
Las personas del verbo

ISBN:978-84-322-0780-8
Páginas: 213; PVP: 12,50 €
Editorial Lumen; Barcelona, 1998
Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990) vivió dos vidas, como mínimo, y murió dos veces, también como mínimo. Alto ejecutivo y poeta, burgués de izquierdas (aunque él mismo dijo en alguna ocasión que dejó de ejercer), bisexual quizás a su pesar, su vida y su obra fueron tan compleja la primera y tan completa la segunda que aún hoy, veinte años después de su muerte, sigue inspirando a autores, estudiosos, biógrafos y e incluso cineastas. La película El cónsul de Sodoma, dirigida por Sigfrid Monleón, protagonizada por Jordi Moyá y que logró cinco nominaciones para los premios Goya, es la más reciente expresión del magnetismo que despierta la figura de este autor. Un ser irrepetible, con una vida al margen de las imposturas, al que desde nuestro magazine queremos invocar, citando uno de sus versos, en una de esas memorables noches de rara comunión, con la botella medio vacía, los ceniceros sucios, y después de agotado el tema de la vida.
Porque no es de la existencia terrenal del poeta de la que deseamos hacernos eco, o al menos no de manera central. Entre otros motivos, porque poco más puede añadirse a la completa biografía escrita en 2004 por Miguel Dalmau y editada por Circe. Una obra a todas luces recomendable porque, además de desgranar todos los claroscuros del poeta a través de los recuerdos de muchas de las amistades que fue labrando a lo largo de su vida, como la de Carlos Barral o Ángel González, también permite relacionar su producción literaria con los diferentes momentos vitales del poeta; cuestión esta que no carece de importancia, pues la poesía de Gil de Biedma, o gran parte de ella, se enmarca dentro de la llamada «poesía de la experiencia», que a muy grandes rasgos se significa por valerse de imágenes o situaciones vividas, no necesariamente desde la objetividad, como base del poema.
Parafraseando de nuevo al poeta, para conocer a Jaime Gil, para aprenderle, la Editorial Lumen publicó en 1998 una nueva edición de su antología poética Las Personas del Verbo, prologada por Carme Riera, en la que recoge junto al poemario completo del autor, las notas del mismo a las diferentes ediciones publicadas en las que fue incluyendo, eliminando o cambiando de orden alguno de sus poemas. Una actividad absorbente, en palabras del propio poeta, que para él justificaba en buena medida la casi nula producción literaria a partir de su muerte. Digo bien, a partir de su muerte. Porque como mencionaba al comienzo de este texto, Jaime Gil de Biedma murió como poeta «activo» mucho antes de su fallecimiento. Su último libro, aunque no su último poema, titulado precisamente Poemas Póstumos (1968) (título que valió más de un malentendido) recoge versos tan deliciosos como los del poema «Contra Jaime Gil de Biedma», «No volveré a ser joven», «De Senectute» o «Tras la muerte de Jaime Gil de Biedma». Respecto a su muerte literaria, el propio poeta tenía varias teorías, entre las cuales la más recurrente, y probablemente la más verdadera, era que a través de la identidad literaria que se había creado a lo largo de su obra y que había llegado a asumir como propia, Jaime Gil de Biedma había pasado de ser poeta a convertirse, finalmente, en poema.
El poeta que vivió una doble vida y que sufrió una muerte doble nos dejó, pese a su breve obra, algunos de los más grandes poemas de la segunda mitad del siglo XX. Entre ellos, destacan varios de los contenidos en su libro Moralidades (1966), como «Días de Pansanjan», «Peeping Tom», «A una dama muy joven, separada» o el que para muchos, entre los que me incluyo, es su poema cumbre y quizás uno de los poemas cumbre de la historia de la literatura española: «Pandémica y Celeste», una difícilmente igualable reflexión sobre el amor y el deseo en la que el poeta se desnuda ante el lector y lo invita a caminar con él a tavés de su propia experiencia de promiscuidad hasta llegar al verdadero amor, a aquel que permite la redención con el pasado y la paz en la muerte.
Irónica, vitalista, pero permanentemente consciente de la pérdida constante que supone amar y vivir, la poesía de Jaime Gil de Biedma rebosa sinceridad y belleza porque es la obra de un hombre que vivió la creación literaria como un medio para sobrevivir a su propia vida, para conciliar sus eternas contradicciones. Y el lector que la descubre, como yo la descubrí hace ya muchos años, rara vez olvida alguno de sus versos, alguna de las imágenes que evocan sus poemas. Con la poesía de Jaime Gil a veces sonreiremos cómplices y otras veces nos avergonzaremos hipócritas. Porque, como el título de la antología indica, las personas del verbo son Yo, Tú, Él, Nosotros, Vosotros y Ellos.
© del texto y la ilustración; 2010, A. Carrión
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