Síguenos en

escúcha nuestra lista

 

Otros de grupos
de este número

Más música
en El Impostor

El Impostor

Where the ocean meets my hand

A veces sucede que la Fortuna te la juega. Ahora estás bien, te sientes tranquila, feliz, y cuando ese ahora caduca y llega el siguiente ocurre algo imposible de aceptar, un hachazo del devenir que inyecta en tu espíritu mil y una dosis de congoja. Entonces la ves (tarde, pero la ves), agazapada tras algún seto del camino, esperando, perniciosa, para salirte al paso en el momento más inoportuno. Algunos la llaman Desdicha, otros Jodienda; aunque su primer nombre sea el de Putada. Un ejemplo: estar en alerta roja, sufriendo con cada bocanada de aire inflamado en el día en que todo a tu alrededor parece fundirse, y que tu querida compañera de piso descubra súbitamente que el «aire deshumectizado» del aparatejo bajo el que pretendías echarte a invernar el verano le da migraña. Ochenta gradazos a la sombra y las hélices del ventilador derretidas.

Cuando algo así te sucede, nada vuelve a ser lo mismo. Un día te descubres fantaseando con el Polo, con Groenlandia o los fiordos noruegos, fantaseando el frío; y poco después empiezas a mirar los filetes de merluza del congelador con otros ojos. La selección natural apremia y para sobrevivir toca consagrarse a las únicas deidades con representantes en el hogar que puedan redimirte del calvario. Diriges, entonces, tus más fervientes rezos hacia la alcachofa de la ducha, quien recompensa tu devoción proveyéndote dos bonitas branquias. Al mismo tiempo firmas una tregua en la guerra química con que, tiempo atrás, decidiste enfrentarte a ciertos semidioses milenarios con forma de artrópodos microscópicos, aquella guerra que comenzó cuando estos martirizaron a tus peluches predilectos para atentar contra tus alveolos. Cedes a su omnipotencia e intentas agasajarlos procurándoles la mayor oscuridad posible y abdicando en su favor la soberanía sobre tus sábanas más placenteras. Poco después te sorprendes al advertir que premiaron tu recién instaurada lealtad confiriéndote una cualidad nueva, desconocida para ti; tú, que fuiste históricamente torpe e inválida para con las estrategias militares, ahora disfrutas de la capacidad de urdir una táctica infalible para dejar K.O. y fuera de escena a tu compañerita de piso corrompiéndola con sutileza y discreción. Casi sin darte cuenta y en pocas semanas acabas convertida en una suerte de anfibioide nocturno con cualidades arácnidas por imposición divina. Un prodigio de la naturaleza.

Eres un bichejo algo grotesco y extravagante sí, pero mejor ser bicho vivo tras el verano y victorioso ante la fatalidad que ente informe y arruinado por las brasas, ¿no te parece? Regodéate, y no temas, porque en según qué ocasiones la Fortuna es compasiva; y puede ocurrir que quiera darte un respiro, aliviar tu ánimo, favoreciendo, por ejemplo, el encuentro que te reporte la compañía que precisas.

¿Por gracia de quién o de qué si no, más que del azar piadoso, te habrías topado con Billie the Vision & the Dancers Ya sabes, ese grupo nacido en Suecia hace algo así como seis años por ánimo de su vocalista Lars Lindquist y que, como todo grupo de vecino, tuvo la osadía de pretender vivir de esto de la música aun estando el mundillo como estaba. Ellos como tú también eran presa de las circunstancias. Corrían tiempos difíciles para la industria cuando quisieron ver la luz. Su respuesta hacia la adversidad: la de tantos otros visionarios, la autoproducción, la distribución directa y gratuita en Internet a través de un sello propio, Love Will Pay the Bills, y a confiar en la Providencia. Claro que para ellos la Providencia no tomó forma de alcachofa de ducha ni de ácaros domésticos; su providencia se llamaba Billie, y se definía como una especie de voluntad omnipresente dadora de cierto descaro dionisiaco y nacida precisamente de la conjunción enarmónica de los siete individuos que componían y componen el grupo.

Se ve que no debe ser una divinidad excesivamente incompetente este Billie, pues aunque de momento no parece haberles hecho de oro, las giras escandinavas junto a los bolos que realizaron en Reino Unido como teloneros de las Pipettes (cuando estas aún eran un trío simpático en su atolondramiento fingido), y del americano Seasick Steve años más tarde, parecen haberles permitido alargar su existencia durante al menos cuatro álbumes más; el último de ellos publicado hace apenas unos meses, tras un 2009 del que, es de suponer, andarán bastante satisfechos. No en vano ser premiado por la crítica de tu país y conseguir llevar a escena toda tu parafernalia frente a nuevos auditorios, tal y como está la cosa, es algo a celebrar. Entre esos nuevos lares, algunos escenarios germanos y españoles en los que se vitorearon como nunca los compases de un tema viejo en la producción de la banda, pero de plena actualidad por aquel entonces gracias en gran medida a su aparición en cierto comercial de cierta marca cervecera.

Sí, estos son los chicos de Summercat. Ya no te acordabas. Son los mismos que con su tercer disco, Where the ocean meets my hands, tu favorito, han venido poniendo música a tus tardes de interrail por las líneas de metro mejor refrigeradas. Los que componen esos temas que visten con lino tus oídos y te invitan a un andar sosegado, temas ligeritos y simpáticos, tinto de verano con naranja y un toque de brandy, ¿recuerdas? La compañía que precisas: un soplo polar para aliviar las altas temperaturas y un poquito de excentricidad retratada en biotracks de largas estrofas y melodías amables para no sentirte el único bicho raro del momento, anfibioide nocturno de cualidades arácnidas, náufrago en este verano. Ten fe, si Billie sobrevivió a su verano, ¿por qué no habrías de hacerlo tú?

 

© 2010, Gloria Torres


info@elimpostor.com

 

 

 
© El Impostor, 2010
Inicio   :   Libros   :   Música   :   Cine   :   Contacto