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El Impostor

Herman Melville

 

Traducción de Mª José Chuliá

Ilustraciones de Javier Zabala

ISBN: 978-84-935578-6-7

Páginas: 79; PVP: 25 €

Nórdica Libros; Madrid, 2007

 

 

 

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Cuando pienso en Bartleby, el escribiente, me vienen a la memoria personajes como Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de El Perfume, o Ignatus J. Reilly, de La Conjura de los Necios. Criaturas extraordinarias que dejan una huella tan profunda en el lector (sin duda en aquel que sepa apreciarlas en su complejidad) que, con el paso de los años desde su descubrimiento, consiguen desgajarse del relato que los vio nacer e incluso del autor que les dio la vida. Consiguen, por más que el lector pueda olvidar los detalles de sus historias, permanecer en su memoria como extraños miembros de una segunda familia a la que, no obstante, es de recibo volver a visitar de cuando en cuando a través de sus álbumes de fotos: los libros en los que se conocieron.

Y en este sentido, es imprescindible reconocer el acierto de Nórdica Libros en la edición ilustrada de este relato de Herman Melville (1819-1891), universalmente conocido por ser el autor de Moby Dick. Una preciosa edición en cartoné y formato álbum, que invita al tacto, que ha sido traducida por Mª José Chuliá García e ilustrada por Javier Zabala (Premio Nacional de Ilustración 2005), con la maestría necesaria para redondear, sin ensombrecer, este imprescindible relato. Ninguna colección de libros de un lector con clase, estoy convencido, debería mantener una edición de este texto que no se le parezca a la que tan bien ha sabido destilar la editorial madrileña.

Wall Street, Nueva York, mediados del siglo XIX. Un abogado, el narrador del relato, desarrolla su actividad en un pequeño y oscuro despacho junto a sus tres ayudantes, Nippers, Turkey y el joven Ginger Nut, dos escribientes y un ayudante que transcriben y revisan hipotecas, testamentos, actas, capitulaciones y otros documentos jurídicos. Con ellos y sus excentricidades, pues cada ayudante tiene hilarantes manías en cuanto a su forma de trabajar y vivir, el abogado pasa los días hasta que, ante el creciente volumen de trabajo, se ve obligado a contratar a un cuarto escribiente que aparece una mañana en la puerta de su despacho con su figura Pálidamente pulcra, lastimosamente respetable e incorregiblemente desolada. Es Bartleby.

Bartleby, el nuevo amanuense, es eficiente y muy silencioso, trabaja de sol a sol y sólo se alimenta de tortas de jengibre que come en su escritorio. Pero al contrario de sus compañeros de despacho, histriónicos pero obedientes, Bartleby parece incapaz de acatar mandato alguno de su empleador. Preferiría no hacerlo, dicho con firmeza pero sin insolencia,es la respuesta del protagonista que se repetirá sucesivamente a lo largo del relato. Una frase simple pero rotunda que sembrará el desconcierto y aun el enfado de su jefe y que le hará dudar continuamente entre ejercer su autoridad coercitiva o apiadarse de Bartleby, que le enternece por su sincera y silenciosa debilidad, por la misteriosa presencia de un ser del que nada conoce porque acaso carece de historia. No hay nada que exaspere más a una persona seria que la resistencia pasiva, comenta el narrador en un momento de la historia. Sin embargo el lector descubrirá, junto al abogado, que no hay nada que seduzca más a una persona seria que aquello que se escapa a todo razonamiento.

Por eso Bartleby enamora, entristece y llega a exasperar en algunos momentos del relato. Porque su actitud es ilógica y poco práctica. Porque pese a que Bartleby es del todo inofensivo, su comportamiento despierta a su alrededor incomodidad y desconfianza. Sin embargo, nada permitirá al lector, como al abogado, abandonar a su suerte a este personaje que parece representar a un tiempo toda la bondad y fragilidad del ser humano. Que parece destinado, como las hojas de los árboles, a caer y destruirse de manera irresolublemente digna por haber escapado de la practicidad simplicista y egoísta de nuestra especie.

 

© 2009, Ángel C.

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