New Yorker

 

 

 

 

El Impostor

El Impostor

My City, my beloved, my white!

EZRA POUND, N. Y

Las ciudades siempre me han parecido seres vivos, organismos enormes que desarrollan sus funciones fisiológicas mediante un raro quimismo que las convierte en animales fabulosos. Son sistemas que emergen de la tierra, y desde ella transforman energías, intercambian alientos, savias que desconocemos. A manera de inmensos arrecifes en donde se excavan las moradas de los hombres, las ciudades parecen estar dotadas de una peculiar conciencia, en torno a la cual se construye su personalidad. Las hay —cualquiera puede reconocerlo— que nos reciben con los brazos abiertos, animándonos desde el primer momento a desvelar sus laberintos. Otras, sin embargo, son excesivamente desconfiadas y, al aproximarnos a ellas, parecen reticentes a mostrarse. Las hay que, por múltiples medios, consiguen deshacerse del visitante incómodo. «Toda ciudad —dijo Rodenbach— es un estado de alma». Cada hombre guarda en su memoria el recuerdo dichoso de alguna, pero también el infausto de otras. Uno desearía vivir al tiempo en todas cuantas amó, aún cuando fuera fugazmente. De ahí la persistente ansiedad por regresar —una y otra vez— a su amable regazo, y cobijarnos en él, y sentirnos bañados en su tibieza. Por más que nuestro destino esté trazado y, al decir de Cavafis, ninguna ciudad logre redimirnos, puede sernos dulce su consuelo. Para ello debemos huir de la monotonía, del sedentarismo que ellas mismas imponen. Si nuestro cariño lo volcamos en sólo una, se volverá caprichosa y avarienta; y nuestra alma, se convertirá en sustancia opaca y correosa. A diferencia de los humanos, no suelen ser celosas, y saben acogernos con enorme alegría cuando regresamos a sus brazos luego de una prolongada separación. Pero al igual que nosotros, se enseñorean de nuestra voluntad si es que les somos fieles en exceso. No queda, pues, otro remedio que el nomadismo: «Mejor y venir hasta el fin de mi vida / entre la ciudad Sí y la ciudad No (Evgueni Evtuchenko)».

Me encantaría poder hablar de todas las ciudades que añoro, pero sería tedioso; así que en esta ocasión lo haré sobre una a la que, paradójicamente, no conozco lo suficiente. Tal vez esta sea la razón de que me fascinara; lo oculto nos resulta más seductor que lo manifiesto. Se trata de Nueva York, la ciudad-omphalos, la ciudad emblema de nuestra lánguida civilización. Nueva York es la cabeza de Occidente, la metrópolis, la otra Roma en donde se entrecruzan los caminos, en donde los ecos se confunden. Su historia es relativamente corta, pero intensa. Comenzó siendo la Nueva Amsterdan que los colonos holandeses fundaron sobre la isla de los indios manhattan. Orillada por los ríos Hudson y East, que se abren, a través de una intrincada y majestuosa bahía, al océano Atlántico.

Hace algo más de un siglo, Walt Whitman, el «hijo de Manhattan», celebró allí mismo al cuerpo eléctrico, a todos y cada uno de los átomos de la carne de los hombres y de las mujeres. Otras son las voces que ahora allí se escuchan: bullicio, algarabía de lenguas que se mezclan, y nos llegan como un bramar de océanos. Voces distintas que asemejan las diferentes caras de un enorme poliedro.

Hay quienes (quizás los más) han visto en Nueva York sólo una ciudad maldita, una Sodoma y una Gomorra, que debiera ser destruida por un cataclismo. En su seno nada más se encontrarían la molicie y podredumbre que alimentan el detrítico y venenoso espíritu de los tiempos que corren. De su suelo brotaría el hongo fatal que deja postrada, de tedio y de fatiga, nuestra alma. Nueva York es, para ellos, la ciudad de las vanidades, en donde los seres espejean y se confunden con sus propios reflejos. Pero como todo mal puede ser un bien (este es lenguaje de los sofistas) hemos también de preocuparnos de mostrar sus bendiciones.

En mi caso, he de confesar que me aproximé a ella no sin cierto recelo; fruto, seguramente, de la desconfianza propia de un hijo de la vetusta Europa que «desprecia cuanto ignora» Europa posee demasiado pasado, de ahí que su memoria se haya agigantado,y le impide moverse con agilidad. Antes de llegar a Nueva York los prejuicios eran en mí más poderosos que la inocencia. Pero, a pesar de ello, no tardé en verme —como les ocurrió a los compañeros de Ulises— preso en los sortilegios de esa suerte de Circe multiforme, de esa sierpe de innumerables cabezas. Y no porque viera en Nueva York a la Jerusalén Celeste, pues que nunca perdí de vista su vertiente siniestra: el Moloch terrible que, al decir de Allen Ginsberg, semeja a «una esfinge de aluminio y cemento» machacando sin cesar los cráneos de los hombres, para «devorar su imaginación y su cerebro». Nueva York se asemeja a la Gran Bestia apocalíptica, a la lúbrica prostituta que escupe llamaradas de lava desde sus fauces subterráneas. Entre el asfalto resquebrajado, como si fueran géiseres, se abre paso el vapor abrasador del Tártaro: Wall Street, Broadway, Fifth Avenue..., extendiéndose como seudópodos arborescentes, como oscuros canales por donde discurre la miseria. Nos podemos imaginar a Satán, con blanca y reluciente dentadura, acomodado en su interminable limusina.

Bien, pues a pesar de todo, sentí un profundo encanto, y también una innegable ternura. De ahí que pueda hacer míos los versos que Ezra Pound le dedicara: «eres una doncella todavía sin pechos / esbelta como un caramillo de plata». Sí, es Nueva York una muchacha blanca de una inocencia que resiste a las embestidas de la sombra. Sobre su profana geografía se edifica un mundo que ambiciona crecer; un territorio de planos y volúmenes pulidos, de vidrios en cuyo seno se construye la luz. La ciudad obliga al visitante a levantar los ojos, a imaginar el horizonte inasequible de la altura, el ámbito transparente de los pájaros. Y por extraño que pudiera parecer, en esa selva de faros y torreones, se rememoran los puntiagudos arcos de las catedrales góticas. Sí, allí también un alma sedienta puede sobrepasar otras fronteras, indagar otros destinos. Nueva York parece lanzarse en vertical hacia los astros. No todo en ella son túneles, cloacas donde habitan saurios innombrables, sino avaricia incesante por alcanzar la patria de los dioses. Como si el fin de la escoria, el destino último de la arcilla fuera transmutarse en un inmenso templo. ¿Acaso no es todo ese juego de formas geométricas el eco rutilante del universo eidético que imaginó Platón? Los rascacielos, lo mismo que las pirámides de los antiguos egipcios, parecen recubrirse de la piel cerúlea de los ángeles.

Nueva York, la Nueva Babel, de zigurats encendidos, muestra el mismo afán soberbio de los hombres por escalar el cielo, y escapar de los peligros de la tierra y sus diluvios. La misma sed y, seguramente, idéntico castigo. Pues que los inmortales entretienen su ocio en abatir las torres de los hombres, y en confundir sus voces.

© 2009, Miguel Florián

© Fotografías de Estrella García

 

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