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El Impostor

Antoni Casas Ros

Enigma

 

ISBN: 978-84-322-2864-3; 192 páginas

PVP: 17 €; Seix Barral, 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No deja de ser paradójico que uno de los personajes que aparecen en Enigma afirmase una vez que “la literatura no tiene ninguna relación con la realidad”. Lo paradójico es que no lo dejó escrito en alguna novela anterior, ni en un spin-off. No, lo hizo ni más ni menos que en la propia realidad y en una revista de crítica literaria.

El personaje es Enrique Vila-Matas, y a buen seguro es más real que el autor de esta novela, el ¿joven? Casas Ros, enfundado aún, pero ya menos, en el disfraz de escritor anónimo y casi anacoreta que se construyó para su debutante y dubitativo Teorema de Almodóvar (finalista del Goncourt de primera novela). Esta paradoja sirve como muestra del juego de espejos deformantes y metaliteratura que nos presenta Casas Ros, que envuelve con un verano barcelonés una historia de envidias, falta de realización personal, tensiones sexuales y, por qué no decirlo, un punto de intriga.

No pasa Vila-Matas de la categoría de secundario, por mucho que en la parte final se vea involucrado de lleno en la trama, y nos encontramos en su lugar con dos estrellas principales, la propia Barcelona y los libros, y cuatro letraheridos protagonistas de carne y hueso. Está Naoki, japonesa de belleza sublimante, que pasea por los cafés condales rechazando amantes y reflexionando mientras ignora a Ricardo, poeta a la sazón asesino a sueldo, que compensa con lo segundo la falta de éxito en lo primero. Abre y cierra la obra Joaquim, quizá el “más” protagonista, un profesor universitario que no logra publicar sus propias novelas y siente hacia el resto un odio profundo que inclulca a sus alumnos, como su preferida Zoe, que cierra el elenco.

Sus voces, en primera persona, van tejiendo la tela de araña en la que se convierte Enigma. Joaquim persigue con poco éxito a Zoe, que a su vez consigue sacar de su ensimismamiento (sexual y personal) a Naoki mientras ambas son cortejadas por Ricardo. En cada giro, los hilos de la tela se van acercando más pero también van anunciando la debilidad de la estructura. La obra, además, se vertebra a través del plan maestro que Joaquim perpetra contra las obras que tanto detesta: inundar las librerías de ejemplares de clásicos (y no tan clásicos) con sus finales completamente cambiados. Precisamente la complicidad que termina surgiendo en el grupo a través, y a pesar de, sus veraniegos amores es el motor que mueve tanto este descabellado proyecto como la puesta en marcha de una librería que lleva el revelador nombre de Bartleby & co. en la que lo mismo se toman un café con el propio Vila-Matas como pasan la noche follando.

También lo hacen en la playa y en apartamentos de diseño, en parejas, grupos y en soledad, y van expiando sus complejos particulares con visitas al enigmático y sectáreo club Onyx. Absorbidos por la euforia del estío, durante un momento parece tan posible seguir mutilando obras como mantener su equilibrio interno. Pero entonces queda media novela por delante y todos sabemos que la literatura no perdona...

A pesar de las máscaras y del extenso campo de referencias literarias (alguien menos perezoso que yo las ha resumido: pincha aquí), Enigma no es una obra de difícil comprensión. Los cuatro protagonistas están marcados en exceso por la belleza y el blanco sobre negro, son excesivamente reflexivos, pero hay que reconocer que Enigma ha ganado en agilidad con respecto al Teorema de Almodóvar y algunos lugares de la trama son tan curiosos como interesantes. De hecho hace un uso apreciable del diálogo, uno de los puntos débiles de la primera, aunque a veces su introducción en los textos, todos en primera persona, resulte chocante. Son sólo las descripciones de los escarceos sexuales, algunas verdaderamente simples, las que destacan por debajo del nivel medio. Cuando leemos “por fin me acerqué a su sexo y bebí de él, mientras éste jugaba con mi lengua como una fuente de jazmín” (página 50) es imposible evitar un escalofrío, que cada uno interpretará a su manera.

Al final predomina la impresión de entretenimiento literario más que de obra maestra, pero también la duda de si no era eso precisamente lo que pretendía el autor. Por si les sirve de pista, les dejo con la banda sonora que da título, y algo más, al artefacto. Escuchen, lean, y me dicen:

 

© 2010, Roberto Domínguez

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