
Transitar en los márgenes. Trabajar al margen de lo comercial, de lo habitual. Más allá de etiquetas, de formatos, de géneros, de modas. Sin pensar demasiado en un público concreto, en un tipo de distribución, en la crítica al uso. Ser y mantenerse coherente, exigente, reflexivo.
Hacer cine sin ataduras, sin complejos, en libertad, aunque a uno no acaben de encontrarle su espacio y tenga que moverse en los terrenos del documental de creación o directamente en el experimental, porque en algún lugar habrá que encuadrarlo a uno hoy que todo está tan formateado. Hacer cine por encima de todo y de todos y no parar. Sobre todo, no parar.
El cineasta francés afincado en España Jean Castejón Gilabert, del que muy pocos habrán oído hablar, es un tipo valiente. Su primer largometraje, La eternidad (2009), es una especie de cuento filosófico sobre el Valle de los Caídos, como a su autor le gusta denominarlo, que parte del documental, se adentra en territorios más propios de la ficción (un guión bastante cerrado, el trabajo de un buen puñado de actores) para acabar desembocando sorprendentemente en una especie de película de ciencia-ficción asiática de ambiente casi apocalíptico. Es, sin lugar a dudas, una de las aportaciones más interesantes y creativas desde el punto de vista cinematográfico a ese nutrido y diverso conjunto de películas, en su mayoría documentales, que han aparecido en los últimos años en torno al proceso de Recuperación de la Memoria Histórica en España.
De extraña belleza y sobrecogedora armonía formal, viene a confirmar el talento de un cineasta inquieto, responsable, y demuestra las enormes e inagotables posibilidades que el cine esconde en las fronteras de sus dos líneas fundacionales (cine de ficción y de no ficción) y, aunque algunos se empeñen en negarlo, en tanto medio de expresión y manifestación artística.

A Jean Castejón Gilabert le gusta definirse modestamente como alguien que hace películas, películas en las que la forma se adapta al contenido, nada más. Su trayectoria como cineasta y como docente, Castejón imparte habitualmente cursos de cine documental, arranca en la frontera del cine de no ficción para acabar poniendo en entredicho la fragilidad de esos márgenes que lo separan del cine de ficción, y que quizá tienen más que ver con diseños de producción o con políticas de distribución que con otra cosa. De vocación documentalista o no, quizá no apto para todos los paladares, Castejón Gilabert es un cineasta como la copa de un pino.
Partiendo del concepto de Recuperación de la Memoria Histórica de España y de un lugar físico concreto, el Valle de los Caídos, el mausoleo construido por Franco, con la participación de miles de presos del bando republicano, para albergar sus restos y los de «los caídos por dios y por la patria» tras la Guerra Civil Española; un monumento erigido «a la manera de los monumentos antiguos» y «para desafiar al tiempo y al olvido», La eternidad se acaba imponiendo como una reflexión de hondo calado poético, también ideológico, universal, sobre la propia naturaleza del ser humano y el inexorable paso del tiempo.
No es la primera vez que Jean Castejón parte del pasado. En su anterior película, el mediometraje Epiphanie (2002), el cineasta indagaba en su memoria familiar, la de dos familias españolas que se vieron obligadas a emigrar ante la difícil situación económica que se vivía durante los primeros años de la dictadura de Franco. Dos familias que se establecerían primero en Argelia y, tras la independencia de la colonia, en Francia, donde el cineasta nació. Un cuaderno de viaje que tenía mucho de búsqueda interior y en el que ya se intuían algunas de las preocupaciones éticas y estéticas de su autor.
Si en Epiphanie era un tren, en La eternidad es el Valle de los Caídos, como lugar físico, pero también como enclave psíquico y simbólico, el que sirve de hilo conductor de la narración. Una narración construida casi como un collage (de fotografías, imagen de archivo, imagen real y ficción) en el que diferentes historias, o fragmentos de historias, también de sonidos y música, se van enlazando a través del tiempo, y en el que pasado, presente y futuro se ven siempre atravesados por espirales de violencia que parecen no tener fin.
El Valle de los Caídos, construido «como altar de la Patria», como símbolo «de la España heroica, mística y eterna», nacido de la violencia y la oscuridad, confrontado al paso del tiempo, confrontado primero a la desmemoria, luego al olvido y finalmente a un futuro incierto, resistirá, como los monumentos antiguos, el paso de los siglos y de los conflictos por venir, pero llegará un día, como parece querer decirnos finalmente su autor, en el que acabará perdiendo por completo su significado.

Estrenada en junio de 2009 en el Instituto Francés, La eternidad podrá verse este mes de marzo en La enana marrón de Madrid.
Nos levantamos. Caemos. Nos levantamos de nuevo. Volvemos a caernos. ¿Existen los hombres que no hagan daño? ¿Es esto lo que estamos buscando?
Jean Castejón Gilabert, La eternidad