Es difícil encontrar un amigo de los que, popularmente, se denominan de verdad, esos a los que confiarías tu vida o la de los tuyos, aquellos que están en los buenos y en los malos momentos, que te ayudan a superarte y, además, aportan a tu vida alegría y confianza. Es difícil encontrarles en medio del gentío, pero siempre acaban por aparecer, ese es también su mérito. Perder a un amigo, a un buen amigo, supone por tanto una herida incurable, uno de los momentos más dolorosos a los que nos podemos enfrentar, y más si es por una discusión absurda o un problema ajeno a la relación. De un peso en el corazón que ya dura 20 años, de una amistad rota, de esto nos habla Hermanos y enemigos, un documental producido por la NBA y el canal deportivo ESPN, que se emite estos días en Canal+ como parte de una serie de documentales de una calidad excelente relacionados con el baloncesto.
A finales de la década de los 80, Yugoslavia podía presumir de tener el mejor equipo de jóvenes talentos del baloncesto europeo, tanto es así que, tras quedar subcampeones olímpicos en Seúl, se coronaron como campeones del mundo en Argentina en 1990. Junto a la Unión Soviética y Estados Unidos enamoraban con su talento. Jugadores que provenían de Serbia y Croacia por igual como Drazen Petrovic, Toni Kukoc, Dino Radja o Vlade Divac llamaban la atención y pronto brillarían en la NBA, un sueño imposible para cualquier europeo en aquel entonces. Se habían convertido en leyendas vivas, en estandartes de la juventud yugoslava. La convivencia entre ellos era la de unos hermanos que se concentraban en un hotel de montaña para entrenar y conseguir éxitos internacionales. En cada habitación, había dos jugadores, y el entrenador no dudó en seleccionar al más introvertido, Drazen Petrovic, con el más informal y bromista, Vlade Divac, para que compartieran habitación. Pronto descubrieron que la química entre los dos era perfecta, no solo en la cancha sino sobre todo fuera de ella. Petrovic, apodado el Mozart del baloncesto, era un genio que solo pensaba y hablaba sobre baloncesto, Divac, el que siempre llegaba tarde a todos sitios menos a un buen pase, aportaba la realidad, y sobre todo, el humor. Petrovic era la cabeza, Divac el corazón.
Al año siguiente de ser campeones del mundo ambos marcharon a la NBA, pero con distinta suerte. Mientras Divac enseguida se hizo un hueco junto a Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar en Los Angeles Lakers, Petrovic era carne de banquillo en unos Portland Trail Blazers que a la postre quedaron subcampeones. Cada noche, después de los partidos, Petrovic llamaba por teléfono a Divac para descargar sus frustraciones. El jugador que, en Europa anotaba 30 puntos por partido, en la NBA se quedaba prácticamente sin jugar. En esas conversaciones diarias, que duraban horas, su relación se hizo mucho más intensa, como de hermano mayor a hermano menor.
Un año después las cosas habían cambiado, Petrovic fue traspasado a un equipo menor, los New Jersey Nets, pero por fin podía disfrutar de una oportunidad, y vaya si la aprovechó, le plantó cara al mismísimo Michael Jordan y consiguió clasificar a los Nets para los playoffs. Se estaba forjando la leyenda, el primer europeo que podía ser jugador decisivo entre los mejores del mundo. Pero el cambio fundamental se estaba produciendo en Yugoslavia, el auge de los nacionalismos tras la caída del muro se hacía notar en las calles y en los pabellones de Yugoslavia, donde empezaban a proliferar banderas no oficiales. Divac, en un gesto ingenuo, arrebató una bandera croata que portaba un aficionado que había saltado a la cancha con el pretexto de que solo una bandera, la yugoslava, los representaba a todos. Ese fue el principio del fin de la amistad entre los dos. Ya nada volvería a ser lo mismo. Al poco Croacia y Eslovenia proclamaron su independencia y comenzaba la guerra de los Balcanes. Divac vio cómo su gesto había sido manipulado hasta el punto de que sus ex compañeros recibían presiones desde Europa para que no tuvieran ningún contacto con él, y Petrovic nunca volvió a llamar a su amigo. Divac esperaba paciente a que todo pasara y pudieran volver a sentarse juntos y hablar de los sucedido con más calma. Pero ese momento nunca llegaría, ese verano Drazen Petrovic, el genio de Sibenik, perdía la vida en un accidente de tráfico en una autopista de Alemania cuando se dirigía a jugar un partido con la selección nacional de Croacia.
Narrado por el propio Divac, Hermanos y enemigos no es solo un documental sobre la amistad imposible de dos jugadores de baloncesto, Drazen Petrovic y Vlade Divac, es también una crónica íntima de la ruptura de todo un país, Yugoslavia, y los rencores que llevaron a la mejor generación de jóvenes balcánicos al absurdo del odio y la guerra. Acompañamos a Divac a Croacia por primera vez desde el inicio del conflicto, donde a pesar de que han transcurrido 20 años descubre que le siguen mirando mal por la calle, y que hay cosas que quizás no tengan vuelta atrás. Como dice el propio Divac hace falta toda una vida para forjar una amistad y solo un segundo para perderla. Divac acude a la casa de la familia Petrovic, donde comparte recuerdos con su madre y su hermano, y a la tumba de su amigo, con un sobre. Dentro de ese sobre hay una fotografía, el abrazo entre los dos amigos que celebran una victoria, un abrazo lleno de amor congelado en el tiempo. Esa instantánea recogida de una imagen de televisión, ese último momento de hermandad, es la bandera que lleva por delante Vlade Divac, y con ella realiza este emotivo viaje por Croacia, un viaje de redención y profunda amistad en el que trata de descubrir qué le pasó a su equipo, a sus amigos, a los que un día fueron sus hermanos.