E. E. Cummings

Edición bilingüe
ISBN: 978-84-7517-476-1;
360 páginas; PVP: 15 €
Hiperión, 2007
Edward Estlin Cummings escribía su nombre en minúsculas, y a mí me gusta pensar que era por delicadeza, por elegancia, la elegancia de los tímidos, y como síntoma de melancolía. Como si dijese: "me llamo edward cummings, como todo el mundo".
Cummings disponía de una sensibilidad fuera de lo común, su poesía tuvo suerte y, desde el principio, se le consideró dentro del panorama contemporáneo de poetas como un autor original, y tremendamente personal.
No se puede hablar de Cummings sin decir de él que es uno de los mejores autores de Norteamérica; pocos autores entre sus contemporáneos tienen un estilo tan personal, con el mismo carácter o sutileza. Sus textos son un juego casi infantil entre palabras y emociones, y precisamente es esa pureza, esa ingenuidad y, en ocasiones, esa ironía o sarcasmo, su principal característica. Tiene una obra extensa, que tocó también el teatro, la narrativa y el ensayo. La selección que Hiperión publica con el título Buffalo Bill ha muerto, que además es el título de uno de sus poemas más famosos, es una delicia que recoge una muy acertada selección de sus poemas más intensos. Si Salinger hubiera sido poeta, hubiese escrito como Cummings. También en algunos versos de irremediable melancolía, se puede ver a Eliot pasear por entre las líneas. El resultado de su trabajo no se puede mejorar, es posiblemente uno de esos poetas en los que la palabra da de lleno en el blanco, la precisión, la sabiduría íntima de utilizar justo la palabra adecuada y no otra.
Sus estructuras juegan al caligrama, al dibujo, rompen toda métrica y aun así forman piezas de una cadencia musical que rima con el viento, que rima no con la palabra lluvia sino con la lluvia. Con la tristeza, con la luz de algunas tardes, con un gesto inolvidable, riman con la nieve y su helada elegancia y, en ocasiones, riman también con el silencio consiguiendo con algunos de ellos cortar el aliento del lector.

El juego es evidente como lo es también ese intencionado punto de vista de niño que aparece en muchos de sus textos y que, junto a la concisión y brevedad, hacen de sus poemas pequeñas gotas brillantes, esencia poética, como ocurre, por ejemplo en la poesía japonesa, en el haiku. El haiku es una composición brevísima (apenas un par de versos) que destila, en unos pocos trazos, un contenido emocional inmenso y eso es en cierta manera lo que hace Cummings. Adentrarse en el hermoso tema de los fenómenos meteorológicos, hablar de la lluvia, de la nieve, del frío… es también eje principal en la poesía japonesa. La naturaleza como metáfora del alma. La atención a los momentos minúsculos, a la gota de agua que lentamente resbala por un cristal, al copo de nieve que elegante traza su caída en una fría tarde en un parque. Palabras que empapan como lluvia fina, como niebla… Leer a Cummings es respirar el olor de la tierra mojada, es pensar en pájaros, y es también saltar en los charcos riendo como un niño ante el íntimo ritual, casi siempre inadvertido, que es el minuto a minuto de cada día.
Tanto en sensibilidad como en sentido del humor, en ironía e incluso en crítica Cummings resulta tremendamente brillante. Hay una buena parte de sus poemas que son piezas únicas, de temas aislados como la política, el género humano, la guerra (en la que él estuvo, por cierto), temas en los que también se evidencia el dolor, la indignación o la sátira, y que hacen de su poesía un cuerpo heterogéneo con diferentes registros, diferentes objetivos, y temáticas sin encerrarse o encasillarse en un mismo modelo repetido.
No puede nadie hablar de poesía sin haber leído a Cummings, abrir una de sus páginas al azar es comprender, en ese mismo instante, que hay personas, como Cummings, que escribieron su poesía para que nosotros sepamos cómo decir las cosas, nombrarlas de otro modo, más bello, más intenso…
© 2011, Natalia Zarco