
Barfly
La reedición para dvd de la olvidada Barfly –El borracho– (Barbet Schroeder, 1987), aprovechando el tirón de la salida en vídeo de The Wrestler –El luchador– (Darren Aronofsky, 2008), supone una excelente excusa para dedicarle unas líneas al actor Mickey Rourke, un ángel caído a la búsqueda de la redención creativa.
Cuando en 1987, Mickey Rourke decidió meterse en la piel del mismísimo Henri Chinaski –alter ego del gran escritor Charles Bukowski–, “el borracho más feliz del mundo” en Barfly, el actor, o mejor dicho la estrella de Hollywood, se encontraba en la cresta de la ola. La inefable Nueve semanas y media (Adrian Lyne, 1986) lo había catapultado definitivamente al estrellato y lo había convertido en un mito erótico a escala planetaria. Pero Rourke, que a su fama de tipo problemático unía por aquella época la de actor, venía de protagonizar tres o cuatro de las películas más importantes de la década. Su inolvidable participación en las extraordinarias Rumble fish –La ley de la calle– (Francis Ford Coppola, 1983), Manhattan Sur (Michael Cimino, 1986) o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987) lo habían convertido en uno de los actores más importantes de su generación.
En aquella época, Mickey Rourke lo tenía todo y podía permitírselo todo. Abonado al escándalo y acostumbrado a que le consintieran todos los caprichos y las salidas de tono propias de una estrella de Hollywood, parecía empeñado en querer demostrar que ante todo seguía siendo actor, un actor de método (había estudiado en el Actors Studio) que elegía cuidadosamente sus proyectos. El borracho, curiosísima película producida por Francis Ford Coppola y dirigida por el francés Barbet Schroeder sobre un guión (de próxima publicación en Ocho y medio) del propio Charles Bukowski –que poco tiempo después publicaría la desternillante novela Hollywood (Anagrama, 2006) sobre sus vivencias durante el proceso de producción de la película–, fue un trabajo muy estimable a la vez que controvertido que le valió a Rourke el beneplácito general de la crítica. Para el actor, aquella delirante historia de vagabundos borrachos, que permitía adentrarse en el fascinante y enloquecido mundo literario y biográfico del gran escritor americano de la segunda mitad del siglo XX, suponía un auténtico reto interpretativo que lo alejaba de la imagen de chico guapo y atormentado que lo había catapultado al olimpo de Hollywood. Aunque el gato al agua de la función se lo acaba llevando la gran Faye Dunaway, la carismática interpretación de Rourke como el entrañable y sensible Henri Chinaski, escritor vagabundo, borracho, gordo, feo y asqueroso, una auténtica bestia transparente rebosante de humanidad, nunca dejará de sorprendernos. Los grandes personajes de Rourke siempre habían tenido un trasfondo oscuro, atormentado, fascinante, pero parecía como si el actor necesitara transformarse físicamente, sembrar su rostro y su cuerpo con las cicatrices de su interior, para demostrar su valía como intérprete.
En no pocos aspectos, El borracho supuso su último gran trabajo de la época. Hoy en día, más de veinte años después, resulta cuando menos curioso establecer un paralelismo entre el personaje que interpretaba en aquella película, también en la manera de interpretarlo, y el nuevo y “renovado ”Mickey Rourke de películas como Sin City (Robert Rodríguez, Frank Miller y Quentin Tarantino, 2005) en la que el actor vuelve a brillar con luz propia, si bien la luz ha cambiado bastante, o la extraordinaria y redentora El luchador.
Lo que son las cosas, su creación de Henri Chinaski en El borracho fue el canto del cisne del actor, o de la estrella para ser más exactos Mickey Rourke, que poco tiempo después entró en una dinámica errática que, fracaso tras fracaso, acabó desembocando en una decadencia creativa y en una deriva autodestructiva –rebosante de escándalos, drogas y alcohol– que se acrecentó en la década de los 90 y que lo acabarían marcando –en el rostro y en el alma– para siempre. El actor había dejado paso definitivamente al tipo problemático y la historia de Mickey Rourke se acabó convirtiendo en la típica historia del sueño envenenado de Hollywood.
Como alcanza a decir Randy The Ram Robinson, el personaje casi autobiográfico que Rourke interpreta magistralmente en El luchador, la convincente película de Darren Aronofsky que ha supuesto el regreso triunfal de Mickey Rourke veinte años después y que, además del León de Oro del Festival de Venecia, le han valido un Globo de Oro y una nominación a los Oscar, “los años 90 fueron una puta mierda”, y es que tras varios fracasos consecutivos que lo llevaron a la ruina personal y artística, el actor llegó a anunciar su retirada del cine para dedicarse al boxeo y acabó tocando fondo a todos los niveles.
La magnífica película de Darren Aronofsky El luchador, en la línea de las grandes creaciones de John Huston, es el emotivo, desolado, profundo retrato del fracaso y la derrota física y humana de Randy The Ram Robinson, antiguo campeón de lucha libre en clara decadencia, que pasea las cicatrices de su cuerpo y las de su alma en peleas de cuarta categoría en antros de mala muerte. Su retrato, a ratos desolado, a ratos desgarrador, siempre auténtico y verdadero, está interpretado por un Mickey Rourke en estado de gracia, sensible, humano, convincente, verdadero. Su nuevo rostro, monstruoso, conmovedor, destrozado por una vida en la que lo tuvo todo y lo perdió todo, seguirá dando que hablar.
El guapo que se empeñó en ser feo lo había acabado consiguiendo.
© 2009, Carlos Ceacero
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