado de paredes, grafología, abrazos (¡¿?!), autoayuda, arte floral y buenas maneras, bestiarios, terrarios de reptiles, neurosis canina, aves domésticas y silvestres, paramecios y vida extraterrestre, científicos que se tragan sin inmutarse una dosis de bacilos de Koch, paleontólogos al borde de un ataque de nervios, el teorema de Fermat, hipotéticos ideogramas chinos, nudos corporales yóguicos, cazas de brujas, atentados, las costumbres higiénicas de Montaigne, el amor ciego de la atribulada esposa de Dostoievskii... Cualquiera de estos temas sirve a la autora como pretexto para todo tipo de valoraciones (más o menos cercanas a cuestiones literarias según el caso), porque su mirada, aparentemente ingenua, le impide dejar de sorprenderse ante las verdades generalmente aceptadas.
No faltan tampoco reflexiones sobre asuntos que son ya una constante en su poesía: la música (desde las divas de la ópera hasta Ella Fitzgerald o Louis Armstrong), el arte (su admirado Vermeer), la literatura (no se pierdan su interpretación del Poema del Cid, los cuentos de hadas de Andersen, la novela gótica o La invasión de las salamandras de Karel Čapek), la traducción, los límites del lenguaje, y, por supuesto, la propia poesía. Sin embargo, puestos a escoger, me quedo con las refinadas torturas de Cien minutos para la belleza, la mente preclara que ideó Los cien mayores tiranos, el utilísimo Cómo esconder en el trabajo lo que sentimos y aparentar lo que deberíamos sentir, y, sin lugar a dudas, mi preferido: Accidentes domésticos, que culmina en una apoteosis apocalíptica con un capítulo titulado «Modo de proceder en caso de heridas masivas (un cataclismo o un ataque atómico)». En El Impostor somos grandes aficionados este tipo de joyas literarias, qué le vamos a hacer...
Para todos aquéllos a los que, como a Szymborska, nos fascina descubrir lo insólito disfrazado de lo cotidiano y acumular
saberes innecesarios («¿Y porque, después de todo, ¿acaso puede alguien saber qué será necesario y qué no lo será?»); para los que, como ella, sabemos que el humor y la seriedad «son algo así como Epi y Blas, pero en formato cósmico» y hemos elegido las insistentes preguntas de Epi y la sonrisa irónica de Wisława, Alfabia ha editado un gran libro sobre libros (y no sólo acerca de eso...) que el gremio debería acoger con una ovación en estos momentos de crisis e incertidumbre. ¿Las razones? Sencillamente porque justifica la existencia de otros muchos libros en medio del marasmo de superproducción editorial: puede que sean prescindibles, sí, y sin duda son absurdos, pero algunos libros merecen ser publicados tan sólo para ser
reseñados (ustedes me disculparán la licencia) por Wisława Szymborska
© 2010, Patricia Gonzalo de Jesús
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