El tráfico de la vida fluye (the traffic of life) en un bullicio de rutinas que –sin saberlo- vamos acumulando. A fuerza de sumergirnos en tantas actividades, terminamos por perdernos de vista, y distraemos la atención de lo elemental a lo trivial. Entonces acontece un atasco de insatisfacción en el cual qué poca cosa parece el tener tanta cosa alrededor. Entre tanto, podemos encontrar algunos vagabundos en la cuneta de esa misma carretera donde el atasco está teniendo lugar. A veces se salieron de la línea marcada, demasiado frágiles para seguir el frenesí colectivo, y representan la punta del iceberg del descarrilamiento de confusión en el que todos nos movemos. En cambio, otras veces algunas de esas personas errantes sólo parecen distraídas, pero se han entregado con atención a la contemplación del tránsito desde la misma cuneta. Son éstos los que pueden ver –comprender- el verdadero sentido del atasco, dado que se han arriesgado a observar a través del catalejo que permite discernir lo primordial que siempre subyace bajo el tumulto de lo accesorio.
Así, junto a la maraña de música de consumo con que nos solemos distraer, conviene quizás prestar atención a algunos nostálgicos de la lentitud melódica, quienes saben resultar pegadizos desde una sencillez profunda, y que además atienden a los sentimientos que de verdad mueven a las personas porque les preocupa liberar el tráfico del atasco. Desde la ciudad de Sheffield y casi a pies juntillas, hay un discreto bardo de los de antaño que lleva una década ya regalando los oídos de cada vez más agraciados. Nos referimos a Richard Hawley, con seis discos ya a sus espaldas, los tres primeros de los cuales tan siquiera pueden adquirirse en nuestro país, salvo por importación y pese a su calidad. Desde el primero hasta el último, todos ellos reflejan un estilo muy sencillo y particular, relajante y reposado, cuyo sonido viene caracterizado siempre por la voz de barítono de Hawley, el principal de sus instrumentos, tan envolvente y penetrante que casi resulta imposible no reconocerla. Se diría, de hecho, que el resto de instrumentos tienden a acompañar la voz y su austera melodía durante cada canción. Y, a pesar de su simplicidad, la música de Hawley atrapa y no suele desagradar a ningún oído, a buen seguro por efecto de su cadencia serena y cariz atmosférico.
De todos modos, fue con su cuarto álbum –Coles Corner- con el que tuvo lugar un importante salto cualitativo, pues ese personal estilo que había desarrollado en los anteriores discos desembocó en una obra redonda que permanecerá en los anales de la música británica. Nada le falta ni le sobra a este disco, que contiene el mayor éxito hasta la fecha de Hawley, la canción “The Ocean”, que invita a varias escuchas consecutivas cada vez que se disfruta y en la que recomendamos detenerse encarecidamente al lector. Coles Corner es un sitio de encuentro que, según Hawley, existe en toda ciudad y que constituye una expresión del afecto que se establece entre las personas que allí se citan. El siguiente disco de Richard Hawley -Lady´s Bridge- de una estupenda factura que en nada desmerece a su predecesor, también se refiere a otro espacio físico de carácter simbólico; en este caso, se trata de un lugar de estación tras el desencuentro, pues en el devenir de la vida todos debemos dejar atrás sueños y expectativas frustrados y, al menos por un leve instante, necesitamos pararnos en el puente que estamos cruzando para observar el río que mana y contagiarnos de su quietud que anima al olvido. Sólo en ese puente, que es la cuneta del camino, entiende Hawley que es posible rehacerse para continuar, dejando los sueños rotos irse con la corriente. Por tanto, hay que detenerse y entregarse a la serenidad de un momento de contemplación para conseguir sortear el atasco en que se asfixia el hombre postmoderno.
Hay que decir que la melancolía inherente a la música de Richard Hawley no resulta en absoluto incompatible con un cierto sentido irónico propio de quien ha aprendido a reírse de sí mismo y a no tomarse demasiado en serio todo aquello que antes quizá no le hacía ninguna gracia. En ese sentido, es muy recomendable ver algunos de sus videoclips. Así, en Coles Corner le ocurren a Hawley todo tipo de situaciones absurdas mientras espera a su chica con un ramo de flores hasta que ésta finalmente aparece. En Serious podemos contemplar la divertida convivencia de Hawley con su muñeca hinchable mientras se nos canta acerca de la diferencia que hay cuando se vive enamorado o solo; al final se encuentra en un bar con otra chica que va acompañada de su muñeco hinchable y ambos salen juntos de allí dejando a los muñecos. Tonight the Streets are Ours es una canción en la que Hawley denuncia cómo precisamente el bullicio superficial en que nos hemos acostumbrado a vivir nos acaba alejando de la verdadera realidad de nuestros propios sentimientos y, cegados por la ficción televisiva, no encontramos el camino del crecimiento interior (so you have no way to grow); en el vídeo se puede ver al cantante presentando un telediario, un programa de entrevistas y uno de cocina. Valentine describe la antigua historia de amor de dos ancianos, uno de ellos ya en la residencia en la que Hawley ofrece un concierto; al final se reencuentran allí donde su relación terminó: en la tumba de su sidecar junto a una carretera. El humor y la ternura se combinan en la obra audiovisual del músico de Sheffield, aunque haya adquirido cierta fama de autor melancólico.
El caso es que ya nos habíamos acostumbrado al estilo de Richard Hawley, siempre solvente aunque iterativo, con canciones sencillas y asequibles de duración media. El británico se había mantenido fiel a sí mismo, circulando por el circuito independiente. Quizás su problema haya sido que, a pesar de contar con canciones pegadizas, éstas suenan a música de otra época: no deja de ser un crooner romántico cuyos discos podrían haber sido publicados hace unas cuantas décadas. No obstante, cada vez cuenta con mayores incondicionales porque ha perseverado en su sonido y no hay melodía suya que no se disfrute. Con todo, cuando parecía haber exprimido todo lo que podía dar de sí su sonido, nos sorprendió el año pasado publicando un álbum que nos atrevemos a considerar su obra maestra: ”TRUE LOVE´S GUTTER”. En palabras del propio Hawley, se trata del disco que siempre quiso hacer y cuenta tan sólo con ocho temas, de duración muy extensa en algunos casos. La producción es un trabajo de orfebrería que permite extraer el máximo rendimiento a cada una de las canciones y proporciona una atmósfera oscura y lánguida a todo el conjunto, adquiriendo un sentido compacto de unidad muy singular. La voz de Richard Hawley encuentra un tono de sugerencia de una elegancia arrolladora y se tiene la sensación en todo momento de que se está escuchando un disco de definitiva madurez. El artista se propuso alargar las canciones en él cuanto fuera necesario y se le permitió la libertad de construir una obra poco comercial pero de culto, que puede no haber interesado a buena parte de sus seguidores o bien haber enamorado para siempre a otros, entre los cuales se encuentra quien esto escribe. A pesar de la laboriosa producción de Colin Elliot y el propio Richard Hawley, se trata de un disco en que tiene cabida la improvisación de los músicos, por ejemplo en el tema “Remorse Code”. Tampoco debería sorprendernos en un cantante que acostumbra a componer de improviso sus canciones; en más de una ocasión ha contado cómo concibió “The Ocean” en una embarcación y tuvieron que poner rumbo a tierra para poder grabar la melodía y así no olvidarla.
El disco se abre con un amanecer que recuerda al comienzo de los Nibelungos y en medio del cual se reconoce un pájaro piar: es la canción "As The Dawn Breaks". La luz de la aurora trepa por los tejados de las casas mientras la esperanza lo hace por los tendederos, a pesar de las congojas de la vida (live´s fate). La del alba serían cuando aún le buscábamos un sentido a la vida (in this morning search for meaning). Hawley comentó acerca de las letras de su último álbum que, por desgracia, conoce a su alrededor bastantes casos de personas que no son ni saben ser felices. Y el tiempo pasa, menguando a su paso (I know we never had much time) nuestras posibilidades de entregarnos. Pero lo que fuimos y hemos olvidado ser todavía tiene un destello en nuestros ojos, un destello que nos permite prestar atención al simple sonido del pájaro (a simple songbirds melody), de manera que descubrimos en la sencilla contemplación de la naturaleza el sentido de la vida que buscábamos y creíamos haber perdido. El sentido del tiempo de Hawley se corresponde con el del artista que ignora el devenir y prefiere centrarse en la captación de instantes; por ello se cierne como un pájaro congelado en el tiempo mientras camina sobre sus propias aguas (I´ll hover like a frozen bird in time, I´m wading through the waters of my time) y puede reconocerse en el canto del ruiseñor, que nos alegra la vida mientras nos observa desde la cuneta de la autovía.
La segunda canción es “Open Up Your Door”, que comienza prácticamente a capela para ir in crescendo, precisamente como una puerta que se abre lentamente, la de nuestros corazones, que necesitan volverse más accesibles. Descubierto el sentido de la vida en el simple canto de un pájaro al amanecer, cesa la contracción emocional en que vivimos atascados y sólo cabe ya abrir la puerta de nuestros corazones, pues hemos dispuesto y vamos a disponer de tiempo para ello. Hawley es plenamente consciente de que encontrar el amor es realmente difícil, y más aún definirlo (love is so hard to find, and even harder to define). Por eso, se reclama en la canción a la persona amada la necesidad de que abra la puerta de su corazón, así como el deseo de hacerle sonreír y pasar al menos con ella un momento. Cuanto más seguro se encuentra de esa necesidad de abrirse (and I´ve never been so sure) mayor es el volumen y la orquestación del tema, colmado de ternura.
La siguiente canción posee una cadencia más regular que las anteriores. Se llama “Ashes On The Fire” y en ella Hawley parece referirse al final de una relación, que también podría suponer un comienzo si lo que se prende en ella son los fantasmas que la habitan (you ghosts of the pyre). Comienza con él escribiéndole por la noche una carta a la amada en la que expresa lo que de verdad siente (my true heart´s desire), pero que con la llegada de la mañana parece reducida a cenizas en el fuego; una mañana que trae las lágrimas y el dolor que han florecido de hondos miedos (from deep seated fears), los cuales parecen haber desgastado la relación. Las palabras de la misiva se antojan entonces como flechas que apuntaban alto pero cuyo arco ha quedado reducido a cenizas. Ella está cansada de su relación y ambos se sientan en silencio a observar la pira en que se prende lo que los une, aunque quizás también los fantasmas que los separan. Al menos, él espera que ella le recuerde en las cenizas de ese fuego nocturno (and nightly remind me). Un tema lento y de tristeza sutil al que sigue otro del mismo corte, aunque de duración muy superior: “Remorse Code”. El ritmo también resulta aquí voluntariamente parsimonioso, con un par de solos que añaden un tono de ensueño a la canción. Hawley utiliza la metáfora del naufragio para referirse a la cuestión de la infelicidad. Comienza contigo –con cualquiera- atrapado y braceando en la red del remordimiento, cuyo código nos obliga a valorar el verdadero sentido de la fuerza malgastada en cada mensaje enviado (count the cost of a forcé spent), como ocurría con las flechas que apuntaban alto en la canción anterior. Nos hemos habituado a seguir la senda del autoengaño (unenlightened lies in those white lines) en la que hemos acabado por naufragar, un hundimiento individual pero que es colectivo (the ship is wrecked with all hands). Y desde el arrecife (the reef) al que nos ha arrastrado nuestra propia marea de confusión, parece que se atisban luces falsas (false lights). Una vela idiota amarrada al timón se encamina hacia la muerte mientras la sirena nos tienta (the siren dares), ofreciéndonos un mechón de su cabello en nuestra odisea hacia ninguna parte, en medio de un viaje hacia lo desconocido al que acudimos atraídos por el cementerio marino (the sea calls). Conviene pues que ampliemos la perspectiva desde la que contemplamos el camino de la vida (made your eyes wide), porque comprendiendo lo que de verdad somos aprenderemos a evolucionar del sentimiento de culpa al sentido de responsabilidad; Hawley nos continúa observando desde la cuneta que todo lo ve (true love´s gutter), pertinaz en su intención de sugerir que nuestro estilo de vida propende hacia el naufragio por haberse acostumbrado a dar la espalda a los corazones. Aunque ambientada en el mar, la canción emplea la expresión “white lines”, que ya usara Hawley en “Born Under A Bad Sign”, y que remite a las líneas blancas de toda carretera; en definitiva, al camino de la vida, pero más concretamente al atasco que lo subsume. En este tema del Coles Corner las líneas blancas de la carretera también son los signos que simbolizan la senda de lo convencional, cuyo coste no es otro que una pérdida de tiempo (what a cost, what a loss), cuando en realidad lo único que de verdad importa y perdura es el sabor de la pertenencia a otro (you belong to me). El remordimiento es el precio del autoengaño y, según Richard Hawley, sólo desarrollando una mirada más ancha –comprendiendo- se puede despojar cada uno de aquél, atravesando la noche hacia la amanecida.
Después de constatar el naufragio, llegamos a otro bellísimo corte: “Don´t Get Hung Up In Your Soul”. Toda la lírica de Richard Hawley se encuentra recorrida por motivos conductores como la soledad, la sensación de extrañamiento, la tristeza, la nostalgia, el deseo de escapismo y el desamor o el encuentro amoroso. Esta canción se dirige a una mujer cuyo desánimo puede reconocer el autor, una chica que está sufriendo el desengaño existencial de comprobar que la realidad no es lo que parecía y se siente envejecida por los embates de la vida (don´t let’em make your heart grow old). Se ha convertido en una advenediza a la que las personas han fallado: es alguien que ha tomado conciencia de los intersticios de oscuridad y egoísmo latentes bajo el ropaje cotidiano con que nos revestimos socialmente (and you’re the one who sees the darkness on the edge of town), y quizás por eso mismo adquiere para Hawley un plus de belleza (but you’re the beauty of the town), que no es una belleza superficial sino profunda: la de la consciencia. ¿A dónde irá esta mujer ahora que –como indica el título de la canción- su alma se encuentra en suspenso por la frustración, y que abandonó la línea convencional en la que ya no puede encontrar otro sentido que no sea el de la asfixia? La canción pretende servirle –servirnos- de consuelo, igual que el abrazo de ella lo es para Hawley, quien la reconoce como espina y corona a la vez (you’re the thorn and you’re the crown). La corona de espinas que supone siempre todo enamoramiento, en el cual nos tendemos a sentir miserables y eufóricos al mismo tiempo. Sin embargo, bajo otro punto de vista diríamos que todos llevamos en nuestro seno una corona de realización que puede degenerar en un vía crucis de insatisfacción si nos dejamos arrastrar por la desesperanza. Por ello, que un corazón se mantenga joven o devenga prematuramente viejo depende en realidad del cuidado que de él tengamos, de que a menudo nos salgamos un rato del camino para observarnos un poco desde la cuneta. Resulta especialmente entrañable la levedad del silbo que acompaña a la acústica durante todo el tema y con el que finaliza el mismo, cuando Hawley deja de cantar.
El final del disco presenta tres de las mejores canciones de Richard Hawley, seguramente lo más intenso de toda su discografía. “Soldier On” es un corte de carácter atmosférico y con una temática de amor desesperado, que se resiste al paso del tiempo y sobrevive a su propia pérdida: un amor que “sigue al pie del cañón”. El tiempo pasa y pasa, nada queda de lo que fue, pero adentro parece como si todo permaneciese: todavía la puede sentir con el tañido de las campanas y en el cántico del coro infantil de la iglesia, pues su amor por ella perdura más allá del transcurso del tiempo. Esa perduración lo convierte en un sentimiento sagrado que, de hecho, puede reconocer en sonidos que simbolizan lo espiritual. Y sigue al pie del cañón porque ella es la manzana de su ojo (you´re the apple of my eye), la tentación a la que sucumbió, una tentación de la que se enamoró y que cuando perdió se tornó en una nostalgia religiosa que reaparecía como una bendición cada mañana (another blessed morning comes). Él experimenta el resplandor matutino como expresión de un amor –el suyo- que se arroja al maravilloso abismo en el que le esperan los besos de ella, en el cual puede sentir el tacto de sus labios como una palpitación tangible (I still can taste your lips), como una realidad infinita de la que no desea desasirse (never say goodbye). Al final de la canción tiene lugar una subida de volumen con una orquestación que pretende expresar la intensidad de un enamoramiento que se niega a decir adiós y prefiere un hasta luego: es la elevación de la tormenta interior. Aquí se nos eriza la piel y, mientras las estrellas fallecen quedamente y el trueno se adueña del cielo, sólo unas palabras desearía decir Hawley: Be with me my love, always. Ojalá permanecieras conmigo para siempre, pero sé que nuestras siluetas iluminadas por la luna ya se apagaron y ahora lo comprendo, ahora que siento en lo más hondo de mis entrañas una soledad para la que tan siquiera encuentro nombre y que perdura y perdura a lo largo del tiempo (I´m left with a loneliness that has no name). Y sólo por eso sigo como un soldado al pie del cañón, porque te quiero y no quiero decir adiós a la manzana de mi ojo. Preciosa canción.
El siguiente tema quizás sea una de las canciones más tiernas y bellas que quien esto escribe haya escuchado nunca. Desde luego, es nuestra canción favorita del crooner de Sheffield, y acompañamos el texto de su videoclip. Se llama “For Your Lover Give Some Time” y se trata de “un brindis a Helen”, la mujer de Richard Hawley, quien impregna de equilibrio la cotidianidad del músico. El cantante pretende invitarnos a todos a dedicarle tiempo a la persona que amamos, y se sirve para ello de sí mismo como ejemplo. Cada uno de nosotros somos nuestro tiempo y, en consecuencia, es el principal regalo que podemos ofrecer a quienes nos quieren; debemos permanecer atentos a esto, porque con más frecuencia de la que creemos tendemos a olvidarlo, y si no nos entregamos acabamos entregando infelicidad a nuestro paso. En ese sentido, esta canción supone una toma de conciencia al respecto por parte de Richard Hawley, y por eso comienza en ella comentando cómo casi se olvida en el tren un regalo que acababa de comprarle a su esposa por su cumpleaños. Es la distracción de quien vive a menudo sumido en sus propios pensamientos (and with my thoughts I´m left alone), unas reflexiones envueltas no obstante por el ruido de fondo de las conversaciones telefónicas de su mujer: un tenue hilo que las acompaña, sorprendido todavía de cómo creció la química entre los dos (how strange our love has grown). Sorprendido porque sabe de sí que siempre se sintió un extraño que iba dando tumbos (a skipping stone) sin encontrar a nadie con quien compartir sus sueños (with no one else to share my dreams). Y esa es la causa por la que le brinda a su mujer esta canción, por aquellos momentos de sencilla felicidad que ambos compartieron, por ejemplo, cuando corrían y reían bajo la lluvia al salir del cine y él le tapaba el rostro a ella con un periódico mientras se empapaban; o cuando la contempla en casa remendar los desgarrones de un vestido. Y sabe que sólo por ella debería renunciar a los cigarros y beber un poco menos, que la lleva tatuada en su pecho y que desea estar con ella siempre. Por eso, for my lover give some time, for your lover give some time: no lo olvidemos. En todo momento Hawley canta con una profunda ternura, hasta el punto de que parece que está susurrando intensamente la canción, perfectamente arreglada con el permanente acompañamiento de una guitarra española y unos violines que le confieren una apariencia de música de cámara idónea para el contenido, así como lo es el riff de guitarra con cuya bajada de volumen finaliza el tema, como una nana que continuara después de la canción: como el amor cotidiano que permanece.
El disco tiene por colofón su tema más extenso: “Don´t You Cry”. Muy trabajado en su producción, empieza con el tictac de un reloj que luego cede el paso a un sonido semejante al de las cajas de música para niños. Las letras de la canción se compadecen de la aflicción de una mujer que –desconocemos si literal o metafóricamente- sufre la añoranza por la ausencia de su amado (your lover´s ghostly memory), cuya embarcación navega siguiendo la estela de audaces horizontes. El amor que existe entre ambos ha quedado en suspenso por la partida de él y como consecuencia el tiempo se ha parado para ella (the clocks have stopped their ticking). Una bruma de nostalgia –de ayer- amortaja el futuro martilleando el presente (a mist enshrouds tomorrow, today the hammer pounds). Sólo puede haber infelicidad allí donde la sujeción al pasado añorado nos obstaculiza el gozo del presente, proyectándose así hacia el futuro. Como reza el estribillo, ni fuerzas le restan ya para llorar y cada nuevo día pesa como una lápida (your morning views it´s headstone), reducido su corazón a cenizas y sin tan siquiera sueños futuros de los que poder hablar (got no dreams to speak of). Desde lo más profundo del horror de la soledad que su corazón esconde (the horror of the loneliness you hide), del cual ansía huir y refugiarse, no puede evitar experimentar envidia hacia aquellos otros de su alrededor en quienes reside la serenidad (you envy all others): esa envidia es una manifestación de la amargura. Y la canción termina así con un estribillo en el que Richard Hawley repite que él sabe que ella está triste y ella que los relojes no pueden volver atrás, aunque espera que ocurra: es la infelicidad de quien por amor queda detenido en un tiempo particular que se comprueba incapaz de detener el tiempo que continúa transcurriendo a su alrededor: el arroyo del amor verdadero (true love´s gutter) que no quiere despedirse de los destellos de felicidad que vivió y por desgracia no permanecen. Pero en ese arroyo, desde la cuneta, impotentes ante lo que es, condolidos por lo que desearíamos que hubiera sido, ahí es donde de verdad se aprende a encontrar el sentido de la vida, a fuerza de buscar y perderse para después acabar por encontrarse casi sin querer. Gracias a Richard Hawley por recordárnoslo.