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El Impostor

de Leonard Cohen

Leonard CohenE intentó ser libre en su andadura, sediento de verdad, esperando el milagro de vivirla a la profundidad que sólo el beso manifiesta en el saber de su sabor, asumiendo que cada palabra enunciada pudiera volverse en su contra, y deseándole —cómo no— suerte al ruiseñor —su semejante—, que nos regala a todos el amor de su dulce canto, pues sólo vivió Leonardo para estar a su lado (I lived but to be near you), mendigando en secreto cada miga de luz incluso hasta la amargura, como un pájaro en el alambre cuyo corazón acaba por romperse y luego habrá de recogerse mansamente ante la perplejidad del mundo, en la invencible derrota de la circunstancia sin forma, donde nada por hacer queda (there´s nothing left to do) salvo permanecer ya entre el Vacío y la Forma (between The Nameless and The Name), consciente de que aunque así son las cosas (that´s how it goes) la humanidad tiende desde la grieta en que tropieza hacia la sangha (we rise top lay a greater part) en un impulso que constituye todo un acto de fe por el que acabará abrazando la bienaventuranza, mientras baila con el diablo de los dados marcados en la partida amañada que habrá de terminar al final del amor (to the end of love), en los límites del conocimiento donde se aprende a prescindir del mismo por cuanto no hace falta saber cuando se sabe que sólo se vive una vez: aquí y ahora, deslizados en la Obra Maestra, a Mil Besos de Profundidad. 

Así pues, andaba Leonard Cohen afincado en la Torre de la Canción, pagando su renta diaria mientras se preguntaba cuán solo se puede llegar a estar, cuando se apercibió de que otros poetas de alrededor (the lousy little poets) pretendían sonar como Charlie Manson. Y, entonces, aun a riesgo de parecer un amargado (now you can say that I´ve grown bitter), creyó entrever que un gran juicio se acercaba: el futuro era asesinato (I´ve seen the future, brother: it is murder). El código de valores occidental se derrumbaba hacia una indiferenciación pueril que se confundía con la igualdad, y tanto daba pedir a Cristo o pedir Hiroshima en una cultura que abrazaba con igual fuerza la imagen del Calvario y de las playas de Malibú, o sentía la misma desdicha ante la muerte de un padre y un perro. El bardo canadiense se percató de que la transparencia (the naked man and woman) se había convertido en un artefacto del pasado, de que ya no se guardaba lealtad a las personas sino a los bolsillos, y de que el éxtasis ya no era efecto del propio esfuerzo porque se procuraba por medio de sustancias ajenas. Y lo peor no era que la gente participase en el juego de la vida con los dedos cruzados (with their finger crossed) sino que precisamente todos sabían que hacían trampas justificándose en que las hacía el de al lado. Y este juego amañado de la sociedad postmoderna, nuestro videojuego de los sentenciados al aburrimiento (boredom), precisaba de ser combatido por una sabiduría dispuesta a agitar la estulticia y el embotamiento reinantes. Había llegado la hora de apostar y sólo cabía tomar partido (and I´d die for the truth)

La respuesta a la crisis de valores y su consiguiente spleen pasaba por un regeneracionismo que adolecía de una inmadurez en grado mucho mayor incluso de aquélla a la que se pretendía enfrentar. Así, contra el dogma del bolsillo capitalista, en cuyo interior había metida una mano más que negra de productivo relativismo imperante, y contra el “monoateísmo” comunista —que dictaba una equidad de la que purgaba sin piedad toda fisura tan a diestra como a siniestra— vino a resurgir la religión medieval (I´m guided by a signal in the heavens) que profetizaba en vida un infierno terrorista de resentidos, tan dispuestos a tomar Berlín como Manhattan, aprovechándose consentidos de la indisciplinada bonhomía multicultural (you don´t have the discipline to stop me). Parece, pues, que sólo podían desmadejar esta maraña macrocéfala los miserables y los mansos, cuyo afán de verdad (the spiritual thirst) les impelió a escuchar—bienaventurados ellos— el sermón montaraz. Cohen se mostraba convencido de que la próxima gran sublevación sería la de los deprimidos, que encontrarían la consciencia al final de su túnel, y se erigirían en abanderados del resto de hambrientos, liberándoles del encarcelamiento como el colibrí que libera al corazón de sus cadenas en la portada de su disco The Future. Por lo tanto, frente a la agresión egoísta nos propone Cohen el abrazo fraternal que asume la herida propia como única vía para la supervivencia: la salvación radica en la compasión hacia el otro en un Nosotros donde se disuelve el yo desde sí mismo. Luego sólo florecerá la realidad tal cual es en un corazón conscientemente abierto por el deseo de vivir el presente (but love´s the only engine of survival)

A diferencia de la ignorancia prototerrorista, que desea más su victoria particular (I just might win) porque desconoce que sólo vencen los hermosos vencidos que asumen la invencible derrota cuando comprenden que en la aceptación radica toda victoria —una victoria hacia lo común—, Leonard Cohen es un sentimental que ama el escenario pero se niega a permanecer entre la impostura sin denunciarla (I love the country but I can´t stand the scene) mientras presencia las plegarias cáusticas de los asesinos. El canadiense quiere cantar allí donde el mar se desborda y la ciudad arde, en el filo de la navaja, desde lo hondo del Reino de la Grieta que a todas partes llega, porque “todo es dolor”, y la herida del fracaso, la enfermedad y la muerte son un hecho (there is a crack in everything) que la sociedad pretende negar y que necesitamos aceptar. Nuestro mundo es definitivamente imperfecto, tiene una grieta en la pared en la que se reflejan tanto el desacuerdo como el encuentro, la esclavitud y el impulso homicida como la filantropía y la compasión, pues no hay amor sin herida ni otra cura para el amor que la aceptación del dolor y del odio que no supo aceptarlo. Y en Occidente se han desarrollado las condiciones necesarias para que emerja una nueva religión que tiene como fundamento la fe en la libertad, la igualdad y la fraternidad: se trata de la democracia, que en todos sus miembros genera la tensión que implica obligarse a compartir con otros, evolucionando más allá del primitivo egoísmo propio hacia la fraternidad en la se integran identidad y alteridad en el Vacío de la Forma. El problema en este nuevo nivel, y Leonard Cohen fue uno de los que se dio cuenta de ello, es que la democracia no consiste en fusionar identidades, sumando fragmentos que pierden toda autonomía (you can add up the parts but you won´t have the sum), sino —como decíamos— en integrarlas desde esa autonomía en su disolución autoconsciente por la asunción de toda identidad ajena cuya existencia se consiente en convivencia. La libertad consiste en desear conscientemente la libertad del otro, y, si bien nuestra cultura ha evolucionado lo suficiente como para permitir dotarnos de una estructura social donde los derechos de cada individuo se defienden, parece que por el camino hemos olvidado que el reverso de todo derecho es un deber y que vivir en libertad no es un capricho sino la más alta responsabilidad, además —y aquí incide muy especialmente Leonard Cohen— de que el Estado de Derecho Democrático habrá de derrumbarse si en él las personas se perciben exclusivamente como individuos sujetos a la ley y el orden, que proceden interesadamente como razonado mal menor, en vez de aprender también a ponerse emocionalmente en el lugar de los demás y a percibirse como seres humanos que sufren por igual y a los que se tiende naturalmente a amar y atender, dado que en el prójimo es donde únicamente podrá encontrarse uno mismo. A nuestra sociedad todavía le faltan las instituciones que se empleen en la consecución de este fin —que no objetivo—, en el cual el medio se convierte en el propio fin. Y a ello se refiere Cohen cuando canta desde su torre que se siente profundamente cercano a todo aquello que la humanidad ha perdido (but I feel so closet o everything that we lost), y afirma creer que el desarrollo de un verdadero espíritu democrático en las personas ocurrirá por efecto de su maduración interior (we´ll be making love again, we´ll be going down so deep)


Pues bien, esa maduración interior tiene lugar en quienes se arriesgan a desesperarse esperando, ya que esperan hasta el punto de resquebrajar incluso su corazón anhelante contra el muro cuya grieta de terrible verdad es inexorable (there´s nothing pure enough to be a cure for love). La obra de Leonard Cohen gira en torno al deseo, para cuya herida acaba descubriendo que no existe sanación posible, salvo la aceptación consciente del incesante manar de su sangre a lo largo de toda la vida (and I can´t believe that time´s gonna heal this wound I´m speaking of). E indagando en la naturaleza del sufrimiento, que es hijo del deseo, se puede alcanzar la sabiduría de comprender la realidad en todos sus límites (I onlt know the limits of… to the end of love), desnuda de toda arbitrariedad por el desarrollo del discernimiento interior que la abraza, el cual se reconoce en toda forma externa, profundizando con paciencia (when you´ve got to go on waiting for the miracle to come) en la verdad de las cosas, mendigando una miga de información cada día, así hasta comprender que todo lo que se ha de recibir por respuesta no es sino silencio. 

Tras la desesperanza de toda espera, se acaba por tanto obteniendo por respuesta el silencio. En él cesa todo dolor cuando éste es reconocido por la persona como totalidad, y ello ocurre al condolerse del dolor ajeno, el cual se reconoce por ser de la misma naturaleza que el propio. He aquí la sabiduría de la compasión, que reconoce en cada uno de nosotros un corazón roto. Y todos recogemos nuestros corazones rotos cuando aprendemos a comprender con perplejidad la realidad tal cual es, y nos aglutinamos entonces en torno a ella, viajando a mil besos de profundidad, de la Forma al Vacío en un solo instante, que de hecho es cada instante, deslizándonos pues hacia la Obra Maestra de la vida, que es su manifestación como expresión de lo Inmanifiesto. Y a ello se refiere Leonard Cohen en una de las grandes canciones de la historia de la música —quién sabe si la canción—: “A Thousand Kisses Deep”. Se cuenta en ella cómo, mientras la vida acontece, parece indispensable hacer frente a cada apuesta que nos sale al paso, aunque toda leve victoria resulta inane ante el inexorable advenimiento de la invencible derrota (your invincible defeat) del sufrimiento que conlleva el apego. Cuando se comprende la naturaleza del sufrimiento, se aprende a vivir la vida propia como irreal, ya que el ego carece de sustrato, de manera que cada apego engendra en sí mismo un desapego que presiona los límites del mar hasta ver que no quedan océanos. Por ende, el atento se desliza en la Obra Maestra de la Vacuidad, consintiendo en naufragar a mil besos de profundidad en acto de bendecir al resto de la flota, es decir, liberándose a sí mismo al encadenarse en el amor al prójimo, con quien comparte Todo —que es Nada—. Y sólo han aprendido a compartir los corazones rotos de los miserables y los mansos (the wretched and the meek), que a fuerza de persistir en la humildad y austeridad de sus acciones reciben el karma de la Bienaventuranza: la Lucidez del discernimiento cuya semilla sólo siembra un corazón generoso, generoso por haber asumido su rotura.  

No extrañará a nadie que la trayectoria de búsqueda personal que Leonard Cohen mantuvo acabase por despertar en él un interés natural hacia la meditación, y en su caso concreto hacia la práctica del zazen, llevando a cabo en ocasiones retiros de cierta longevidad. Como buen despierto, el canadiense terminó por poner en reposo, tras lustros de arduo sufrimiento, su tendencia depresiva, la de un hombre a quien le duele el mundo y comprende el enorme influjo que el deseo ejerce en aquél. Sencillamente, llega un momento en el que de forma natural toda persona que se educa a sí misma en la contemplación de sus propios estados de ánimo, aprende a reconocer los mecanismos que los activan y el proceso en que se desenvuelven en la mente, y comprende entonces que buena parte de sus emociones cotidianas surgen o vienen condicionadas por un excesivo discurrir de pensamientos —neurosis— que se puede aprender a educar y aquietar. La práctica de la meditación se convierte así en un complemento eficaz de la atención a cuanto sucede –nos sucede- y la disciplina en su aplicación cotidiana termina por facilitar el desprendimiento de toda neurosis o imagen fija de uno mismo. Leonard Cohen se aplicó en el ejercicio de la filosofía zen y él mismo explica de manera convincente su naturaleza: 

“Te sientas en absoluto silencio y tu mente hace un repaso de todas tus cosas. Te vuelves familiar y a veces depresivo con los guiones generales que mantienes en tu vida. Al cabo de un tiempo, empiezas a estar harto, aburrido de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres es un complicado guión en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que es una personalidad que generalmente te disgusta. Y la razón de que no te guste es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aburrido y aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y, entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad. Ese es, en esencia, el proceso del zazen.” 

Durante este proceso puede alcanzar toda persona la libertad plena, que Cohen define como “un momento de pura experiencia”, la del pájaro sobre el alambre. Esta experiencia esencial es maravillosamente descrita en otra de sus últimas grandes canciones, también perteneciente al disco Ten New Songs. Nos referimos a “Love Itself”. La luz del sol (Forma) entra directamente a través de la ventana de su pequeña habitación: son los rayos de luz del Amor (Vacío). Esa luz le permite contemplar el polvo que se ve raramente y con el que Lo Innombrable (The Nameless) engendra un Nombre (A Name). El Amor Mismo avanza por la habitación hasta desaparecer por una puerta abierta, mientras él baila to the end of love con las motas de polvo que flotan en el aire en una experiencia sin forma (in formless circumstance) en la que regresa de la Vacuidad hacia la habitación —las formas—, pero no pareciendo la estancia ya la misma, porque Forma y Vacío ya no se encuentran disociados sino indiferenciados en su integración (but there was nothing left between The Nameless and The Name). El problema de la sociedad actual, a ojos de Leonard Cohen, es que funciona disociada de la experiencia del yo absoluto, sin la cual supone una gran angustia la carga de sobrellevar el yo particular. Vivimos de espaldas a todo sentido trascendente de la vida, abrazados a un mundo de las formas que refulge ajeno a todo significado o a un significado de una mínima coherencia y profundidad: ése es nuestro avatar de hoy. Sólo si aprendemos a conectar con la trascendencia de nuestra inmanencia, es decir, con todo lo que nos une a los demás —el mismo dolor, los mismos corazones rotos, las mismas experiencias, bajo diferentes formas—, con la latente Esencia que es compartida por todas las Formas, sólo entonces podremos regresar —como ocurre en la canción— desde la experiencia absoluta hacia nuestra cotidiana vida particular con un corazón abierto a la realidad floreciente en toda su numerosa variedad de formas que sabemos que no son sino vacío —y eso incluye las formas mentales—. Nuestro futuro, según Cohen, depende de una convivencia sana entre el mundo interior y exterior, pues al fin y al cabo la verdad absoluta se asienta sobre la verdad relativa, y ésta sin aquélla está condenada a su propia esclavitud, a un delirio ajeno a lo inmediato. Y sólo con la presencia en lo inmediato se experimenta la vida en su totalidad, y el camino puede únicamente consistir en ejercitarse comunitariamente en la rendición a esa experiencia. Y eso, aunque no todo el mundo lo sepa, lo sabe todo el mundo (everybody knows), al menos en potencia.

 

© 2010, Pablo Retana

De la fotografía de Leonard Cohen, Nathan Wind


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