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El Impostor

Editorial

por SARA MORANTE

Sara Morante en El Impostor

Me piden que hable de qué es para mí la ilustración, y no se me ocurre mejor forma de empezar que con la lectura. Cuando leemos un libro, un cuento, un poema, trascendemos las palabras; fabulamos sobre este o aquel personaje, fantaseamos con la trama, nos inventamos el escenario sobre el que transcurre la historia que estamos leyendo, especulamos, nos recreamos, rellenamos aquellos vacíos que el texto, deliberadamente o no, deja en el aire.

Este es el mecanismo que se pone en funcionamiento sobre el papel, a la hora de ilustrar un texto. ¿Cómo era Antoinette Kampf, la adolescente despechada que protagoniza El baile, de Nemirovsky? Me gusta imaginarla como una muchacha delgada y escurridiza, mordiéndose las uñas o escondiéndose detrás de algún cojín cuando las normas de la buena educación no la obligan a estirar su cuello de jirafa. Agachada en el suelo, tras una cortina de damasco, observa cómo su madre, en primer plano (amplia, encorvada, contundente y enjoyada), revisa las invitaciones para el gran baile. Al Jacquemort de Boris Vian lo imagino como un hombre calmo, con su traje de punto y sus anteojos un poco deformados por olvidárselos tan a menudo dentro del bolsillo de su chaqueta. Hombros caídos, mentón alzado, contempla estupefacto todo cuanto le rodea pero la prudencia se refleja en su mirada. Ignatius O'Reilly es un hueso duro de roer…, pero saber que camina arrastrando los pies es un buen comienzo. Si esto no es disfrutar de una lectura...

En realidad, y que esto no salga de aquí, para el ilustrador el texto es solo una excusa, una lanzadera sobre la que volamos no solo sobre lo que el texto nos proyecta, sino también por aquellas sensaciones que las palabras nos ha devuelto a la memoria. Y en muchas ocasiones, otra historia, que no hemos podido evitar inventarnos, surge para metamorfosear un poco la lectura.

La ilustración es, así pues, lo que hacen los rumiantes: dibujamos y masticamos el texto, una y otra vez. También dicen que los ilustradores somos como hámsters: tenemos buches donde guardamos frases, párrafos o escenas condensadas en un concepto visual, y continuamente lo recuperamos para luego volverlo a guardar. Si algún ilustrador lee esto, espero que no se ofenda ni piense que le estoy llamado roedor; hablo siempre desde un punto de vista personal, y, desde luego, yo tengo dos grandes buches que sufren un diógenes patológico crónico.La ilustración no es sólo un adorno o un ornamento que decora el blanco sobrante de la página: un libro (o álbum) ilustrado se debería contemplar como un diálogo entre dos autores: el escritor y el ilustrador; cada uno ofreciendo su punto de vista, en la mayoría de los casos diferente, pero complementario. A veces el ilustrador dice cosas que el escritor calla, otras es el escritor quien ofrece un argumento que el ilustrador se limita a matizar ciertos detalles. No debe haber discusiones de los autores en un libro publicado, pero las discrepancias entre ellos están totalmente aceptadas: cada uno de ellos ofrece su mirada, y pueden perfectamente ser distintas.


Espero haber sido capaz de transmitiros cuál es mi visión sobre la ilustración, y que mi torpeza de palabra y esta facilidad mía para fabular con cualquier cosa de la que tengo que hablar, haya pasado desapercibida…

Sara Morante

 

© 2010, Sara Morante

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© El Impostor, 2010
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