El larguísimo paseo marítimo de tablas es su seña de identidad, el icono de una ciudad inventada para el placer. Hace más o menos un siglo, los neoyorquinos adinerados buscaron descanso en sus playas y en pocos años la convirtieron en el centro del lujo y la diversión, una puerta abierta para que personajes como Nucky Johnson organizaran su negocio sacándole partido a la prohibición. Ahora que acabamos de disfrutar de Boardwalk Empire, con Steve Buscemi metido en la piel de Nucky, resulta curioso volver a ver la película que Louis Malle rodó en la propia Atlantic City cuando la ciudad casi había olvidado aquellos tiempos de gloria y trataba de resurgir de sus cenizas erigida en un clon de Las Vegas en la costa este.
La estrofa de arriba pertenece a la canción con la que las tres hermanas Burns amenizan la gran sala de juego en la que comienza la acción de Atlantic City. Fue compuesta para otra película mucho más antigua, Three Little Girls in Blue (1946), que contaba la simplona peripecia de tres jovencitas a la pesca de marido en Atlantic City, esa ciudad —eso cantan— donde la vida se parece a un postre de melocotón con nata, donde cada cual encuentra su sueño y hasta Cenicienta habría rematado la noche en compañía de su príncipe.
Eso sería en los años cuarenta, claro, porque en 1980 la ciudad ya no es ni sombra de lo que fue. Las imágenes del comienzo y del final de la película son tan espectaculares como reveladoras: la demolición controlada de los enormes hotelazos de la época dorada, castillos con larguísimas hileras de ventanas y negras cúpulas afrancesadas que se vienen abajo como si fueran de arena. Ya no hay lugar para vetustos balnearios, demos la bienvenida al rey tragaperras: en 1978 allí se había abierto el primer casino de la costa este y era necesario abrir hueco para más casinos, ellos devolverán el pulso a la ciudad en una remodelación que saludan los carteles callejeros con el lema "Atlantic City, otra vez estás en el mapa".
Algo que se derrumba, algo que se construye. La ciudad se pelea contra su pasado, está en venta para recuperar el esplendor perdido y, mientras se construye el futuro, todo son grúas y excavadoras, andamios y casetas, todo es sucio y provisional, la ciudad vive con las tripas a la vista, el esqueleto oreándose al sol. Es el sitio perfecto para ubicar una historia de sueños quebradizos, de apuestas a un solo número, de ilusiones fuera de plazo y amores anacrónicos. La Atlantic City de 1980 parece inventada para el cine, lo que vemos en la película es un decorado a escala real, más que un lugar físico es una metáfora sobre la que sujetar el relato.
La historia de Atlantic City la conducen dos personajes tan contrapuestos como los perfiles de la ciudad: uno se derrumba y otro se construye. Tal cual: a él se le ve a punto para la demolición, con aspecto remilgado y nostalgia de lo que no fue; ella vive con prisa por huir de la quema, desbordante de proyectos que no acaba de creerse pero que merece más que nadie.
Nada los une, son dos trenes de épocas diferentes que circulan cada uno por su vía, en direcciones contrarias, pero algo parecido al azar va a provocar que cada uno altere drásticamente el futuro del otro.
Los tiempos del floy-floy
Se llama Lou Paschall y tiene el aplomo, los gastados gestos y el rostro marmóreo de Burt Lancaster. Lou es alguien de otra época, un superviviente que preserva la coquetería como un tesoro personal: cada noche se plancha la corbata, cada mañana se enfunda su gabardina cruzada y enfrenta la ventolera del boardwalk con la mirada fija en el horizonte, con un punto descreído para recordar a quien le interese que el Océano Atlántico ya no es lo que era. Mantiene la dignidad a flote, pero hay algo en él que no encaja, como si no estuviera a gusto en el papel que le vemos representar a jornada completa.
Si le preguntas, habla y no para de los años dorados, cuando todo era riesgo y desenfreno, todo vibrante, prohibido y vital; los años en los que, como cantaba el éxito de Benny Goodman, la ciudad tenía floy-floy. El bueno de Lou, que presume de haber compartido celda con Bugsy Siegel, se queja de que ahora todo es aburridamente legal. Un momento… entonces, ¿Lou es un gángster retirado? Nunca se supo de alguno que llegara vivo a la jubilación, si uno lo consiguió por qué no iba a ser como Lou, quien sobrevive paseando el perrito de una vieja gruñona con la que se alivia cuando toca y que le vigila tanto el bolsillo que Lou tiene que buscarse unos dólares extra como recadero para un corredor de apuestas. Con su amigo Buddy O´Brien comparte ecos de alguna travesura, en la que sale a relucir el pez gordo: “¿Recuerdas cuando Nucky Johnson nos mandó comprar cien cajas de condones para una fiesta?”. Qué tiempos.
Lou vive su rutina con una sonrisa galante esculpida bajo el bigote. Pero dentro del pecho le prende una llama en cuanto escucha que esa ópera de Bellini vuelve a resonar más alla del patio. Es la señal: la vecina vuelve del trabajo, conecta su cassette y, como cada noche, se embadurna de limón el cuerpo desnudo frente a la ventana. Lou la fisga en silencio, oculto en la penumbra. La contempla absorto y convencido de que esa mujer es un sueño que no se puede permitir. ¿O sí?
Ella se llama Sally Matthews y tiene los ojos redondos, la voz de flauta y el encanto incomparable de Susan Sarandon. Se casó con un chico de cabeza floja para escapar de su pueblo en Canadá. Todavía sigue escapando, la mala suerte le pisa los talones y Sally se ha prometido a sí misma no mirar atrás, no quiere convertirse en una estatua de sal. Su marido dejó embarazada a su hermana y se largó con ella. ¿No es para hundir a cualquiera? A Sally, no. Sally tiene grandes proyectos: está aprendiendo a ser crupier, quiere aprovechar los nuevos vientos. Y si todo sale bien, si el viento sopla como un huracán, trabajará en el mismísimo casino de Montecarlo. Le han dicho que allí buscan crupiés americanas y ella se lo cree porque cree que lo quiere creer: es su mecanismo de defensa. No le gusta su vida, pero sabe que en alguna parte hay otra esperando. Por eso mete el casete en el bolso y lo lleva a todas partes, porque ese aparato es su conexión con el mañana, con él aprende francés y con él escucha ópera para esmaltar sus gustos. De momento, solo de momento, es camarera en el puesto de pescado del casino y no soporta volver a casa con el olor a atún podrido pegado a la piel, lo primero que hace cada noche al llegar es frotarse el cuerpo entero con limón.
Sally da por supuesto que alguien la está mirando, pero no se imagina que quien la espía puntualmente, cada noche, es ese viejo del piso de al lado. Y mucho menos que él, de quien no sabe ni cómo se llama, tiene la llave de su porvenir.
Los trenes perdidos
La mecha que prende el artefacto es poco original, incluso para el cine de hace treinta años: una entrega de cocaína que va a parar a manos no previstas, en este caso las del marido de Sally, que se ha presentado de improviso en su vida, con su hermana embarazada, los dos son tan difíciles de olvidar como un dolor de cabeza. Su visita lo trastoca todo para siempre, nunca sabremos qué estaba reservado para Lou y para Sally, que cruzan sus caminos obligados por las circunstancias. Entonces descubrimos que el pasado de Lou no es exactamente como lo cuenta, pero Sally le va a dar la oportunidad de enmendarlo. Porque Lou, aunque él no lo sabe, es un valiente. Y Sally, que ha perdido todos los trenes, tiene que llegar a su destino. Sea como sea.
Atlantic City es una película emocionante y divertida, que consigue cierta hondura bajo el aspecto de inofensivo producto industrial. Habla, sobre todo, de los sueños que no se cumplen. ¿Qué hacemos con ellos, dónde se guardan? A Lou no se la había cumplido ni uno solo y, como ya no tiene edad para seguir soñando, hace como que todos se le han cumplido. Sally sabe de sobra que los suyos no se van a cumplir, pero sigue remando con el viento de cara, como si alguien la estuviera esperando en la otra orilla. Los dos se mienten. Hay que vivir.
El guion de John Guare, autor de la estupenda Seis grados de separación, sigue muy de cerca a ambos, muy al gusto de Louis Malle, siempre atento a los detalles que dan carne y corazón a los personajes. Es la segunda película en Hollywood del director francés y mantiene su estilo inclasificable: vete a saber a qué genero pertenece Atlantic City. Y qué más da: Malle es un artista de la comedia humana, un amigo de la ironía como arma de composición, la que reparte sonrisas en mitad de la tragedia y esconde un drama en la trastienda de la fiesta. Hace años que siento envidia de quien no haya visto las películas de Louis Malle, nada me gustaría más que sentarme virgen ante la pantalla y volver a disfrutarlas una por una, puede que todas seguidas: la fatalidad hipnótica de Ascensor para el cadalso, Los amantes o Herida, la incómoda verdad de Lacombe Lucien o Fuego Fatuo, la pura diversión de Zazie dans le métro, la emoción a flor de piel de Adiós, muchachos o Un soplo en el corazón, esta última quizá la película más difícil de resumir, porque es capaz de contar un incesto como algo que no necesita explicación. Malle era, sin duda, un director peculiar, contemporáneo de la nouvelle vague pero al margen del fenómeno. Su propia biografía es una mezcla de géneros: hijo de una familia de empresarios azucareros, infancia en un internado católico, amante del jazz, comenzó como director con un documental sobre el comandante Cousteau. La vidriosa moralidad de Lacombe Lucien, el retrato de un colaboracionista, le llevó a exiliarse laboralmente en la industria norteamericana, donde contó historias de allí con sensibilidad de aquí: Pretty Baby y Atlantic City son, como tantas obras clásicas de Hollywood, películas genuinamente americanas firmadas por un director europeo.
En Atlantic City, Susan Sarandon y Burt Lancaster le tienen de su lado para bucear en unos personajes tan vivos que se podría hablar de ellos durante horas —¿o solo me pasa a mí?— como si realmente existieran. Forman una pareja improbable y por eso mismo deseable, de la que ambos sacan partido en una gozosa competición de talento. Lancaster tenía sesenta y siete años, así que desde su espectacular debut en Forajidos habían pasado treinta y cuatro, que son exactamente los que acababa de cumplir Susan Sarandon cuando la película se rodó. Es, si se me permite, como un sudoku viviente: cuando el anciano actor la observa, cuando desabotona su camisa y la visión le turba, es como si contemplase toda su carrera y tuviera miedo de no estar a la altura. Solo por verlos juntos merece la pena ver Atlantic City.
Cuántas noches caben en un hotel
Quien lo explica mejor que nadie es Chrissie, la hermana hippie de Sally, capaz de encontrar razones para ser feliz aunque la abandonen en mitad de la Antártida: ella no usa cinturón de seguridad en los aviones sencillamente porque no cree en la ley de la gravedad.
No le falta razón. Para qué dejarnos caer, por qué conformarnos con esa inercia que que acaba con todo por los suelos, no nos engañemos: cuanto más grandes sean nuestras ilusiones más rápido caerán. Lou y Sally están destinados a ser comparsas, para ellos nadie hay reservado un trozo de pastel, se pasan la vida entera pegándose contra la pared. ¿No sería lo más sensato que fueran de los primeros en rebelarse contra la ley de la gravedad? La más injusta de las leyes, cruel, incontestable. Parece igual para todos pero basta un mero recuento para comprobar que siempre caen los mismos. No seamos ingenuos. Gritémoslo si es preciso: no a la caída obligatoria. Queremos volar.
Un par de años después de la película, Bruce Springsteen también le puso el nombre de esta ciudad a una canción sobre una pareja con un montón de deudas imposibles de saldar. Él le dice a su chica que no quiere ser un perdedor, y mucho menos en una ciudad en la que casi todos lo son. Es una canción lúcida y triste, como si con ese escenario no pudiera contarse otra cosa. Dicen que fue el primer videoclip del Boss, y en él también vemos los hotelazos derrumbándose como piezas de caza mayor heridas de muerte. Al verlos caer resulta imposible no preguntarse cuántos planes se habrán hecho en sus habitaciones, cuántas noches de amor, cuántas traiciones y cuántos desencuentros, cuántos llantos, cuántas llamadas de teléfono, cuántas peleas, cuántos abrazos, cuántas noches en vela y, sobre todo, cuántos sueños fueron soñados allí dentro. Y al ver los imponentes edificios caer, uno no puede dejar de rebelarse, de una vez y para siempre, contra la ley de la gravedad.