
El hombre que encontró a Matilde Urbach

Juan Bonilla, cónsul en Jerez del Reino de Redonda, fue el hombre que encontró a Matilde Urbach…; fue el hombre que jugó una partida de ajedrez con Barcelona que acabó en zuzgwang…, il viaggiatore di una notte d'inverno, el que apaga la luz… Por misteriosas causas o casualidades sobre las cuales los libreros nos interrogamos, Juan Bonilla no ha ganado nunca un concurso de relatos del mismo modo que un poeta tan intenso y original como Jesús Aguado no ha ganado jamás un certamen de poesía. Los autores que habitan en las afueras del mundo editorial suelen ser, al contrario de lo que puedan decir las listas de ventas, los encargados de dar cuerpo y solidez a la literatura de cada país. Sus obras libres de condicionamientos, al margen de la llamada actualidad, son textos originales puesto que pertenecen exclusivamente al universo íntimo del autor y no al del público general. Esto significa que son libros con rasgos inconfundibles, con esa huella única que los distingue y aísla, que los rescata del marasmo de páginas impresas que se publican no porque contengan fuegos artificiales ni efectos especiales, sino porque están escritos desde una perspectiva individual, personal y concreta.
Los lectores de estos habitantes de las afueras, consumidores de lo especial, buscadores de lo diferente, que le piden mucho más a la lectura, mucho más a cada historia son, como nos cita el propio Bonilla, sociedades secretas de solitarios, seguramente formados por un único miembro, fácilmente distinguibles por los libreros que les observan..., pues son los que llegan a los títulos rebuscando y husmeando en los estantes de las librerías, persiguiendo ese ejemplar mágico, milagroso, que estaba ahí esperando ser encontrado.
Descubrí a Juan Bonilla hace muchos años, en una librería de Barcelona. Cayó en mis manos un ejemplar de El que apaga la luz, de aquella primera edición que hizo Pre-Textos hoy agotada, con una portada preciosa como pocas… Compré el libro, por supuesto, pero lo leí íntegro antes, allí clavada ante el estante en el pasillo de la librería, de pie durante una hora o más, no sé. La literatura de verdad es la que nos desnuda de golpe, la que sin hablar de nosotros ni de lejos nos delata señalándonos con el dedo, la que parece que nos revela un secreto y sobre todo de la que no sale uno de la misma manera que entra: después de leer la obra algo, por pequeño que sea, ha cambiado… Poco tenía yo que ver con cualquiera de los personajes de los relatos de Bonilla, en cambio sentí con asombro que ese autor sabía prácticamente todo de mi persona.
Hay que leer a Juan Bonilla. Hay que leerlo para entender que hay muchas formas de escribir pero hay una que sabe adentrarse por las grietas, infiltrarse como el viento hasta el alma, y no porque sepa crear esa facilona empatía o identificación del lector con sus personajes, sino porque sus criaturas son tan concretas e individuales como universales. Hay que leer a Bonilla y empezar por sus cuentos de El que apaga la luz, o de La Compañía de los Solitarios, donde hay relatos incomparables que una vez leídos una vuelve a querer leer y no olvida fácilmente. El autor sabe jugar con las palabras, sus textos saben jugar con el lector, su humor al mismo nivel casi que su melancolía convierten su literatura en un delicioso ejercicio que se termina con ganas de más. En sus libros, aunque se desarrollen en la aparente normalidad y sus habitantes sean de lo más común, siempre hay un gesto, un nombre o apellido, un detalle mágico, un momento decisivo en el que ese texto se aleja definitivamente de lo verosímil, de lo real, para sumergirse de lleno en lo literario, en la ficción, en todo lo que de realidad absoluta tiene la ficción.
Ese juego, ese umbral que cruzan sus personajes, como si entraran y salieran a través de un espejo, esa facilidad para convencernos de estar contando algo absolutamente cotidiano y acabar dándole la vuelta hasta rozar lo increíble es lo que hace de los relatos de Bonilla un precioso juego en el que apetece entrar. Tanta gente sola, su último libro en Seix Barral, es un ejemplo fabuloso de ese juego, de esa oscilación entre la ficción y la realidad, entre la literatura y la metaliteratura. Las historias se interconectan entre sí por puntos minúsculos, por lazos invisibles tejiendo una trama, una tela de araña en la que incluso una como lectora acaba sintiéndose ficción, parte de la ficción, parte de ese universo literario tan personal.
Hay que leer a Bonilla sí, como hice yo, persiguiendo al autor desconocido por las páginas y los párrafos, enamorada de esa elegante manera de aparecer y desaparecer él mismo en sus historias, en sus poemas, de revelarse y ocultarse después, de dar una pista o dejarse ver para después borrarse entre las líneas del texto y confundirse entre haches y emes y no dejar más rastro que una frase aquí o allí…
Cuentos como «El terrorista pasivo» o «Las Musarañas», de El que apaga la luz, cuentos magníficos como «El mejor escritor de su generación» de La compañía de los solitarios, en el cual hay un monólogo enfadado en boca de la madre del protagonista que me hizo llorar de risa las mil veces que lo leí.
Cuentos como los de La noche del Skylab, y los de El Estadio de Mármol… Según ha ido creciendo su obra, más sólido se ha hecho su universo, siempre lleno de referencias y citas magníficas, pues si algo valoro profundamente de Bonilla es la cantidad de autores que cita en sus escritos y que te llevan a otros mil lugares y páginas. Recuerdo el personaje protagonista de la novela Nadie conoce a nadie, le recuerdo como un enfermo de literatura total y absoluto, con un discurso mental tan fascinante que el resto de la historia, que sin duda era interesante, se me quedó en pura anécdota pues yo pasaba las páginas persiguiendo todos los agudísimos y divertidos devaneos mentales del personaje, su peculiar filtro convertía su realidad en otra cosa, en ficción… «Hay dos maneras de regresar al punto que acabas de dejar a tus espaldas. Una consiste en darse la vuelta. La otra en dar la vuelta al mundo».
Recuerdo también los personajes tan periféricos de esa novela que está «escrita en blanco y negro», esa novela desaparecida y olvidada que sólo unos pocos recordamos, Cansados de estar muertos, y que me gustó tanto que me convirtió durante un tiempo en una Morgana errante por la ciudad, por una Barcelona secreta de cielos crepusculares azul de Prusia, que usaba perfume de mandarina y lloraba en los parques… «Por qué no. Me parece una idea preciosa, pero las ideas preciosas que se dejan morir sin hacer nada por convertirlas en hechos son todavía peores que las demás ideas. Vamos, con un poco de suerte averiguaremos a qué pisos corresponden las ventanas encendidas, llamaremos a los timbres de los porteros automáticos y le contaremos a quien conteste que el televisor se nos estropeó justo cuando iba a empezar Novecento, y entonces le preguntamos si nos puede invitar a verla en su casa, dice Morgana elevando las cejas para indicar que la idea le parece lo suficientemente luminosa como para no dejarla envejecer en el limbo de los propósitos inviables...».
O la inolvidable novelita que habré recomendado mil veces en la librería y que tristemente ahora está agotada, Yo soy, Yo eres, Yo es, narrada por un muchacho de trece años que hemos sido todos, incluso los que no hemos sido muchachos… «Yo soy. Yo eres. Yo es. Yo somos. Yo sois. Yo son... Si quieres sobrevivir, habrás de aprender a conjugar el verbo ser de esta manera. No es fácil, resulta costoso, no basta repetírselo una y otra vez hasta tatuárselo en la corteza del alma, hay que creérselo, lo más difícil es creérselo, pero una vez lo consigues puedes dar el siguiente paso, aprender a conjugar el verbo amar para no conformarse con sobrevivir, para que tus deseos dicten a la realidad la forma en que ha de desarrollarse: Yo me amo. Tú me amas. Él me ama. Nosotros me amamos. Vosotros me amáis. Ellos me aman.»…
Sus libros de poemas, sus textos para niños, sus libros de artículos periodísticos entre los cuales hay algunos que son verdaderas piezas literarias, brillantes y lúcidas, coherentes y llenas de ironía y de humor. En El arte del yo-yo también publicado en Pre-Textos hay un buen ejemplo de los primeros artículos, los que publicó La Carbonería de Sevilla en un precioso ejemplar titulado Veinticinco años de éxitos. Sus escritos periodísticos sobre literatura han sido para mí la guía perfecta para descubrir caminos, atajos, nombres y títulos, textos extraordinarios de los que están o estuvieron en las afueras y que poco a poco han ido ocupando el lugar que se merecen y llegando al lector que les esperaba en el transcurso del tiempo, para hacer que esa maquinaria delicada y oculta funcione.
Hay que leer a Juan Bonilla, si uno consigue hacerse con sus libros, y después contarlo a un amigo, a dos como mucho, para que sus textos sigan vivos, moviéndose de una mano a otra, de un estante a otro, de un lugar a otro… y se vayan encontrando cada uno con su lector, con ese que aún no lo sabe, que no le conoce, pero que de algún modo, le está esperando.
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