Siempre me han fascinado los ojos de los niños en general, pero aún más en una pantalla grande. Me parece inconmensurable lo que pueden expresar sin ser conscientes de ello. Por sus pupilas pueden pasear la curiosidad, el miedo, la ilusión, el terror, el amor, el deseo... de una manera pura, sin fingimiento, sin la angustia, que todo lo tamiza, que nos da haber dejado la infancia atrás hace mucho tiempo. Los ojos de los niños son vírgenes ante la vida y, por eso, son tan fotogénicos, por eso la cámara los quiere. Niños y animales absorben el plano, el mundo lo sabe.
Todos los niños son debutantes en sus primeros papeles y, quizás por eso, le dan una verdad a sus personajes que no se puede comparar con las, a veces, forzadas interpretaciones adultas basadas más en una construcción intelectual o experimental. Recordar los miles de niños que nos han regalado momentos espeluznantemente bellos en el cine parece una tarea ímproba. De entre todos los que se me pueden ocurrir en este momento, me quedo con: el adolescente Laurent de Un soplo en el corazón, de Louis Malle; John y Pearl, los hermanos deLa noche del Cazador, de Charles Laughton y Michel y Paulette de Juegos prohibidos, de René Clément.
Laurent me sacudió mis prejuicios. No recuerdo qué edad tenía yo cuando vi Un soplo en el corazón, pero sí sé que aquella pasión que el adolescente sentía por su madre, se convertía en un incesto tangible ante mis ojos, obligándome a tomar partido. Aquella película me empujó hacia lugares por los que mi pensamiento no había transitado. El tabú existía en mí, sin yo haber reparado en él. Sin embargo, Laurent me enseñó a extender mis límites y hacerlos más flexibles. El precipicio moral al que te asomas con él, no te puede dejar indiferente.
Todo el mundo recuerda más a Robert Mitchum haciendo de Harry Powel en La noche del cazador que a los niños. Aquellas manos en las que se podía leer “HATE” y “LOVE” no se pueden olvidar una vez que se han visto. Sin embargo si tengo que explicar dónde reside el miedo, yo diría que no está en la abigarrada figura de Powell atravesando la noche. El miedo tiene un aspecto más frágil y se llama John y Pearl. Ellos nos hacen sentir cómplices en la dura batalla de esconder un botín. ¡Cuánto me hubiera gustado poder ayudar a mi padre y haber escondido su dinero en la tripa de alguna de mis muñecas!
He dejado para el final a Michel y Paulette porque quiero extenderme más en su historia, porque este artículo nació para hablar de Juegos Prohibidos y lo prometido, siempre es deuda. Si Laurent fue un minotauro que consiguió enredarme en el laberinto del incesto, si John y Pearl llenaron mis noches con su miedo y su valentía, Michel y Paulette me enseñaron cómo el amor más incondicional, puede nacer en un entorno donde la crueldad campa por sus anchas.
Paulette es una niña parisina de unos cinco años que huye con sus padres de la capital en plena Segunda Guerra Mundial. No han pasado ni dos minutos de película cuando unos aviones descargan sus bombas sobre ellos, acabando con la vida de los padres y del perro de la niña. Alguien tira el cadáver del perro al río y Paulette, incapaz de admitir la muerte de su animal, intenta recuperarlo. En ese camino, se encuentra con Michel, un campesino de unos once años, que se la lleva a casa.
Allí Paulette es muy bien acogida por la familia de Michel, unos granjeros rudos que están enfrentados a sus vecinos y que apenas tienen lo mínimo para sobrevivir. En ese ambiente duro y paupérrimo, en donde el fantasma de la guerra con todas sus miserias sobrevuela, Paulette y Michel encuentran un entretenimiento. No hay nada en el mundo que Michel no hiciera por la pequeña. Se convierte en su protector, en su amigo. No sabría decir cómo, pero Clemént consigue que asistamos a la magia del enamoramiento de este niño de once años, fascinado por la caprichosa parisina que se ha convertido en la reina de su casa.
Paulette quiere enterrar a todos los animales que encuentra muertos y, para ello, fabrica cruces con Michel. El rito se convierte en la razón de su existencia. Michel construye cruces para ella, se gana su corazón haciéndola feliz con sus enterramientos. El juego cada día va a más. Ya no entierran animales muertos, Michel, en un acto de generosidad desmesurada, mata bichos para ella. La tiranía del amor aparece y Paulette, en vez de ser agradecida ante ese acto mayúsculo de amor, reprende a Michel por matar animales para ella. Extraño divertimento el de los niños, que no deja de recordar en todo momento a todos los franceses que están muriendo, víctimas de la guerra, que no tienen ni siquiera la posibilidad de reposar en paz.
Michel es feliz viendo feliz a Paulette. Todos necesitamos darle un sentido a la vida, necesitamos creer que estamos en un camino que llegará a algún sitio. Así se siente Michel. La sonrisa de Paulette es su recompensa. Y nosotros como espectadores asistimos atónitos al crecimiento de un sentimiento limpio que crece en los campos de la crueldad. Cada paso que avanzan Michel y Paulette es un paso hacia la tragedia. Lo sabemos, el aroma del mal cruza la película con una violencia sin artificios. ¿No es violenta el hambre? ¿No es violento ver a un hijo muriéndose sin poder hacer nada? ¿No es violento matar animales para que una niña pueda olvidar que está sola en el mundo?
Y así, como en una tragedia griega, sabemos que el destino se impondrá y que no hay lugar para la salvación y que los juegos acaban siempre dejando una procesión de perdedores.
La primera noche que Paulette duerme en la casa le preparan una cama en la buhardilla. Ella tiene miedo. Michel sabe calmarla, le dice que cada vez que sienta miedo que le llame. Ella no lo duda y cada vez que el miedo se aproxima grita: "Michel, Michel, Michel…". Cuatro, cinco, diez veces, las que hagan falta. Michel siempre acude, Michel quiere ese grito, y puedo decir que ese grito se cuela hasta el estómago del espectador. Si eso no es amor, yo no consigo encontrar otra manera de llamarlo.
Siempre que en el cine escuchamos una promesa, vemos el momento en el que esa promesa no se puede cumplir. Los que somos guionistas sabemos que esa es una ley de la narrativa cinematográfica, que se cumple casi sin excepciones. Si Michel promete que cuando oiga su nombre acudirá a proteger a Paulette, sabemos que algún momento Michel no podrá cumplir su promesa. Y así es, el espectador lo sabe y sufre antes de que llegue el momento y sufre cuando la ley se cumple.
En una estación, repleta de gente, Paulette va a ser llevada a un orfanato. El miedo le atenaza el corazón a ella y a todos los que la estamos viendo. No hay otra salida que caminar y buscar a la única persona que puede salvarla. Paulette grita el nombre de Michel, con una desesperación que traspasa la pantalla. Michel está lejos, en su granja, destrozado por haber perdido la batalla a la realidad, no puede escucharla. Perdida, ante una multitud sorda, Paulette sigue gritando.
Cuando tengo miedo, recuerdo a Paulette y como ella, grito el nombre de la persona que quiero.