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El experimento

Senator Films, Typhon Film y Fanes Film; Duración: 120 min.

A estas alturas, es absurdo discutir el carácter catártico del cine. Por eso, es legítimo que las cinematografías de cada país se centren en los acontecimientos de su pasado que quiere exorcizar. Como ejemplo, la ingente cantidad de películas sobre la guerra civil que factura España.

Alemania lleva unos años entonando el mea culpa  sobre la segunda guerra mundial y el nazismo. Vale, estos dos temas llevan apareciendo desde hace décadas en películas, aunque casi siempre como telón de fondo, como marco narrativo, sobre todo en el cine de espías. Sin embargo, recientemente, son ellos, los propios alemanes, los que se sitúan en la palestra: son los protagonistas, quienes lo provocaron y quienes lo sufrieron más directamente. De entre todas, cuya cabeza más visible es El Hundimiento, candidata al Oscar® a la mejor película extranjera en 2004, llama especialmente la atención un cierto subgénero en el que se parece querer advertir al incauto espectador: “Cuidado, no estás a salvo, esto aún puede volver a suceder”. El año pasado vimos La Ola, de Dennis Gansel y, en 2001, El Experimento (Das Experiment, 2001), del mismo director de El Hundimiento, Oliver Hirschbiegel.

La premisa de la película es atractiva: Tarek es un taxista que quiere recuperar su antiguo empleo como periodista, así que propone al director de su periódico participar como voluntario en un experimento del que ha visto un anuncio en la prensa. Consiste en, durante dos semanas, convivir en una falsa cárcel como prisionero o guardia, bajo la recompensa de ganar 4.000 marcos. Tarek lo grabará todo y conseguirá un buen reportaje porque, además, está convencido de una cosa: que detrás de la investigación se encuentra el Ejército. El Experimento se basa en la novela Black Box de Mario Giordano que, a su vez, está basada en un experimento real, el de la prisión de Stanford, llevado a cabo en 1971 en los Estados Unidos.

La noche antes de comenzar, Tarek da un golpe con su taxi a Dora, una hermosa mujer con la que pasará las horas previas a su confinamiento. La comunicación entre ellos es brutal: él puede volver a trabajar como periodista, y ella vuelve del entierro de su padre y probablemente abandone el país en los próximos días. Ambos están en dos momentos cruciales de sus vidas. Al día siguiente, Tarek se incorpora como conejillo de indias: renuncia a algunos de sus derechos fundamentales, tal y como le explican los investigadores Klaus y Jutta, y cambia su ropa por una suerte de vestido o saco con un número. Desde ese momento, pierde su nombre y será sólo identificado por esa cifra, 77, pues le ha tocado ser prisionero. AEl experimento otras siete personas se les ha asignado el rol de guardias, y la tarea de cuidar del orden en la prisión. La única consigna es no emplear la violencia para resolver los conflictos. La cárcel está ubicada en el sótano del edificio de la universidad desde la que se supervisa el experimento, lo mismo que la cárcel del experimento real, sólo que en la Universidad de Stanford, California, y no en un lugar indeterminado de Alemania.

Pero Tarek es periodista, y desde el primer momento intenta provocar un motín. Mientras más morbo haya, mejor será su reportaje, claro. Decisión sabia la de introducir a este personaje, desde luego: a efectos narrativos –y a efectos psicológicos, como se le llama más adelante-, es un “factor dinámico”, hace que la película avance. Sin embargo, da la impresión de que su figura va más allá, convirtiéndose en el primer juicio que Hirschbiegel y Giordano, director y guionista, introducen en la película. Tarek hace en la cárcel fílmica lo que los investigadores de 1971 hicieron en la realidad: intervenir para alcanzar su fin.

Pero El Experimento no es una crítica al estudio de Stanford. Tarek provocará un motín y tendrá su merecido por parte de los vigilantes; entonces, empezará el enfrentamiento personal con uno de ellos en concreto, Berush, arquetipo de personaje frustrado. Es fácil imaginarse qué piensa de sí mismo este guardia desde el primer momento en que se le ve: cree que la vida le debe algo, que le ha colocado en un sitio gris y anodino que no es el suyo. Lamentablemente, en cuanto se le da un poco de poder, aprovecha para convertirse en el superhombre vengativo que siempre ha deseado ser. Ambos son “factores dinamizadores” dentro de la cárcel, cara y cruz de una de las cuestiones que se quería estudiar en el experimento de Stanford: los efectos de los roles sociales impuestos en la conducta. Tarek, al ocultar a los organizadores que es periodista y presentarse como taxista, tiene claro que su rol es un fingimiento, y en escasos momentos de la cinta da muestras de asumirlo; de hecho, cuando empieza a hacerlo, no es por creerse un “prisionero”, sino cómo forma de supervivencia. Berush, al contrario, acepta casi desde el principio su papel de guardia. En la vida real, en un plano de igualdad, cualquiera puede mirarle mal, o insultarle, o incluso –fascinante detalle- echarle en cara que su olor corporal no es bueno; en una prisión, sin embargo, el hecho de llevar un uniforme le confiere superioridad y la autoridad para castigar.

Y lo más terrible de Berush es que puede tener un equivalente psicológico entre los presos: Schütte, el número 82. Afable, de maneras dulce..., igualmente frustrado aunque,  ¿quién no acumula un poco en su interior? El número 82 adopta con la misma facilidad que Berush su papel –en su caso, de preso-, hundiéndose aún más y despojándose de cualquier tipo de autoestima. Lo terrible es darse cuenta de que si el número 82 hubiera sido un guardia, se habría convertido en un tirano salvaje como Berush. Es, probablemente, en este campo donde El Experimento se vuelve más reveladora: el experimento de Stanford nunca tuvo unas conclusiones clara, y se debate aún hoy si sirvió para demostrar algo; la película de Hirschbiegel parece querer sacar a relucir algo que no es agradable oír: la predisposición de la naturaleza humana a la dictadura.

¿Qué sucede cuando se pone a personas buenas en un sitio malo? ¿La humanidad gana al mal, o el mal triunfa? Esta es la pregunta más general que pretendía responder el experimento de la cárcel de Stanford, según afirma el propio investigador Philip Zimbardo en su web. Para ello crearon su prisión ficticia: para estudiar cómo afectaban al hombre las circunstancias de aislamiento y confinamiento que se dan en una penitenciaría. Despojados de identidad personal –recordemos que sus nombres son números-, privados del contacto con el exterior, y sometidos a una disciplina que no siempre es comprensible, el recluso no tiene herramientas de relación a las que agarrarse. El miedo a este vacío, a no saber qué lugar ocupar, ni socialmente ni íntimamente, puede volverse insoportable. Y, normalmente en ese vacío, no manda ni la razón ni la conciencia ni la bondad: impera el trauma y se hace visible delante nuestra, siendo imposible no mirarlo. No es casual, de hecho, que la doctora Jutta descubra, con horror, cómo los guardias han llevado a la prisión una caja de aislamiento sensorial donde encerrarán a Tarek durante unas horas. De alguna manera, en la desesperación y la incertidumbre de este vacío, es más fácil acatar que rebelarse, sumarse a una doctrina y darla por válida en vez de valorarla y seguir buscando. Tanto prisioneros como guardias hacen suyo lo que tienen a mano; es decir, su rol. Y con las herramientas oportunas, es fácil manipular y reconducir las situaciones. Por ejemplo, todos los guardias saben que una manera eficaz de reprimir una revuelta es recurrir a la humillación. También, que el grupo es importante en un clima de alienación: Berush advierte a un compañero que puede abandonarles cuando quiera, sabiendo que ese salirse de la colectividad es aterrador en esas circunstancias.

El tramo final de la película puede poner los pelos de punta e irritar. Aunque cinematográficamente acumule algunos asuntos discutibles –casi todos relacionados con Dora, la chica de Tarek, que averigua demasiado y con gran facilidad, acudiendo al rescate del periodista justo cuando se la necesita-, anímicamente es demoledora: el experimento se clausura al sexto día con un balance de dos muertos y tres heridos graves, entre los que se encuentran los propios investigadores, que llegan a ser secuestrados y agredidos por los carceleros. ¿Brutal? El experimento de Stanford fue, igualmente cancelado a los seis días. No hubo muertos, pero sí violencia, enfermos y secuelas duraderas. Y algo mucho más aterrador: los propios psicólogos que lo organizaban asumieron sus roles de gobernantes de la cárcel, llegando a olvidar que aquello era una investigación.

Es cierto que la investigación de Philip Zimbardo aún hoy está en entredicho. Pero su valor, a juzgar sólo por la película, es demostrar, con un pesimismo lacerante, lo eficiente que son los mecanismos para controlar a una colectividad como si se tratara de un único ejemplar, y tullido: obedece casi a la primera, sabiendo que no está al cien por cien de sus posibilidades. Sólo la individualidad es peligrosa: el feroz guardián Berush, en la escena final de la película, un enfrentamiento con Tarek en la cocina de la facultad, coge un cuchillo e intenta apuñalarla. En ese instante, es consciente, por primera vez en seis días, de qué está haciendo: es un hombre empuñando un arma e intentando matar a otro. Es un momento vibrante, de esos que te hacen saltar del asiento y gritar para liberar tensión. Y algo dramático para él: está solo y, fuera de la conciencia de grupo que han desarrollado los guardias, aquello es un acto cruel y violento, no un correctivo para intentar controlar una revuelta.

A pesar de no ser una película redonda, sí que es valiente y sincera. Y, lo mejor de todo, que en ningún momento establece un paralelismo directo con la manipulación que llevaron a cabo los nazis con la población alemana durante la ocupación. No lo necesita: es evidente de lo que está hablando.

 

© 2009, Manuel Gay Moreno

info@elimpostor.com

 

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