«¡Hola mundo! Soy yo, Murdoc Niccals. ¡Yeeeeah! Niños, ¿me habéis extrañado? ¿Quién no lo haría, eh? Ha pasado mucho tiempo para todos. Pero ahora, ¡¡I´m baaaaack!!».
He vuelto, dijo, y acto seguido miles de babuinos melómanos entraron en éxtasis. Prácticamente cuatro años llevaban aletargados, tristones, mustios. Cuatro años de orfandad y desamparo. Pero al fin, Gorillaz regresaba; el «cómo» era todo un misterio. Con el Kong Studios arruinado (consecuencia del ataque de aquella horda de zombies), la desaparición de Noodle tras el vídeo El mañana, los problemas psiquiátricos de Russel, y Murdoc dedicado a sus negocios, 2D había decidido dejarlo, cosa comprensible en tales circunstancias, ¿no crees?
Sin embargo, el más satánico de estos cuatro tarados, el tipo verdoso de la Flying V, anunciaba el retorno de la banda. ¿Estaría negociando un nuevo pacto con el diablo? Meses más tarde de que Murdoc comunicara el reencuentro: un nuevo hogar, otro miembro para el grupo, y un último trabajo a puntito de salir a la calle. La comunidad simiesca seguidora de los de Essex no cabía en sí de tanto gozo.
Plastic Beach fue el nombre que dieron al tercer álbum de estudio firmado por estos engendros virtuales; y el 8 de marzo de 2010, el día escogido para mostrar al mundo la nueva batería de temas. Mientras tanto una desconcertante promesa de calma y bonanza se hacía visible en la atmósfera luminosa que manaba del tráiler grabado en Punto Nemo. Muy atrás parecían haber quedado los espacios lóbregos del Kong Studios y su inyección de indolencia. ¿Sería posible que estos vástagos nacidos de la pluma de Jamie Hewlett y dotados de talento musical por influjo de Damon Albarn hubieran renunciado al rollo «hiphopero emporrado» que tan buenos frutos les diera antaño? Ciertamente no resulta demasiado difícil imaginar a Murdoc en taparrabos sobre una de las tumbonas de aquel paraíso plástico, copa de aguarrás en mano, perfeccionando su lanzamiento de hueso de aceituna macerado en saliva etílica dirección a cualquier bichejo con alas. Hacer lo propio con el resto sin embargo… ¿Russel cambiando sus baquetas por una coctelera? ¿Noodle en trikini? ¿Un 2D surfero? Personalmente, se me hacía cuanto menos extraño. Me pregunté cómo demonios podrían llegar hasta ahí y me puse a investigar.
Tuve noticias, por obra y gracia de no sabría explicar muy bien el qué, de la existencia de una película documental estrenada en 2009 con el título de Bananaz, en la que habían quedado grabados los tejes y manejes de los creadores de Gorillaz, desde los primeros pasos de la banda y hasta las primeras grabaciones de alguno de los temas que finalmente se editarían para Plastic Beach. Visionarla resultó una experiencia harto interesante aunque absolutamente estéril para atender las razones que en aquel momento me inquietaba.
De modo que, llegado el momento, no me quedó otra que enfrentarme a mi primer contacto con el nuevo trabajo siendo plenamente susceptible ante la posibilidad de quedar sorprendida con cada uno de los quince temas, dieciséis con la Intro, que componían el disco. Lo más impresionante a priori y lo que todo el mundo se apresuró a elogiar: las numerosas colaboraciones con que cuenta. Numerosas, variadas y radiactivas; sí, tan radiactivas como cabe esperar en toda ocasión en que se pretenda un resultado agradecidamente heterodoxo. ¿Y qué pasa cuando alguien mezcla en la coctelera de Russel un puñaito de hip hop de ritmo suave, algo de rap californiano, varias pizcas de britpop, electrónica bien medida, especias de rock viejo, mucho descaro y una isla modelable? ¡Pues que monta la fiesta del año!
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