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Olly Blackburn

Que últimamente el talento está más en la televisión que en los cines lo está constatando cualquier seguidor de series. HBO, Showtime y un largo etcétera de canales televisivos se han puesto las pilas para ofrecer las ficciones que, paradójicamente, no tienen lugar en el cine. En el Reino Unido, sin duda alguna, la palma se la lleva Chanel 4, artífices de esa joya llamada Skins que retrata al adolescente contemporáneo como nadie.

Chanel 4 maneja sus producciones con bastante tino. Y, lo mismo que HBO con True Blood, ha sabido camelarse a la audiencia joven con productos a su altura, frescos y bastante sobrados de calidad, al margen de un público adulto que también les sigue. La división de cine de la cadena es Film4, y cuenta en su haber con títulos como This is England, de Shane Meadows, o la brillante Boy A, de John Crowley. Suficiente para querer seguirle la pista.

Así, hace dos años, la película escándalo de la temporada venía de la mano de Film4, y se llamaba Donkey Punch. Dirigida por Olly Blackburn, conseguía reunir una serie de virtudes que, aunque parezca mentira, no todos los productos de este tipo son capaces de alcanzar. Vamos por partes: el título es el primer acierto. Donkey Punch, el golpe del burro. Según la película, una leyenda urbana más. Según Google, no hay rastro de esta práctica sexual hasta que hicieron la película. Pero sólo es cuestión de publicitarlo bien para que corra la voz. El golpe del burro consiste en que un chico penetre a la chica por detrás y, cuando esté a punto de eyacular, le de un golpe en la nuca. Así, el espasmo que ella sufre provoca que se le tensen los músculos de la vagina y aprieten el miembro sexual de él, provocándole placer.

Cuando en la película uno de los personajes cuenta la práctica, una chica pregunta: ¿y qué siente ella? Y él responde: no he entendido la pregunta. Terrible y triste realidad, mal que nos pese.

Donkey Punch se instala, por tanto, entre las prácticas de riesgo de los jóvenes, como la tristemente famosa, hace unos años, “muerte súbita”. Cuenta la historia de Lisa, Kim y Tammi, tres inglesas que van a pasar unos días de verano a Mallorca. Allí, conocen a tres jóvenes militares marineros también de vacaciones, Marcus, Blue y Josh, que les invitan a tomar unas copas en su yate, donde les espera el cuarto, Sean. El barco zarpa y ancla mar adentro. Los siete jóvenes flirtean y toman éxtasis. Es Blue, uno de esos chicos que uno identifica a la primera como conflictivo, quien habla del golpe del burro mientras los otros se dan un baño. Después, invita a Lisa y Kim a fumar “hielo ruso”. Se unen Josh y Marcus, y los cinco acaban, mareados pero divertidos, bajando a la suite del barco... Los “sensatos” del grupo, Tammi y Sean, se quedan en cubierta, charlando.

En la suite del yate tiene lugar una gran escena. En la ya mencionada Skins, los creadores conseguieron un nivel de realismo en las escenas sexuales brillante, pero aquí van más allá. La naturalidad y el morbo se combinan a la perfección para que seamos testigos de cómo Lisa y Blue, por un lado, y Kim y Marcus, por otro, tienen sexo en la misma habitación, mientras Josh, desparejado, graba el momento. Blue invita a su amigo a participar y se queda él con la cámara. Josh es el más joven e inexperto de los marineros, y desde el comienzo de la película busca impresionar o estar a la altura de sus colegas. Penetra a Lisa por detrás. Blue, sin dejar de grabar, ve que su amigo está a punto, y le recuerda el golpe del burro...

Lisa muere en el acto. En este momento, se acabaron las vacaciones para todos, y comienza la supervivencia. Los chicos quieren tirar el cadáver de Lisa y decir que cayó por la borda, pero las chicas no van a dejar que el asesinato de su amiga quede impune. Aunque, por supuesto, la sartén por el mango la tienen los dueños del barco. La tragedia se cierne sobre los jóvenes de un modo atroz. Si bien el argumento de Donkey Punch no es especialmente original, pues hay miles de películas de personajes encerrados en un único espacio con una situación crítica, su sentido de la tragedia sí que es admirable. Hay otro gran momento en la película en el que Marcus y Sean van a tirar el cadáver de Lisa, y son interrumpidos en su tarea por Kim y Tammi. Es una de estas escenas símbolo de toda una peli, en la que todos son conscientes de la dudosa moralidad de sus actos pero, sin embargo, se ven abocados a llevarlos a cabo irremediablemente. Todo se confabula para que esa escena brille: la oscura fotografía de Nanu Segal, la intensa música de François Eudes Chanfrault, la acertada planificación de Blackburn...

Este momento marca un punto de inflexión en los caracteres de los dos bandos: las dos chicas restantes comienzan a ser presas del pánico, cada una a su manera. Kim quiere sobrevivir a toda costa, mientras Tammi está dispuesta a agarrarse a cualquier resquicio con tal de no aceptar de pleno lo que está viviendo. Los chicos, por su parte, descubren que son capaces de hacer cosas que, hasta esa noche, pensaban que nunca podrían hacer. Y lo que sigue es, por tanto, un cúmulo de despropósitos y equívocos que no hará sino ir empeorando la situación. De hecho, quizás estos equívocos, que para que funcionen a la perfección deber estar bien amarrados a los caracteres de los personajes para que entendamos por qué actúan de esa manera, son lo más flojo de la película. Hay un par de ellos que chirrían. Sin embargo, con mayor o menor acierto, las actitudes de los protagonistas están ahí, y siempre se puede ver qué es lo que tenía que haber sido.

Vuelvo al razonamiento inicial: una película bien pensada. Diseñada para generar polémica y atraer al público hasta el cine, para ver qué hay de cierto en todo lo que se cuenta. Y, aparte del sexo –que siempre vende- que implica el “golpe del burro”, ofrece una historia de suspense relativamente bien armada que consigue abatirnos conforme avanza su metraje. Todo esto, regado con una banda sonora que, por un lado, recogía los grandes éxitos del momento y futuros –cuenta con Young Folks, de Peter Bjorn o la remezcla de Justice de We Are Your Friends de Simian, canción esta, según algunos blogs, que no puede faltar en una fiesta de modernos- para la primera parte de la película, centrada en la juerga de las vacaciones, y que para la segunda se apoya, sobre todo, en la partitura de Fraçois Eudes, prometedor compositor francés señuelo de algunos de los títulos más punteros de terror de la cinematografía gala, como Haute Tension, de Alexandre Aja, o A L’interieur de Alexandre Bustillo y Julien Maury.

Desde luego, no es la película ideal si eres padre y tus hijos se van a pasar unos días a una isla de un país extranjero. Pero sí un refrescante y atroz divertimento, con las dosis justas de reflexión, tanto conservadora como no, y un buen ejemplo, desde el punto de vista de quien escribe, de que vale la pena arriesgarse y, contra todo pronóstico, ofrecer al público lo que está demandando.

 

© 2010, Manuel Gay Moreno

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