
Aleksandar Hemon

Traducción de Rita Da Costa
ISBN: 978 84 92723 010
368 páginas; PVP: 18 €
Duomo Ediciones, Barcelona, 2009
Me gustan las viejas cajas de música con extrañas melodías distorsionadas, las fotografías antiguas con dedicatoria olvidadas en el fondo de cajas de zapatos, los calcetines y guantes desparejados, las maletas de cartón sin dueño, las pajareras sin pájaro y en general todo tipo de cosas superfluas y desconcertantes. Con estos antecedentes supongo que no les parecerá demasiado estrafalario que les declare además mi amor por los márgenes. No se trata sólo de que me guste flotar en ese extraño vacío que está dentro y fuera a la vez: dentro del libro y fuera del texto. Siempre me han angustiado esas ediciones con márgenes misérrimos que tienen al lector en vilo, pendiente de si la próxima s de plural o la siguiente preposición al final de una línea deciden poner fin a su oprimida existencia y precipitarse por el canto del libro hacia el vacío. No, no se trata sólo de eso: el lector atento sabe, aunque sea de modo inconsciente, que en esas ediciones falta algo esencial, aunque su esencia sea la nada en contraposición al texto. Y también sabe que en los márgenes a veces se encuentra lo más interesante: las glosas y notas que, como las dedicatorias en los reversos de las fotografías, dan un nuevo sentido a un todo monolítico que parecía herméticamente cerrado y perfectamente acabado.
A estas alturas es ya más que probable que se estén preguntando qué tiene esto que ver con la reseña de un libro. Antes de que decidan hacer una colecta para contribuir a mi terapia psicoanalítica, y en primer lugar, les recuerdo que una aspira, aunque sólo sea parcialmente, a la no-reseña szymborskiana. Y en segundo lugar, aclaro que una de las virtudes que más aprecio en un escritor, y en general en cualquier creador, es que tenga una mirada excéntrica, es decir, que aun estando dentro del mundo se sepa en los márgenes y, desde allí, intente explicar el conjunto con mayor lucidez que el que se encuentra en el centro. Cuestión de perspectiva, supongo. Eso es lo que me fascina de Josef Roth; eso es lo que impide que aborrezca a Franz Kafka a pesar del empacho kafkiano al que se nos somete por todos los flancos; y eso es lo que hace que admire a Wisława Szymborska sin fisuras. De modo que me he dicho: si vamos a hablar de márgenes y literatura, hagámoslo a lo grande. Con un escritor bosnio exiliado en Estados Unidos que escribe una novela en inglés (véase Aleksandar Hemon y su Proyecto Lázaro) sobre un escritor bosnio exiliado en Estados Unidos (véase Vladimir Brik, protagonista –o no– de la novela) que intenta escribir un libro sobre un inmigrante judío de comienzos del siglo XX que, tras sobrevivir a los pogromos del Imperio Ruso y marchar a Estados Unidos, muere en Chicago a manos del jefe de policía de esta ciudad, acusado de intentar cometer un atentado anarquista (véase Lázaro Averbuch, Macguffin –o no– de la novela). Una vez hayan salido del laberinto de este juego especular del que parte Hemon, de sutil, misterioso y paradójico aroma nabokoviano, reconocerán que es bastante difícil encontrar más marginalidad por centímetro cuadrado de página.
No les voy a ocultar que esta impostora se acercó al libro con cierta aprensión. Me explico. Cubierta y contracubierta: toneladas de elogiosas críticas de todos los suplementos norteamericanos que constituyen un must para cualquier escritor post-postmoderno que se precie y de autores como el también post-postmodernísimo Junot Díaz, todas ellas mencionando influencias de los más grandes de los grandes. Y a mí, en esta absurda y anacrónica adoración letraherida que gasto, todavía se me ponen las plumillas como escarpias cuando se pronuncia el nombre de Nabókov o Sebald en vano (por no hablar del Maestro Bulgákov...). Sobre esta aura flotaba además la bruma casi mitológica de cierta reseña de Alberto Manguel en cierto suplemento cultural. Sudores fríos. Continúo. Solapas: biografía del autor (comprueben la inusitada brillantez de la misma con sus propios ojos) y foto en blanco y negro en la más sofisticada tradición editorial anglosajona. Como una además está aquejada de un masoquismo literario sin límite, engulló de principio a fin y sin apenas tragar saliva varias entrevistas en las que el sospechoso hacía gala de un charme balcánico-sajón y de una ironía cautivadores. Tanta perfección ( y aún no había hojeado más que unas cuantas páginas de la novela) me empezaba a resultar inquietantemente insultante o insultantemente inquietante, según el momento.
Apenas he comenzado el primer capítulo de El proyecto Lázaro y, sin poder desembarazarme de una media sonrisa sardónica que se ha acomodado (dice que de modo indefinido) en mis labios, haciendo pausas para releer (y releer, y releer) frases de una arquitectura que, por su elaborada y pulida sencillez, es digna del propio Gehry, me encuentro ya sin solución de continuidad en el cuarto. Maldito sea. Acaba de conseguir un más que merecido puesto en la Lista. Sí, Aleksandar: así, con mayúsculas. Porque si tú puedes tener un Proyecto Lázaro, dear, yo puedo tener mi propia lista, la que acabo de bautizar como Lista Steiner (no confundir con melodramas spielbergianos). Y en este selecto círculo tienen cabida sólo aquellos escritores extraterritoriales que han conseguido la maestría en el exilio más radical, que es el de la lengua. Puedo imaginar al meticuloso Nabokov escogiendo y clasificando palabras inglesas como si de una taxonomía entomológica se tratara, como mariposas atravesadas por un alfiler en una pequeña vitrina rusa. A la circunspecta Agota Kristof ensamblando palabras en francés, como si encajara piezas en el delicado mecanismo de los relojes de la fábrica suiza en la que trabajó nada más huir de Hungría. A la frágil Herta Müller junto a su diminuta mesa de té, componiendo, recorte a recorte, un collage de palabras alemanas pegadas con adhesivo rumano.
Con esta misma precisión quirúrgica que sólo permite el extrañamiento y que únicamente logra aquél que no se siente como en su propia casa dentro de una lengua dada (T. W. Adorno dixit), Aleksandar Hemon tiende un cable entre el skyline de Chicago y la ciudad moldava de Kishinev para atravesarlo, vía Bosnia, en un equilibrio que podría parecer a primera vista precario pero que él dota de increíble solidez: la ironía (y autoironía) y la perfección estructural de Nabókov; el humor delirante de Bulgákov (o sencillamente de todo aquél que sabe de lo arbitrario de los mecanismos del poder); una descarnada y lírica crudeza en la descripción de la violencia, que recuerda a Isaak Bábel; la terrible conciencia de que el hombre está a merced de la Historia, no sólo presente en la obra de W. G. Sebald sino también en toda la literatura centroeuropea («Cuántas historias podrían contarse, pero sólo algunas pueden ser verdaderas»); la alternancia entre la ostalgia y el sarcasmo ante la sordidez post-com de Dubravka Ugrešić («Las principales exportaciones de mi país son los vehículos robados y las desdichas»); el gusto por las anécdotas grotescas, típicamente balcánico pero que en ocasiones puede recordar a Bohumil Hrabal; y, sobre todo, el color sepia de la memoria que tiñe la prosa de Danilo Kiš.
Y es que Hemon va un paso más allá de La enciclopedia de los muertos de Kiš y, como un demiurgo en su pequeño universo literario, se entrega a un ejercicio de resurrección, de recuperación de la memoria, aun siendo consciente desde el principio de que «aunque supieras lo que quieres saber, seguirías sin saber nada». El autor embarca a Vladimir Brik (y con él al lector) en un viaje en el que intenta reconstruir la historia y la identidad de Lázaro Averbuch y que acaba siendo una reconstrucción de las suyas propias. Como si abriera la maleta de cartón que un día perteneció a Lázaro y que lo acompañó en su odisea desde los confines del Imperio hasta Chicago, pero a la vez su propia samsonite (que siguió un itinerario similar, desde Sarajevo hasta la misma ciudad estadounidense), y a partir de las fotografías, cartas, objetos, fragmentos de recuerdos, anécdotas aparentemente insustanciales que ha encontrado en su interior compusiera un mosaico de realidad. O al menos de una de las realidades posibles...
Aleksandar Hemon tituló una de sus primera novelas, cuyo protagonista es
fan incondicional de The Beatles,
Nowhere Man, y la letra de esta canción sigue resonando en
El Proyecto Lázaro. En un vaivén permanente entre el pasado y el presente, compartimos la visión marginal (y puede que por ello más clara y desgarrada) de una galería de personajes perdidos a medio camino de ninguna parte. Lázaro y su hermana Olga, ciudadanos de segunda clase sometidos a la violencia allá donde se encuentren: judíos en Rusia, emigrantes (para colmo, de nuevo, judíos) en los Estados Unidos. Brik, incapaz de encontrar su lugar en el mundo: nacido en un país que ya no existe y exiliado en otro que no entiende a causa de una guerra que, para mayor absurdo, ni siquiera llegó a vivir. El fotógrafo Rora, que sí vivió el absurdo de la guerra, prefiere fabular el pasado y observar el mundo a través del objetivo de su cámara. Supervivientes del Holocausto, corresponsales norteamericanos en la Guerra de los Balcanes, jerifaltes del ejército bosnio con métodos más que discutibles, mafiosos que nadan como pez en el agua en el caos surgido tras la caída del Muro, salvajes taxistas (o eso dicen) ucranianos que desprecian el cinturón de seguridad, prostitutas, chicas moldavas que están a un tris de verse obligadas a serlo... Es cierto que el demiurgo Hemon ha jugado con casos extremos en este libro-universo en el que los márgenes tienen vida propia y nos explican una verdad que no siempre aparece en los textos oficiales. Pero quizás la novela funciona precisamente porque, como dice Lennon en su canción, estos personajes perdidos en ninguna parte son un poco como cualquiera de nosotros. O, en palabras de Vladimir Brik, porque «Ellos eran yo. Habíamos vivido la misma vida; desapareceríamos en la misma muerte. Éramos como todos los demás, porque no había nadie como nosotros».
© 2010, Patricia Gonzalo de Jesús
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