Escribo estas líneas desde el invierno de Montevideo. Pienso en el calor sofocante de los últimos días en Madrid y en películas que aborden el tema del verano. Acuden a mi encuentro recuerdos de infancia y juventud, de cines al aire libre y de fugaces amores de verano. Son recuerdos hermosos, cargados de nostalgia, de un tiempo en el que todo era posible, en el que todo estaba por vivir. Eso lo tenía el verano, venía incluido en el precio. El verano era la inconsciencia, el verano era la vida. Era. Resulta curioso. La utilización del pasado en este caso resulta curiosa. Si se fijan casi todas las historias de amor que se desarrollan en verano son evocaciones del pasado, reconstrucciones idealizadas de lo vivido, recuerdos distorsionados más o menos interesadamente que contrastan no pocas veces con la triste y cruda realidad. Es con la llegada del otoño y del frío que llega la introspección. También los defectos del ser amado. Los defectos de la vida en general. En fin. No deja de ser una cuestión climática. No se puede reflexionar a 40 grados a la sombra. Cada época del año está para lo que está. Recuerdo el método de trabajo de Jack Kerouac, que se pasaba seis meses viajando y seis meses encerrado en casa escribiendo sobre lo vivido en el transcurso de sus viajes.
Sigo dándole vueltas al asunto. Al otro lado de la ventana hace un frío de mil demonios. Resulta desolador. Y para colmo de males esta próxima semana se celebra en Uruguay la Fiesta de la Nostalgia. Sí, lo han oído bien. La Fiesta de la Nostalgia. Son cosas que solo pueden suceder acá, incomprensibles y un poco aterradoras para alguien de fuera, para alguien que no acaba de entender en su justa medida lo que es y lo que significa el río de la Plata. Además es una fiesta multitudinaria, la más importante del año. Yo siempre me llevé bien con la nostalgia pero de ahí a institucionalizarla y convertirla en fiesta nacional… Además no tengo muy claro que estos aspectos de la idiosincrasia uruguaya sean el camino más adecuado para enfocar este artículo.
Porque yo quería hablarles de amor, de un viejo amor de verano en Suecia. Quería hablarles de cine, de una película que inspiró y marcó a toda una generación de cineastas allá por los años 50 y 60. Pero no quería hacerlo desde la nostalgia. Porque hay películas por las que no pasa el tiempo y siguen estando vigentes. Y porque las películas están ahí siempre, siempre, siempre, a tiempo real, en presente, esperando para ser descubiertas y revisitadas.
Quería hablarles de Mónica, una chica humilde que trabajaba en un triste mercado de verduras del Estocolmo de 1952 y de un verano y una mirada a cámara con la que empezó a gestarse el cine de la modernidad. Al principio la tacharon de neorrealista, de neorrealista sueca, y es verdad que Mónica no necesitaba maquillajes y tampoco tenía ningún reparo para exhibir su desnudez y naturalidad sin complejos, pero es que había algo más, Mónica quería ser libre, era una mujer moderna, y quizá por eso siempre fue una mujer un tanto incomprendida.
Un verano con Mónica cuenta la historia de Mónica y Harry, dos jóvenes de un barrio humilde de Estocolmo que se conocen en un café y que se enamoran perdidamente. Como Harry ha sido despedido de su trabajo y Mónica necesita escapar de su penosa realidad familiar, deciden aprovechando el verano abandonarlo todo y marcharse a vivir a una idílica isla cercana. El suyo es un amor al margen de lo establecido, al margen de las convenciones sociales de los adultos y de las penurias de la vida en la ciudad. Y al principio todo va bien. Toman el sol desnudos en la playa, beben, van a bailar... Pero pronto comienzan los problemas. La comida escasea y empiezan a robar en las casas de los alrededores. Mónica es sorprendida y logra escapar. Pero la situación ha tocado fondo, Mónica se ha quedado embarazada y los jóvenes, incapaces de salir adelante únicamente con su recién estrenada libertad, no tienen más remedio que volver a la ciudad… Pero en la ciudad, con la llegada del otoño y del frío, todo cambia, Harry encuentra un trabajo y se hace cargo del bebé… pero Mónica es incapaz de asumir su nueva vida como madre y esposa y les abandona.
Un verano con Mónica, la primera película importante de Ingmar Bergman como le gusta decir a más de uno, supuso el primer gran papel de la inolvidable actriz Harriet Andersson y marcó decisivamente a toda una generación de cineastas que luego abanderarían el cine de la modernidad. Junto a Viaggio en Italia (1953) de Roberto Rossellini, aunque partiendo de postulados éticos y estéticos muy diferentes, se podría llegar a afirmar que inventó el cine moderno.
Y es que con la desafiante mirada a cámara de Harriet Andersson hacia el final de Un verano con Mónica, uno de los retratos de mujer más apasionantes y fascinantes que se han creado para cine, y como le gustaba decir al propio Bergman "se estableció de repente y por primera vez en la historia del cine un descarado contacto directo con el espectador".
Si no la han visto, mírenla. No la olvidarán fácilmente. Se lo digo sin nostalgia, aunque seguramente les estoy mintiendo.